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El sitio del bebe, el niño y su familia
Boletín

por Guillermo Antonio Padilla Estrada

abía muchos globitos muy emocionados dentro de una bolsa, ¿la razón?, hoy serían inflados con gas para volar.

Ya otros días habían visto cómo llenaban a los globos de otras bolsas y comenzaban a volar, aunque los amarraban con unos cordones para que no escaparan hacia el cielo.

El globero acostumbraba acomodar las bolsas de tal forma que sólo inflaba la cantidad que podría vender, aunque a veces le faltaban, pero nunca le sobraban.

Para los globos, eso significaba que todos aquellos que se inflaran ese día, alcanzarían su libertad… era su oportunidad. Por eso estaban tan inquietos, ya les tocaba su turno después de varias semanas de estar almacenados.

En la bolsa había un globito que destacaba por su entusiasmo, y también por su romanticismo. Él creía que sería capaz de volar muy alto, tan alto como las nubes, y aún más, quizá hasta el Sol.

Todos se contagiaban de su entusiasmo, y a la vez se burlaban de él diciendo que ni los globos más grandes habían llegado hasta allá, pero él se defendía argumentando que era porque no sabían hasta dónde podían llegar, y que ellos no creían en sí mismos.

El globito había escuchado muchas historias de globos que habían alcanzado enormes alturas, y que existían corrientes de aire que jalaban a los globos y se los llevaban muy arriba, tanto que podían posarse sobre las nubes.

Todos ansiaban ser libres, así que cuando el globero abrió la bolsa y empezó a inflarlos, hubo gran alboroto, y todos se revolvían por salir.

Al estar todos henchidos de gas, se movían rítmicamente unos contra otros, en la danza de la libertad.

Ahora faltaba que se fueran al parque para que los niños los escogieran y se los llevaran a sendas casas.

En el camino fueron comprados algunos, y el globito soñador, ahora tan cachetón como sus compañeros, esperaba su turno. Ideó un plan; se zafaría de la mano del niño que lo comprara en cuanto sintiera un viento lo suficientemente fuerte como para alcanzar aquellas legendarias corrientes que lo llevarían a volar tan lejos como ninguno otro.

Cuando llegó el momento, un niño con cara triste y ropa obscura, se acercó y lo compró. El globo pensó que ya era hora de llevar a cabo su maniobra, sólo esperaría el instante idóneo y su plan se ejecutaría. Aunque todo se le facilitó notablemente; el niño lo quería para enviar una cartita.

El globito, al darse cuenta de lo que ocurría pensó que, total, si la carta llegaba a pesarle demasiado como para impedir que siguiera subiendo, procuraría soltarla en el camino. De cualquier forma, lo único que le interesaba era conseguir su meta a como diera lugar.

El niño amarró su carta lo mejor que pudo y soltó el globo, que de inmediato buscó las famosas corrientes, misma que encontró en poco tiempo. Comenzó el ascenso y subió, subió y subió. Pasó las nubes más altas y se sintió victorioso, poderoso; dominante porque nadie más había podido alcanzar esa altura antes que él.

La geografía se veía impresionante, y cada vez de menor tamaño. Las montañas parecían diminutas migajas de tierra, y los más caudalosos ríos, irregulares grietas que lastimaban la corteza terrestre.

En un rato más, aparecieron dos enormes extensiones de agua bordeando las costas del mapa.

El globito se dio cuenta de que mientras más subía, el gas que estaba dentro de él iba creciendo y, por tanto, más se le estiraba la piel de hule y se hacía más grande.

Mientras lo anterior acontecía, su ego se iba haciendo más vasto, lejos de pensar en las consecuencias que podría enfrentar.

Pensaba que, ahora que se alejaba del suelo y se hacía de mayor tamaño, sus compañeros de la bolsa de globos lo podrían ver, y mirarían lo lejos que había llegado; y cuando bajara todos los felicitarían, y hasta le podrían hacer un homenaje, y tal vez un monumento. Todos hablarían de él y sería una leyenda.

De pronto dejó de subir y juzgó que era hora de deshacerse del estorboso papel para retomar la subida, pues a pesar de haber llegado a tal altura, quería llegar aún más alto.

No pudo quitarse la carta del cordón, pero siguió creciendo hasta que su cuerpo no resistió más el volumen del gas y reventó. Su alma pasó a la antesala del cielo, y pensó que lo recibirían con una gran ovación y lo felicitarían por ese gran logro, por esa determinación de llegar más arriba que cualquiera sin importarle nada más.

Lo recibió un Ser rodeado de una luz tan blanca como la espuma del mar, y tan brillante como el oro. El globo se acercó orgullosamente al iluminado Ser esperando una felicitación, pero éste, en cambio, le dijo:

– Lograste lo que más anhelabas, tu deseo fue cumplido, pero tu orgullo te cegó y no viste que tu misión era más que llegar a una distancia tan grande. Fuiste concebido para cumplir una encomienda que no cumpliste. Debías entregarme la carta que ahora tengo en la mano, y no viste mi mano porque la venda de la vanidad te cubrió los ojos del alma y quisiste más para ti sin que te importara la verdadera esencia de la vida, ayudar a todo aquel al que le puedas dar algo de ti. Ahora, por haber esforzado tanto tu cuerpo, al grado de destruirlo, no podrás tener otro hasta que tu corazón sea limpio de nuevo y te sea permitido volver a nacer para ejecutar tu misión correctamente.

Y el globo replicó:
– ¿Pero cómo, qué fue lo que hice mal?, Al morir yo, recuperaste la carta y ahora la puedes entregar.

El Ser le contestó así:
– No tuviste la intención de entregarla, por el contrario, quisiste desecharla porque te estorbaba, pero esta carta está llena de amor de un hijo para su madre, y no importan las palabras que contenga sino su esencia porque es la vida que nutre al alma. Y por tu conducta ibas a ocasionar tristeza y mayor dolor, pues cuando la madre del pequeño reciba esta carta, en respuesta, ella le enviará paz y consuelo al corazón de su hijo. De manera que si tu cuerpo hubiera resistido, esta carta nunca habría llegado a su destino porque no quisiste ver la importancia de tu misión, y cuando reventaste pude rescatarla. En lo sucesivo deberás abrir tu corazón para que al llegar a tu meta, y estar en una posición elevada, procures ayudar y servir a todo Ser que se encuentre en una situación menos favorecida.

Después de estas palabras, el globo hizo silencio y esperó mucho tiempo para ser merecedor de un nuevo cuerpo y reintentar su lección.

FIN

Cuento original por: Guillermo Antonio Padilla Estrada – México, D.F.
Email: antonio_padilla_e@yahoo.com.mx

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