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por Alejandro Giorgetti
abía
una vez, cuando todo el valle estaba creado, cada cosa en su lugar:
el arroyo, dividiéndolo en dos, corría desde las altas montañas
hasta desembocar en el mar; los árboles majestuosos protegiendo a
los más débiles y a las flores, que se esparcían cubriéndolo todo.
Por donde uno mirara, había vida, y vida recién nacida, despertando
en la mañana del mundo.
También
estaban ellos, los habitantes del valle, todos seres alados, desde
minúsculos mosquitos hasta el enorme cóndor; hasta ese momento, eran
todos muy parecidos, sin colores que los distingan, solamente
emitían una especie de graznido para comunicarse; entonces, el
Creador, los llamó a su lado, los hizo formar en fila y les dijo:
- Hijos míos,
a partir de hoy, cada uno va a tener algo especial que lo distinga
frente al resto; ese es el regalo que les voy a hacer, para que
recuerden este día, el día en que comenzó todo.
Y
diciendo esto, comenzó a llamar uno por uno:
- Abeja, a ti te entrego la capacidad de fabricar la miel para que
endulces la vida del valle;
- Hornero, te regalo el don de construir los nidos más hermosos del
valle;
- A ti águila, te voy a dotar de grandes y poderosas alas para que
seas el ave más veloz en vuelo;
Así
fue avanzando en la fila, dando regalos a todas sus criaturas, las
cuales, apenas agradecido su regalo, salían raudamente a demostrar
sus nuevas habilidades a todo el que quisiera conocerlas. Pero la
alegría no era para todos; en la fila, al final, estaba el zorzal;
veía que todos los grandes regalos ya habían sido hechos, el notaba
que la gran bolsa del creador se vaciaba de a poco; casi se larga a
llorar, cuando un poco más adelante que él, le dio al cóndor, un
magnífico par de alas y luego, todos los colores que le quedaban, a
la cacatúa. Pero todavía quedaba una esperanza: un gran pico lleno
de colores, y por otro lado unas hermosas plumas verdes;
- Toma tucán, este pico hermoso es para ti, debes lucirlo con
orgullo.
- Y estas plumas verdes brillantes son para usted doña cotorra, vaya
y coméntele a todo el valle que sus plumas son las más llamativas –
y se fue, la cotorra orgullosa, mostrándole las plumas a todo el
mundo.
Para
el zorzalito, esto fue lo peor que le había pasado desde que lo
habían creado; en la bolsa solo quedaba un regalito muy chico –¡ que
injusticia! – pensaba. Cuando el Creador llegó hasta él, lo vio tan
desanimado que le dijo:
- Zorzalito, ¿creías que me había olvidado de ti?, ¿cómo piensas
semejante cosa?
- Para ti dejé el último regalo que, para mí es el más importante:
te entrego el don de cantar como ningún otro ave, y de alegrar el
valle cuando todo esté triste; pero tienes que practicar mucho.-
Como
el zorzalito esperaba algo más grande, se desilusionó mucho: el
quería volar muy alto, o por lo menos lucir un gran pico, pero no,
justo él tenía el regalo más chiquito, y que encima no podía mostrar
al resto.
– Seguramente el Creador se había olvidado de mi, y dijo todo eso
para convencerme - pensaba
– Soy el más desdichado de todos los pájaros, y encima se burlaran
de mí.
Obviamente,
ni siquiera intentó cantar, solamente se dedicó a deambular por todo
el valle, rumiando su pena, sintiéndose el ser más infeliz de todos.
Unos días después, estaba tan preocupado en su tristeza, que no se
enteró que el Creador estaba muy enfermo.
– Tal vez sea por cansancio - afirmaba el búho, el más sabio del
valle.
– O por aburrimiento – dijo la gaviota.
– Quizás sea por melancolía – refutaba el hornero.
– No, nosotros creemos que necesita un baño refrescante –dijeron
garzas y flamencos al unísono.
Y
así cada uno daba su opinión, por supuesto todos querían ayudar;
pero al no saber cual era el problema, no podían encontrar la
solución.
Entonces, decidieron que lo único que quedaba, era que cada uno
hiciera lo que pudiera.
De
tal forma que: la abeja hizo su mejor miel, y se la dio,
recomendándole que la comiera toda; el cóndor lo llevó a dar una
vuelta por las alturas, para que pudiera ver toda su creación; las
garzas y los flamencos lo acompañaron al arroyo para que se diera un
buen chapuzón; la gaviota le contó muchas historias que había
escuchado del otro lado del mar; el búho le enumeró las leyes del
valle y le recordó toda la historia; el colibrí le acercó el néctar
de las flores más perfumadas; la cotorra le habló sin parar por
horas y horas y horas...........
Pero
a pesar del esfuerzo de cada uno, el Creador no mejoraba, es más, se
lo notaba cada vez peor.
A
todo esto, estaba el zorzalito a la sombra de un gran árbol, triste,
sin hacer nada, cuando de pronto, el hornero llegó agitado y le
dijo:
- Zorzalito, el Creador está enfermo y no sabemos que hacer, tu eres
el último que queda para intentar algo, todos ya hemos tratado de
ayudarlo pero sin buenos resultados.
- Y que puedo intentar yo? Si no se hacer nada.
- No lo sé, ve y prueba cantar, o algo. Pero por favor que sea
rápido.
Y
dicho esto salió volando, dejando solo al zorzalito con sus
pensamientos,
-Y bue....., tendré que ir, aunque no se en que podré ayudar.
Estaban
todos reunidos cuando llegó el zorzalito, - está allá, debajo del
aquél nogal - le dijeron. Se acercó despacio, y lo vio, desde el día
de los regalos no lo había visto porque trataba de esquivarlo. Lo
encontró tan triste que daban ganas de llorar: la vista perdida en
el suelo, respirando lento y dando grandes suspiros.
Con poca fe el zorzalito empezó a cantar, ese comienzo fue peor que
el graznido de un cuervo; claro, el nunca había practicado, nunca
había hecho crecer ese regalo. Se espantó el mismo de lo que había
hecho, y le dio tanta vergüenza que comenzó a alejarse lo más rápido
posible; pero una voz profunda y llena de dolor le dijo:
- Por favor zorzalito, sigue intentando.
Entonces
el zorzalito, intentó de nuevo: esta vez el graznido pareció una
nota, y siguió: las notas se fueron transformando en acordes, y
estos en un canto maravilloso. Era un sonido tan dulce que brotaba
de su pecho, que todos los demás se acercaron y admiraron. Pero lo
principal, es que en la cara del Creador se comenzó a dibujar una
sonrisa; toda su expresión de tristeza se transformó en paz. Y toda
la pena del zorzalito se convirtió en felicidad, por fin descubría
el inmenso regalo que le habían hecho. De esa forma (y cada vez
mejor), siguió cantando y cantando hasta que el Creador recuperó su
alegría y toda su fuerza. Algunos búhos memoriosos cuentan que fue
una semana entera de canto ininterrumpido.......
En
realidad no importa cuanto tiempo cantó, sino lo bien que lo hizo,
tanto así que el Creador se recuperó enseguida y pudo continuar con
su tarea.
El zorzalito, ahora convencido del gran regalo que había recibido,
siguió cantando cada vez mejor, alegrando de esa forma a todos los
que viven en el valle.
Esta costumbre del primer zorzalito se fue trasmitiendo de
generación en generación; y asi llegó hasta nuestros días, de tal
forma que los zorzales siguen alegrando la vida en el valle, sobre
todo, a la mañana, cuando reciben al sol y le dan gracias al
Creador.
FIN
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Cuento original por:
Alejandro Giorgetti
(Trieste) - Italia
Email: giorget@sissa.it |
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