por KikeA la primavera se le comenzaba a dar aires de su pronta llegada, tras un fuerte invierno el que como años anteriores nos dejaba un tremendo saldo de damnificados en las zonas que desde siempre han tenido que lidiar con las inclemencias del mal tiempo, como es costumbre al sur de nuestro paÃs. Nuestro barrio no era la excepción, se encontraba emplazado en los márgenes del gran rÃo, que cada año se alejaba más y más del lÃmite que habÃamos inventado, con el único fin de quitarle terreno para seguir creciendo. Tres calles nuevas con tres cuadras de casas, una nueva autopista y una gran defensa fluvial es el rostro que hoy dÃa vemos con nostalgia.
Qué lejos estamos de cuando el rÃo llegaba al patio de mi casa. Esa casa de tres pisos, de color verde desteñido donde las maderas dejaban ver en algunas partes su color natural ya ennegrecido con el peso de muchos años de cobijar a una que otra familia, que como caravana de gitanos fue dejando sus huellas. Mi familia ocupaba el primer piso cuando llegaron los Navarrete a vivir al barrio, era una familia numerosa que ocupó el segundo piso que tenÃa dos piezas más que el de abajo. El tercer piso era mas bien un ático que servÃa de mirador y de lugar predilecto para nuestros juegos.
Y asà nos fuimos mezclando los unos y los otros en el diario vivir, compartiendo el mismo techo y de paso convertirnos en los últimos arrendatarios de esta vieja y cansada casa. Pero los Navarrete no eran los únicos en el barrio con una gran prole; estaban los Opazo, los Riquelme, los Cuevas, los Mondaca, los Leales y los Riquelme de la esquina, los que formaban verdaderos clanes de siete a diez hijos por familias. La mÃa era de cuatro y asà el número se reducÃa hasta llegara a dos hijos, como los de la señora Rosita; el Manuel o Loco Pepe y la Clara que era la mayor. Desde luego con tantas personas viviendo en una cuadra, que albergaba a lo más una cuarenta casas, la cantidad de niños no se podÃa ignorar, con edades entre quince y seis años, yo estaba con la mayorÃa en cuanto a la edad con ocho años, sólo cuatro estaban entre los quince y los trece, uno de ellos era Manuel.. Si la memoria no me falla serÃamos unos treinta sin considerar los otros pasajes, pero nosotros éramos los chiquillos del barrio que asistÃan a la misma escuela, como a unas veinte cuadras de distancia; en una sola jornada por la mañana los hombres y las mujeres en la tarde. Y entre estudiar y jugar se nos pasó el tiempo y nos volvimos un grupo grande pero muy unido.
Estando un dÃa domingo de una bonita mañana a fines de octubre, jugando como de costumbre, de repente divisamos en el cielo una avioneta de esas comerciales lanzando volantes al viento. Se escuchó la voz del Manuel diciendo:
- ¡¡Mira Carlos, mira los papelitos, van a caer en la cancha!!, ¡¡AgustÃn, Mario, miren los papeles!, ya chiquillos quien los agarra primero!!.
El viento fue jugando de manera muy caprichosa con el centenar de volantes, los que con el reflejo del sol brillaban dándoles valor especial y animando a todos a tenerlos en las manos. Ya habÃan pasado los minutos y la nube de papeles comenzaba a desaparecer como tragada por el cielo celeste que nos acompañaba. De toda esta nube de papel solo uno fue cayendo en dirección a la cancha del barrio, el que mantenÃa atentos no sólo a nosotros sino también a los adultos que gozaban con el espectáculo y que deseaban saber quien se quedarÃa con el valioso trofeo caÃdo del cielo. El volante se encontraba más y más cerca.
- ¡¡Miren amigos va a caer a la casa del Toño, tengan cuidado con el perro que es mañoso!!
Como un tropel desbocado pasamos por la casa de los Leales y la de los Riquelme hasta llegar al solar de Ferrocarriles. Y de los veinte que venÃamos tras el papelito nos habÃamos multiplicado casi triplicado.
- ¡¡Agárralo Manuel, dale loco, AgustÃn es tuyo, suéltame, lo tengo…!!
Con un salto casi atlético como safándose de toda esa masa de muchachos emerge el loco Pepe, pescando el volante en su mano, al tiempo que era derribado y sobre él una montaña humana, que como jaurÃa de lobos salvajes se pelean la presa, y tras una nube de polvo y del suelo todo empolvado sale Manuel corriendo con el puño apretado con su valioso trofeo rumbo a la casa y seguido por los veinte detrás. Al llegar a la casa nos salieron todos a recibir para mirar el caprichoso papelito que tanto dio que hacer y que por más de una hora fue el objeto más codiciado por cualquier chiquillo del barrio. Pero al abrir su mano todos vieron con asombro que solo habÃa quedado un pedacito de color rosado con pintitas negras que todos vimos caer del cielo esa mañana de octubre. La hazaña de poseer aquel volante de propaganda fue el comentario obligado de todos ese dÃa, claro que a la mamá del Manuel no le hizo mucha gracia, después de verlo lleno de polvo.
Al tiempo después, finalizando el año escolar de 1970 y con el verano dejándose caer con su caudal de ofertas y llamadas de participar en un centenar de concursos, nos dimos cuenta que Manuel andaba recogiendo palitos de helados, pero no era cualquier tipo de palitos, él juntaba de la marca Savory, pues se habÃa decidido a participar en un concurso de esta compañÃa de helados, la que duraba todo el verano y parte del otoño. El participante debÃa enviar cinco palitos con la marca Savory en un sobre a un clasificador en Santiago. Las posibilidades de ganarse algún premio eran remotas, sobre todo para alguien que no ha tenido un apoyo económico lo era más aún.
La señora Rosita de edad avanzada vivÃa con sus dos hijos. Clara la mayor con diez años más que Manuel trabajaba de asesora de hogar en un barrio del Centro, por otro lado la señora Rosita preparaba viandas para algunos trabajadores de la maestranza de Ferrocarriles, y para ello se valÃa de Manuel. Pero no siempre se podÃa contar con los servicios del loco Pepe, varias veces me topaba con su mamá a medio camino y me preguntaba:
- Kike, ¿viste a Manuel?
- SÃ, se fue con el VÃctor, el Carlos, el AgustÃn y el Mario a mirar los animales del circo que llegó hoy dÃa al Parque.
- ¡¡Otra vez se corrió!!, pero cuando llegue a la casa….. Siempre que se junta con los chiquillos se olvida que tiene que ir a dejarme las viandas a la maestranza. ¿Porqué no vas tú a dejarlas?, yo te llevo los cuadernos y le digo a la señora Carmen, por favor.
No era la primera vez que tenÃa que ir a dejar las viandas a la maestranza, en algunas oportunidades la señora Uve me pillaba a medio camino y nos cambiábamos los cuadernos por la vianda de su marido, que trabajaba de mecánico en la planta Ford. Yo me iba con la mano en el bolsillo contando las monedas de la propina, para ver qué me comprarÃa.
Con la llegada del verano y las vacaciones escolares, nos pasábamos gran parte del dÃa jugando a la pelota en la cancha del Club Deportivo, el que tenÃa un gran prestigio en la liga de los barrios y cuya cancha era el lugar de reunión, al que domingo a domingo acudÃamos a mirar los encuentros que ahà se disputaban. Además de esto estaba el rÃo, el parque o el cerro.
Pero sólo uno de nosotros además de jugar y reÃr tenÃa la idea fija en aquel concurso, y de hecho ocupaba gran parte del tiempo en idear la forma de juntar los palitos de helados. Además, él sabÃa muy dentro de sà que no importaba lo que los demás dijeran o rieran, su anhelo era tan grande como su fe en Dios. Para él que nunca esperó un gran regalo, porque la vida ya era difÃcil en su hogar, la ilusión y las ganas las tenÃa tan arraigadas, como la paciencia de recoger palito tras palito y pensaba que al final tan tremendo esfuerzo serÃa coronado con uno de los tantos premios que se ofrecÃan a los miles de concursantes a lo largo y ancho del paÃs. Y asà nos fuimos sin querer involucrando en esta maratónica tarea de ayudar a Manuel con los palitos de helados. El tiempo era el ideal y con nuestro ir y venir; el parque el centro con sus tantas galerÃas comerciales y la Plaza de Armas eran los mejores lugares para recoger palitos. También lo hacÃamos cuando ocasionalmente Ãbamos al cine a ver una buena pelÃcula; como eran las de guerra, pistoleros o de Tarzán, que después eran tema de comentario en el vecindario.
Para financiar los sobres y las estampillas, Manuel se las arreglaba ofreciéndose para los mandados y organizando las pichangas, donde cada jugador tenÃa que pagar por participar y el dinero recaudado se lo llevaba el equipo ganador, los que se iban a la Fuente de Soda de don Ceferino a disfrutar del botÃn, con unas ricas bebidas heladas y al final se escuchaba al loco Pepe decir:
- Ya chiquillos, sobraron seiscientos diez pesos, y como yo hice el partido lo que sobra es mÃo.
Pero no todos estaban de acuerdo con las cuentas del Loco, no faltaban los que alegaban:
- ¡¡Claro siempre te quedai con lo que sobra!!, ¿si o no AgustÃn?
- ¡¡Bueno, encárgate tu del partido entonces poh!!
De cualquier forma se valÃa el Loco para ganar algo de plata, aunque las peleas duraban lo que dura el humo en el aire.
Ya con el verano guardado en los recuerdos entramos al colegio, y con esto se acortaba el plazo para el sorteo final, el que serÃa a fines del mes de abril. Los dÃas pasaron entre estudiar y jugar, hasta que una tarde en la calle, con el tiempo nublado y un poco de frÃo, apareció un tremendo camión de esos de mudanza, por lo menos eso es lo que parecÃa desde lejos. El chofer paró la máquina y fue a preguntar al boliche del Baldo, por no sé quién, y por curiosidad los tres o cuatro que estábamos ahà nos acercamos a mirar, pues no era muy común ver un tremendo camión por el barrio. El señor del camión buscaba a don Manuel López, al oÃr ese nombre se nos subió el corazón de un golpe y el pelo se nos erizó por un segundo y salimos disparado a la casa del loco Pepe. Con el griterÃo los vecinos salieron a mirar lo que pasaba, al tiempo que salÃa a abrir la puerta la señora Rosita.
- ¡¡Señora Rosita, señora Rosita, chillábamos todos al unÃsono; buscan al Manuel!!.
Al tiempo que aparece el loco en la puerta. El chofer al ver que estábamos en esa casa, emprendió la marcha en esa dirección, estacionándose frente a ella, a un costado del camión se podÃa leer “CIC”. Manuel estaba paralizado con el semblante blanco, color que fue desapareciendo mediante pasaban los segundos y el chofer le decÃa:
- Don Manuel López, por encargo de la empresa de helados Savory, ha sido usted el ganador del premio mayor de su concurso de los cinco palitos de helados y se le hace entrega de esta bicicleta “Cic”, por favor firme aquÃ.
Era la primera bicicleta que aparecÃa en el barrio, asà que el griterÃo y los aplausos fueron al unÃsono, las lágrimas de la señora Rosita no se pudieron contener por la alegrÃa de su hijo. Lo abrazó y lo besó contagiando a los otros vecinos y por unos minutos Manuel desapareció entre las caricias y abrazos de la gente que compartÃa junto a él su tremenda alegrÃa, al momento en que el chofer abrÃa la puerta del camión. Por unos segundos todos los que estábamos ahà quedamos paralizados con la boca abierta al ver salir una hermosa bicicleta de color verde, con los guardafangos y guardacadena cromados, con parrilla, en el manubrio una campanilla y bajo del asiento pendÃa un bolsito de color negro con herramientas. Era la cosa más linda que todos los del barrio habÃamos visto y desde aquel dÃa muchos de nosotros aprendimos a andar en ella.
Cuento original por: Pedro Salazar Herrera
Email: lalyf@latinmail.com
Ilustrado por: Gabriela Fiamingo
especialmente para Bebés en la Web
Email: gabriela@aldeasdelsol.com.ar