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El sitio del bebe, el niño y su familia
Boletín

por Alexandra Deluca

Vasitos de 7 colores... o los 7 vasitos de colores T odas o muchas veces mi papá empezaba este cuento y muchas veces no lo terminaba.

Creo que era porque lo contaba a la hora de la siesta y su cansancio podía más que las ganas de contarlo.

Con el correr de los años, le he preguntado a mi padre cómo era el cuento de los vasitos de los 7 colores… ¿¿¿o eran 7 vasitos de colores???… pero tampoco se acordaba, y con una sonrisa me relataba siempre historias distintas inventándolos en el momento para que me fuera feliz y contenta.

Tengo un vago recuerdo que en algún momento se rompían, pero no puedo recordar con exactitud qué pasaba con los vasitos ,sólo se que me gustaba y se lo pedía una y otra vez. Le pregunté a mis hermanos cuando decidí escribir este cuento ,si alguno de ellos se acordaba…

Todos coincidíamos con lo mismo, era hermoso pero nadie sabía porqué…

Por eso, pienso que sólo una vez lo terminó realmente de contar, y debe haber quedado en la memoria de todos nosotros. Esta es una versión, que intenta parecerse al cuento original. Espero con esto, poder remontarlos a la hora de la siesta pero con un final. Y no dormirme en el intento…..

7 era el número y 7 los colores del arco iris…

Celeste, rojo, amarillo, violeta, naranja, verde y azul.

7 eran los vasitos que llevaba todos los días en su vieja bolsa de arpillera, el duende leñador del bosque encantado. Calzaba sus antiguas botas de nieve, su saco de piel, juntaba los 7 vasitos, los llenaba de semillas de todos los colores, y partía como todos los días, donde los pinos, abedules y eucaliptos le abrían paso mostrándole el camino. Así trabajaba día y noche dale que te dale sin parar. Cuando el viejo castor golpeaba fuertemente con su cola y hacía TACATACA con sus dientes, era hora de volver, era tiempo del regreso.

Una mañana, el hombrecito apuntó con su nariz puntiaguda hacia el cielo. Si una brisa le hacía cosquillitas haciéndolo estornudar, era el momento justo y lugar exacto para sembrar. Tomó de su vieja bolsa con mucho cuidado, uno de los 7 vasitos, el azul. Miró con cautela a su alrededor, y como un experto pintor, regó con su pincel las aguas transparentes. Al mismo tiempo de un parpadeo, los ríos se vistieron de un azul profundo muy intenso.

Satisfecho y contento con su bolsa a cuestas y mirando por encima de su hombro, contempló las cascadas que cambiaban de color, y silbando melodías de chicharras con la música de cientos y cientos de grillitos, siguió su largo camino.

– ¡¡¡¡¡AAAACCHÚÚÚÚ!!!!!

– ¡¡¡UUUyyyyyy………..!!!¡¡¡¡qué tristes están las margaritas, sus pétalos parecen dormidos y las hortensias de almidón….!!!!

Nuevamente abrió con cuidado su bolsa, tomó el segundo vasito, el amarillo, y láminas de oro se desprendieron de las semillas. Las hadas bailarinas, saltando y brincando ,pintaron cada pétalo y cada flor. Miles y miles de gotitas de miel invadieron el cielo, y a cada margarita y a cada hortensia le llegó un dulce baño de color.

– AAAACCCHHHÚÚÚÚ

– UUYYY……¿Qué pasó con las naranjas?… lloran gotas de harina…¿Y con los duraznos?… llenos de pimienta y sal…

Ni lerdo ni perezoso, tomó el tercer vasito y comenzaron a salir muchas llamitas de calor… El sol, pomelo melocotón, se reflejaba en los frutales y en su espejo de frutas sabrosas…

– Misión cumplida -pensó

– ¡¡¡CHCHCHCH… CHCHCHCH…!!!

Un chistido lo asustó, se dio vuelta y no vio nada

– ¿Qué habrá sido eso? -pensó

– Tal vez, mi imaginación…

– ¡¡¡CHCHCH… CHCHCHCH…!!!

Se paró bruscamente, un poco miedoso y otro poco también miedoso. Debajo de sus pies, un alelí descolorido lo miraba de reojo desde la punta de su bota hasta la punta de su roja nariz.

Rápidamente lo levantó y lo llevó al campo de alelíes. Parecía perdido pero no

– ¡¡¡….AAACCCHHHÚÚÚÚ´….!!! no estaba perdido.

Tomó su cuarto vasito y una nube muy espesa de un celeste brillante , cubrió todo el lugar hasta llegar al monte de los jacarandá. Ya el viejo castor, hacía sonar con sus paletas los tacataca de la vuelta. Mañana será otro día.

Una mariposa se posó en su hombro, dándole pequeños aleteos para despertarlo de su largo sueño. Se encontró con los antifaces de los mapaches que le gritaban todos juntos, entre coletazos y castañas…

– ¡¡AL CAMPO DE FRUTILLAS!!… y el hombrecito apuró sus pies como pudo.

Su gorra se movía tanto, que no lo dejaba mirar el sendero. En una mano llevaba con toda sus fuerzas la vieja bolsa, mientras que con la otra, se acomodaba la camisa y ajustaba el cinturón fuertemente.

Un campo rosa lleno de frutillas y frambuesas lo estaban esperando. Le dio a cada uno de los mapaches un puñado de semillas bien rojas y jugosas, y otro montón tan verdes como la esmeralda menta para las hojas. Así entre conejitos y ardillas, dibujaron los frutales al compás de las campanitas de un hermoso color bermellón.

Se recostó por un segundo al pié del árbol mayor. Posó su mano pequeñita sobre la bolsa y se quedó dormido. De pronto, no supo porqué, movió la mano que estaba sobre la bolsa.

Tocó una y otra vez. Había 6 vasitos.

Volvió a tocar, por todos los costados, arriba y abajo, de izquierda a derecha, de este a oeste y de norte a sur. Seguía contando 6 vasitos.

Se despertó bruscamente. Abrió su bolsa y ahí estaba el séptimo vasito, el violeta, hecho trizas. Su corazón se encogió y una lágrima de aguamarina rodó por sus mejillas. Desconsolado, tomó los pedacitos como pudo. Quiso de alguna manera armar el vasito, pero ya era imposible…

– ¿Qué será de las violetas, de las luciérnagas, de los claveles?

Su llanto era cada vez más fuerte y su corazoncito se hacía cada vez más pequeño y arrugado de tanto llorar.

Pobre duende del bosque…y ahora qué pasará?… Las magnolias secaban sus lágrimas y las subían a una gran carretilla. Las llevaban hasta el río y las volvían a cargar. Fueron tantas sus lágrimas, que los ríos desbordaron y el cielo se cubrió de burbujas.

– Bueno, bueno, bueno… ¿qué está pasando aquí?… preguntó una voz que venía del fondo de la tierra.

– Porqué tanta agua… ¿se puede saber?…- dijo un topo malhumorado mientras salía de su cueva sacudiéndose el polvo de su traje marrón.

Nadie contestó, solo se escuchaba …snif, snif, snif… ni una palabra de un mísero ratón, conejo o lagartija… snif, snif, snif…

Y al unísono gritaron:

– El vasito… – decían por ahí

– El… el… el… violeta… – se escuchaba por allá…

– Se rompió el séptimo color… – más atrás…

– ¿Qué vamos a hacer?… – por acá…

– Un momento, un momento… con calma… no entiendo nada… ¿qué vasito y qué color?… ¿que violeta ni ocho cuartos?… ¿o son siete?… ¿como mis 7 dientes blancos…?

– Mmmm… ya sé

– A ver…

– los ciervos y las mariposas por el sendero donde se pone el sol,

– los conejos y mapaches, por donde sale el sol,

– las ardillas y frambuesas por donde no hay sol

– y todos los demás SÍGANME ¡¡A TRABAJAR!!.

– ¡¡Acá hay una!! – dijo la rana

– ¡¡Y acá hay tres!! – dijo el gorrión

Y de esta manera, fueron juntando cientos y cientos de semillitas que estaban perdidas por todo el bosque. Empezó a apilarlas a los costados, y se hicieron grandes montañas de semillas violetas, hasta que quedó completamente tapado y no podía respirar.

Quiso sacudirse de un manotazo, tantas y tantas semillas. Y entre manotazo va y manotazo viene, vio como la cola de un gran ciervo lo despertaba de su siesta.

– ¿Eh?… ¿qué pasó?… ¿me quedé dormido?… creo que tuve un sueño… – pensó

Miró a los costados y no había nada. Miró para atrás, para adelante, sacudió su gorra, sus botas, y nada. Tomó rápidamente la bolsa, y ahí estaban los 7 vasitos intactos sin un rasguño.

– ¡¡¡UUUUUfff!!!… ¡¡¡Qué sueño increíble!!!…

Al llegar a las violetas y nomeolvides, todos los animalitos del bosque lo esperaban con un ramito de flores color púrpura. Todos cantaban y jugaban. Las abejas zumbaban y la miel sonreía. Los conejos bailaban merengue con las viejas tortugas…

El pequeño leñador, no podía creer lo que sus ojos veían. Su alegría era tanta que su barriga se movía como un subibaja.

Un viejo topo se cruzó en su camino, tropezó y calló de trompa a sus pies. Se levantó enojado y refunfuñando miró al pequeño duende leñador.

– ¿Es qué no ve por donde camina?… ¡caramba!

– Disculpe señor topo, ¿está bien?… ¿se lastimó?

-Qué disculpe ni ocho cuartos… ¿o eran siete?…

En ese mismo instante una gran brisa de hadas y duendes elevó al hombrecito por las nubes para ir a jugar al bosque encantado. Ya muy arriba por los aires violetas, el leñador miró por última vez al viejo topo que sacudía violentamente su traje marrón lleno de tierra y le pareció, tan solo por un momento, que le sonreía… con una hermosa… fila de 7 dientes blancos…

¿Sueño o realidad?… ¿Fantasía o ilusión?

“Solo los pinos y los abetos
las calandrias y el gorrión
guardaban un gran secreto
en un viejo traje marrón”

FIN

 

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