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abía muchos globitos muy
emocionados dentro de una bolsa, ¿la razón?, hoy serían inflados con
gas para volar.
Ya otros días habían visto cómo llenaban a los globos de otras bolsas
y comenzaban a volar, aunque los amarraban con unos cordones para que
no escaparan hacia el cielo.
El
globero acostumbraba acomodar las bolsas de tal forma que sólo inflaba
la cantidad que podría vender, aunque a veces le faltaban, pero nunca
le sobraban.
Para
los globos, eso significaba que todos aquellos que se inflaran ese
día, alcanzarían su libertad... era su oportunidad. Por eso estaban
tan inquietos, ya les tocaba su turno después de varias semanas de
estar almacenados.
En
la bolsa había un globito que destacaba por su entusiasmo, y también
por su romanticismo. Él creía que sería capaz de volar muy alto, tan
alto como las nubes, y aún más, quizá hasta el Sol.
Todos
se contagiaban de su entusiasmo, y a la vez se burlaban de él diciendo
que ni los globos más grandes habían llegado hasta allá, pero él se
defendía argumentando que era porque no sabían hasta dónde podían
llegar, y que ellos no creían en sí mismos.
El
globito había escuchado muchas historias de globos que habían
alcanzado enormes alturas, y que existían corrientes de aire que
jalaban a los globos y se los llevaban muy arriba, tanto que podían
posarse sobre las nubes.
Todos
ansiaban ser libres, así que cuando el globero abrió la bolsa y empezó
a inflarlos, hubo gran alboroto, y todos se revolvían por salir.
Al
estar todos henchidos de gas, se movían rítmicamente unos contra
otros, en la danza de la libertad.
Ahora
faltaba que se fueran al parque para que los niños los escogieran y se
los llevaran a sendas casas.
En
el camino fueron comprados algunos, y el globito soñador, ahora tan
cachetón como sus compañeros, esperaba su turno. Ideó un plan; se
zafaría de la mano del niño que lo comprara en cuanto sintiera un
viento lo suficientemente fuerte como para alcanzar aquellas
legendarias corrientes que lo llevarían a volar tan lejos como ninguno
otro.
Cuando
llegó el momento, un niño con cara triste y ropa obscura, se acercó y
lo compró. El globo pensó que ya era hora de llevar a cabo su
maniobra, sólo esperaría el instante idóneo y su plan se ejecutaría.
Aunque todo se le facilitó notablemente; el niño lo quería para enviar
una cartita.
El
globito, al darse cuenta de lo que ocurría pensó que, total, si la
carta llegaba a pesarle demasiado como para impedir que siguiera
subiendo, procuraría soltarla en el camino. De cualquier forma, lo
único que le interesaba era conseguir su meta a como diera lugar.
El
niño amarró su carta lo mejor que pudo y soltó el globo, que de
inmediato buscó las famosas corrientes, misma que encontró en poco
tiempo. Comenzó el ascenso y subió, subió y subió. Pasó las nubes más
altas y se sintió victorioso, poderoso; dominante porque nadie más
había podido alcanzar esa altura antes que él.
La
geografía se veía impresionante, y cada vez de menor tamaño. Las
montañas parecían diminutas migajas de tierra, y los más caudalosos
ríos, irregulares grietas que lastimaban la corteza terrestre.
En
un rato más, aparecieron dos enormes extensiones de agua bordeando las
costas del mapa.
El
globito se dio cuenta de que mientras más subía, el gas que estaba
dentro de él iba creciendo y, por tanto, más se le estiraba la piel de
hule y se hacía más grande.
Mientras
lo anterior acontecía, su ego se iba haciendo más vasto, lejos de
pensar en las consecuencias que podría enfrentar.
Pensaba
que, ahora que se alejaba del suelo y se hacía de mayor tamaño, sus
compañeros de la bolsa de globos lo podrían ver, y mirarían lo lejos
que había llegado; y cuando bajara todos los felicitarían, y hasta le
podrían hacer un homenaje, y tal vez un monumento. Todos hablarían de
él y sería una leyenda.
De
pronto dejó de subir y juzgó que era hora de deshacerse del estorboso
papel para retomar la subida, pues a pesar de haber llegado a tal
altura, quería llegar aún más alto.
No
pudo quitarse la carta del cordón, pero siguió creciendo hasta que su
cuerpo no resistió más el volumen del gas y reventó. Su alma pasó a la
antesala del cielo, y pensó que lo recibirían con una gran ovación y
lo felicitarían por ese gran logro, por esa determinación de llegar
más arriba que cualquiera sin importarle nada más.
Lo
recibió un Ser rodeado de una luz tan blanca como la espuma del mar, y
tan brillante como el oro. El globo se acercó orgullosamente al
iluminado Ser esperando una felicitación, pero éste, en cambio, le
dijo:
- Lograste
lo que más anhelabas, tu deseo fue cumplido, pero tu orgullo te cegó y
no viste que tu misión era más que llegar a una distancia tan grande.
Fuiste concebido para cumplir una encomienda que no cumpliste. Debías
entregarme la carta que ahora tengo en la mano, y no viste mi mano
porque la venda de la vanidad te cubrió los ojos del alma y quisiste
más para ti sin que te importara la verdadera esencia de la vida,
ayudar a todo aquel al que le puedas dar algo de ti. Ahora, por haber
esforzado tanto tu cuerpo, al grado de destruirlo, no podrás tener
otro hasta que tu corazón sea limpio de nuevo y te sea permitido
volver a nacer para ejecutar tu misión correctamente.
Y
el globo replicó:
- ¿Pero cómo, qué fue lo que hice mal?, Al morir yo, recuperaste la
carta y ahora la puedes entregar.
El
Ser le contestó así:
- No tuviste la intención
de entregarla, por el contrario, quisiste desecharla porque te
estorbaba, pero esta carta está llena de amor de un hijo para su
madre, y no importan las palabras que contenga sino su esencia porque
es la vida que nutre al alma. Y por tu conducta ibas a ocasionar
tristeza y mayor dolor, pues cuando la madre del pequeño reciba esta
carta, en respuesta, ella le enviará paz y consuelo al corazón de su
hijo. De manera que si tu cuerpo hubiera resistido, esta carta nunca
habría llegado a su destino porque no quisiste ver la importancia de
tu misión, y cuando reventaste pude rescatarla. En lo sucesivo deberás
abrir tu corazón para que al llegar a tu meta, y estar en una posición
elevada, procures ayudar y servir a todo Ser que se encuentre en una
situación menos favorecida.
Después
de estas palabras, el globo hizo silencio y esperó mucho tiempo para
ser merecedor de un nuevo cuerpo y reintentar su lección.
FIN
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