El sitio del bebe, el niño y su familia

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por Lucia Alcazar Lara

Los osos amorosos O sita y Oso se conocieron en el contenedor de basura. Oso estaba un poco deprimido porque el niño al que pertenecía desde hace ocho años lo había tirado a la basura. Tenía sólo un ojo. Estaba un poco sucio y tenía una de las patas rotas.

Osita también estaba muy sucia y le faltaba la nariz y una oreja. Y estaba triste. Decía que nunca más iba a confiar en un niño, que todos eran unos egoístas.

Los dos se enamoraron a pesar de todo y se olvidaron de sus penas.

Estuvieron contándose muchas cosas sobre cómo habían sido sus vidas hasta que un fuerte ruido les asustó. Se asomaron y vieron que un camión levantaba el contenedor y lo inclinaba para vaciarlo en el camión.

Oso y Osita intentaron escapar pero ya era demasiado tarde. Para no separarse se cogieron de las manos y juntos cayeron encima de un montón de bolsas de plástico y restos de basura. Había de todo, comida, plásticos, bolsas, madera, juguetes…

De pronto oyeron una voz que decía algo así como:

-Estamos perdidos, estamos perdidos”.
– ¿Quién está ahí?, preguntaron.

De debajo de un a bolsa negra, salió un conejo rosa.
-Hola ¿Sabes adonde nos lleva este camión?
-Vamos a la planta de reciclaje. Allí nos convertirán en otra cosa. Primero nos aplastarán, nos estrujarán hasta sacarnos todo el jugo y después nos estirarán y harán con nuestros plásticos una nueva cosa- dijo el conejo.

Oso y Osita se cogieron más de la mano y decidieron que no se soltarían jamás.
-Seremos una sola cosa, sea lo que sea- dijeron.
– Que envidia me das, ojalá yo también tuviera a alguien con quien compartir mi desgracia- dijo el conejo.

En el punto de reciclaje, el camión descargó toda la basura.

Esas Navidades apareció en las jugueterías los ositos amorosos. Eran un oso y una osa unidos por las manos y sentados en un cojín rosa con forma de corazón.

FIN

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por Susana Carralero Rodríguez

H abía un hada que se llamaba Celeste porque en toda su vida de Hada siempre le ha gustado vestirse de azul, azul turquesa por las tardes, azul marino en las noches, y azul claro en las madrugadas, pero en los amaneceres, que es la hora en que ella prefiere salir a conversar con los niños y cuando su varita tiene más poderes, se viste de azul celeste. Y esta historia ya comienza justo cuando Celeste, un Hada chiquitica y rechoncha, pero tan buena como el chocolate, decidió inflar globos con su varita mágica.Bulubú Pacatín y seis globos rojos salieron por ahí
Bulubú Pacatò y cinco amarillos salieron a montón
Bulubú Pacaté y verdes globos salieron tres.

Y esto era precisamente lo malo, el Hada Celeste ya no podía vivir sin su varita mágica. Se levantaba por las mañanas y solo se calzaba las zapatillas cuando la varita relamida y zalamera daba tres vueltas en el aire y dejaba caer una lluvia de colores sobre ellas. Pero la mañana de esta historia ya Celeste tenía sus zapatos calzados cuando…

– Bulubú Pacatá ¿donde está mi varita mágica?

Ni debajo de la mesa, ni encima del acordeón, ni en la cesta del pan, ni dentro de la regadera. Celeste se sintió muy triste y desesperada pero decidió que lo mejor era mantener la calma y llamar a los detectives para que encontraran una pista.

Bulubú Pacatú solo la varita conocía todos los números de teléfonos.
Y realmente desanimada se sentó en el sillón, por supuesto sin tomar café ni batido de pomarrosas porque no se sabía las recetas y no recordaba donde se guardaba el azúcar, así que luego de una larga jornada de balanceos y ayunos decidió salir a conversar con los niños, que siempre han sido los mejores amigos de las hadas.

– Bulubú Pacatico ¿Qué es lo que ven mis ojitos?
Gritó desesperada Celeste cuando vio la calle inundada con todos los colores del arco iris y a los niños sentados tristes a ambos lados de la acera con los brazos cruzados y los labios apretados.

– Bulubú pacatí ¿Qué ha pasado aquí?
La varita mágica en manos de los niños solo había querido desperdiciar colores a granel para todos lados y Celeste no sabía si reír o llorar y como es lógico en estos casos comenzó a cantar.

– Celeste ¿Qué ha pasado? – preguntaban los niños.
Todos estaban muy preocupados, habían tomado la varita para jugar y ahora no sabían como consolar a la buena Celeste tan buena como el chocolate y tan triste que no dejaba de cantar.
Marquitos le dio un besito.
Anita trajo margaritas.
Gerardo le regaló un silbato.
Y Felipe, bueno, fue Felipe quien le devolvió la varita mágica a la inconsolable Celeste que ya con todo su poder en mano volvió a sonreír, tan lindo que parecía una verdadera Hada salida de un verdadero cuanto infantil, sin embargo esa noche Celeste no podía dormir.

¿Por qué no podía dormir Celeste?

– Balabu Pacatacú – gimoteaba – si un día perdiera la varita no sabría vivir, no se hacer nada en la vida…

Y entre lágrimas y estrellas le sorprendió la mañana y también sus amigos que como el aire, digo como caramelos, digo como amigos, llegaron en el momento oportuno para prometerle a Celeste a hacer todo lo que ellos sabían sin varita mágica. A amarrarse los zapatos, a regar juguetes, a comer barquillos, a saltar a la pata coja y a ser muy felices muy felices muy felices.

Y Bulubú Pacató, Celeste estuvo de acuerdo y a los pocos días ya sabía abrir la puerta, cepillarse sus dientes, sembrar maticas y preparar un rico arroz con leche, envidia de todos en la región. Pero mira, mira amiguito, ¿No será aquella viejita tan buena como el chocolate que dobla la esquina?

FIN

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por Justa Moreno García

D os pajaritos de hermosas plumas saltaban de rama en rama, estaban conversando de sus cosas cotidianas, ¡hola¡ ¿dónde tienes tu nido? pues yo lo tengo debajo de unas tejas en una vieja casa, de esa manera no me mojo cuando llueve, y ¿tu? Pues yo debajo de una cornisa; picoteaban juntos y revoloteaban por las ramas.

En esto que llegan unos niños jugando, y uno de ellos tenia un tirachinas, apunta a uno de los pajaritos y ¡zás¡ le da con una piedra en una patita, el pobre pajarito se queda acurrucado entre unas ramas para no caerse doliéndose de su patita, ¡hay¡ ¡como me duele¡ le dice al otro pajarito, el otro pajarito le dice, no te muevas que crean que los niños que estamos muertos si no vendrán otra vez con el tira chinas y entonces será mucho peor.

El pobre pajarito se acurruca y espera que los niños se marchen, pasado un tiempo los niños se marchan y el otro pajarito se acerca y le dice, no te muevas, voy a buscar un medico, el pajarito se aleja volando; pasado un buen rato aparece el pajarito con otros dos, traen una camilla y el medico su maletín.

Llegan hasta la rama le ponen en la camilla y el medio osculta al paciente, ¡bueno¡ tienes un buen golpe, tenéis que tener mucho cuidado con los niños, los hay muy traviesos, aunque también los hay que les gusta mucho los pajaritos y los cuidan, te podré una venda apretada y te llevaremos a tu nido.

Los dos pajaritos cogen en sus picos la camilla y volando se van todos al nido, llegan, lo depositan en él y el pajarito, da un suspiro de alivio al verse a salvo, pero tiene una preocupación, necesita comida, ¿Quién le dará de comer?, no te preocupes le dice el otro pajarito, se lo diré a los demás para que te ayuden.

El medico te ha dejado una pastillita para que te la tomes y no te duela. Pasan un par de horas y a su nido llegan muchos pajaritos para ayudarle y traerle comida. Pasan de uno en uno y le van dejando lombrices, migas de pan, arroz, maíz Etc. El pajarito esta tan emocionado que no puede ni hablar, todos las aves del parque se han puesto a cazar para él, le parece un sueño que se han tan solidarios, ¡pero claro¡ qué son solidarios, las aves se cuidan unas a otras, se ayudan para sobre vivir.

Y de esa manera tan bonita viendo como los pajaritos se ayudan entre ellos. Termina este cuento.

Y COLORIN COLORADO
ESTE CUENTO SE HA TERMINADO

 

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por Vanessa Almonte

A cercándose estaba el verano, y Miguel y sus amigos José Luis y Nelson estaban planificando donde pasar las vacaciones. Estos chicos eran muy amigos y siempre estaban juntos. Era un equipo de aventuras. Tanto, que hasta sus padres se conocieron a través de ellos y siempre apoyaron la forma en que los chicos se trataban como hermanos: era como una gran familia.

Miguel dijo:
– Podemos pasarnos el verano en casa de mis abuelos que viven en el campo. Nunca he ido y mis abuelos me dicen siempre, cuando nos visitan, que es un lugar muy bonito, hay ríos y muchos árboles.

– Nelson: Me parece buena idea. Seguro mis padres estarán de acuerdo.
– José Luis: yo no tengo nada mejor que proponer, además me gusta mucho la idea de ir al campo con ustedes.
– Miguel: solo tenemos que avisarles con tiempo a nuestros padres y sacar buenas notas en los exámenes y no se negarán.

Pasaron los días y los niños sacaron excelentes notas y sus padres se pusieron de acuerdo con enviarlos al campo de los abuelos de Miguel.

Cuando llegaron al campo, los niños estaban felices. Los abuelos estaban más felices todavía, ya que no era común que recibieran visitas.

Aquel lugar era hermoso. Los abuelos de Miguel vivían en una hacienda preciosa. Había un establo con muchos caballos, también el abuelo tenía un gran ganado de vacas y había gallinas y gansos.

– ¡Abuelo, Abuelo! – decía Miguel- ¡llévanos al río! ¡llévanos al río por favor!
– Está bien- dijo el abuelo muy contento.

Después de un día de mucha diversión, en la noche el abuelo les contó una historia.
– Han escuchado hablar de las ciguapas- decía el abuelo.

– ¡Ahh sí! – dijo Miguel, – en el libro de español hay una historia de ellas. Son criaturas raras que tienen los pies hacia atrás y son pequeñas.

José Luis: – si pero la profesora nos dijo que no son reales.
– ¡Si son reales!- Dice el abuelo, lo que pasa es que pocas personas la han visto, pero si son reales.
Nelson: – ¿usted ha visto alguna Señor?
– Claro que sí. Por estos lugares vive una, a veces ronda por aquí y trata de robarse las gallinas.

Antes teníamos problemas porque se robaba las gallinas, pero una noche la descubrimos yo y mi amigo Juan. Cuando nos vio salió corriendo. La pude ver perfectamente: era pequeña y el cabello largo y abundante le cubría su cuerpecito por delante y por detrás. Desde entonces mi esposa le pone un plato de comida todas las noches en el gallinero.

Mientras el abuelo hablaba, los niños estaban con la boca abierta escuchando esta
fascinante historia.

– ¡No lo puedo creer! – dice Miguel, – ¡es increíble!
– ¿En serio le ponen comida? – dice José Luis.
– Si quieren, vamos a ponérsela esta noche en el gallinero y mañana temprano podrán ver con sus ojos que estará el plato vació, dice el abuelo.

Y así lo hicieron. Esa noche los niños no podían dormir pensando en la ciguapa.
– Será cierto lo que dice el abuelo – dice Nelson.
– Bueno, mañana veremos sí la comida sigue allí – dice José Luis.
– A mí me gustaría ver la ciguapa y saber donde vive, si tiene amigos…
– Mejor duérmete Miguel.

Al día siguiente, no bien se levantaron, corrieron al gallinero y para sorpresa de ellos el plato estaba totalmente vacío.

– ¡Es increíble! – dijo Miguel, ¡Abuelo! ¡Abuelo! ¡Ven a ver esto!
El abuelo sonriendo se acercó al gallinero.
¡Mira abuelo! Ya no esta la comida. ¿Seria la ciguapa? ¡Claro que sí!.

Desde ese instante, los niños no dejaron de pensar y hablar de la ciguapa.
– ¡Vamos a atraparla! – dijo Nelson. ¡Si, vamos a buscarla, será una gran aventura!
– Pero Miguel, ¿cómo lo haremos?. Vamos a preguntarle al abuelo que más sabe de la ciguapa. ¡Vamos! ¡Vamos!

– ¡Abuelo! ¿Dónde podríamos encontrar la ciguapa? ¿Qué más sabes de ella?
– Solo sé que vive en el monte y casi no sale de día, nadie más la ha visto, pero algunos dicen que siguiendo el río, entre las montañas se escucha su aullido.
– Eso es – dijo Miguel, – seguiremos el camino del río y cuando la escuchemos aullar la seguiremos y la atraparemos.
– ¡Siii! – gritan Nelson y José Luis.
– ¡Niños!, ¡Niños! Dice el abuelo entre risas, no pueden hacer eso, mejor piensen en otra cosa y más tarde los llevaré a que vean como se ordeñan las vacas.
– Está bien abuelo, iremos a jugar.

Cuando los niños quedaron solos salieron a planificar su aventura:
– ¿Qué más da? – dijo Nelson: – vamos por el camino del río a explorar.
– Si, con un poco de suerte nos encontraremos con ella – dice José Luis.
– De todos modos le diré al abuelo que iremos a dar una vuelta por el lugar, no quiero que se preocupe.

Dicho esto, los niños emprendieron su viaje hacia lo más profundo del bosque siguiendo el camino del río. Mientras más caminaban, más paisajes interesantes encontraban, comieron fruta de los árboles, vieron peces de colores en el río y se entretuvieron mucho en el camino.

– Oye Miguel, ¿cómo cuanto tiempo llevamos aquí?
– Ni idea Nelson
– Creo que tenemos más de cinco horas – dice José Luis.
– ¡Qué horror! Entonces hace rato que pasó la hora de la comida, los abuelos deben estar preocupados.
– Vamos a casa ya – dijo Miguel.

Pero al empezar su camino a casa, no estaban muy seguros por donde seguir.
– Sigamos caminando seguro que pasamos por aquí, Miguel,
– ¡No, no, no!. No hemos pasado por aquí – insistía José Luis.

Después de mucho caminar y mucho tiempo transcurrir se dieron cuenta que estaban perdidos en el bosque.
– Es increíble ¡hemos estado caminando en circulo Miguel! ¡Hace una hora más o menos estábamos aquí!
– ¡Estamos Perdidos! Decía Nelson, ¡Nunca llegaremos a casa de tu abuelo!
– Tenemos que salir de aquí o se nos hará de noche. Dice Miguel.

Los niños estaban en un gran aprieto, mientras en casa del abuelo se iniciaba la búsqueda. Cada vez que los niños caminaban buscando el camino a casa, se alejaban más.

Ya estaba apunto de oscurecer, cuando los niños se sentaron en un tronco y empezaron a llorar abrazándose uno a otro diciendo: nunca debimos alejarnos tanto de la hacienda, nunca nos encontrarán… cuando de pronto escucharon que algo se movía en los arbustos.

– ¿Qué es eso? – dice Miguel
– No sé, tengo miedo – dice José Luis.
De repente algo salto de los arbustos hacia ellos: los niños gritaron y se escondieron detrás de un árbol.
– ¡Miren!, ¡Miren! ¡Es la ciguapa!

Efectivamente era la ciguapa que ya los estaba observando desde hacia un rato y decidió ayudarlos. La ciguapa les hizo un gesto de que la siguieran, saltando entre los árboles.
– Rápido – dijo Miguel – vamos a seguirla, es nuestra única esperanza.

Y salieron corriendo detrás de ella. Al cabo de unas horas los niños reconocieron el camino a casa y estaban felices y confiados de que la amiga ciguapa los llevaría de regreso. Y efectivamente la ciguapa llegó incluso casi a la puerta de la hacienda con los niños. En ese momento la ciguapa se detuvo frente a ellos como en señal de despedida.

– Gracias por todo, señora Ciguapa. Nunca la olvidaremos, es usted muy buena.

La ciguapa se fue y los niños corrieron a casa. Los abuelos estaban felices de que los niños estuvieran bien, y se asombraron al escuchar como los niños pudieron llegar a casa.

Esa noche la abuela, agradecida, preparó un manjar para la ciguapita en señal de gratitud. Los niños nunca más pensaron en atrapar ciguapas, ni en alejarse mucho de la hacienda. Pasadas las vacaciones cada vez que los abuelos de Miguel visitan su casa, este siempre pregunta por la ciguapa y le mandaba unos chocolates.

FIN

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por Duende Cascabel

H ay un hada caramelo

que con su bonito sombrero,

es todo de azúcar glaseada

y de nata montada.

Tiene un vestido de algodón

y zapatos de bombón.

Su varita es regaliz,

para ti y para mí.

Come muchas chucherías

durante la noche y durante el día.

Pero una noche le dio un dolor

y tuvo que ir al doctor.

¡Pobre hada Caramelo!

Tiene en su muela un gran agujero.

El dentista lo tapará

pero muy quieta tiene que estar.

¡Ya no le duele nada!

y está el hada encantada.

Pero le ha dicho el doctor

que se cuide, por favor.

Nada de tantos caramelos

poco a poco son más buenos.

El hada es obediente

¡y ya no se le pican los dientes!

FIN

Cuento original por: Mª Teresa Callealta Amador (Duende Cascabel)
Email: maitecall@hotmail.com

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por Mariana Molina Arranz

H ubo una vez un gusanito que siempre tenía algo que le impedía ser feliz: algún dolor inexplicable, algún problema insolucionable, alguna pena incomprensible o cualquier desgracia imposible de ignorar.

Era un gusanito bueno y simpático, preocupado por el bien de sus hermanos gusanos y también por sus primas las tímidas lombrices de tierra. Por ello, todos sus amigos estaban muy preocupados por él, ya que consideraban que una criatura tan frágil y noble no merecía vivir en desgracia, privado de los placeres simples de la vida, esos de los cuales disfrutan los pequeños bichitos y animalitos que colorean el mundo.

Un día, mientras se encontraban reunidos tomando un baño de sol y una taza de té de flores silvestres, acordaron inventar una fórmula para hacer feliz al gusanito en cuestión.

– ¡Construyámosle una casa en la copa del árbol más alto del bosque, para que pueda regocijarse con la exquisita luz del sol desde el amanecer hasta el ocaso ! – propuso un gusanillo largo y delgado que se decía conocedor de soluciones para ser feliz.

– ¡Mejor busquemos una enorme enredadera y tendamos un puente a través del río para que pueda contemplar el correr de las aguas y maravillarse con su dulce murmullo ! – acotó una oscura lombriz de tierra, que había hecho el sacrificio de salir a la superficie sólo por el gran afecto que sentía por su primo.

– Disculpen, creo que tengo la solución más acertada para este problema– dijo una dulce y hermosa gusanita que se encontraba a la sombra de una gran hoja de castaño, y quien desde hacía mucho tiempo amaba en silencio al gusanito, sin decirle absolutamente nada por temor a que su declaración de amor pudiera ocasionarle otra complicación a su ya complicada vida. – Opino que recojamos unas gotas de rocío y que todos deseemos de corazón transmitir en ella un poco de nuestra propia alegría de vivir.

Todos escucharon con atención y consideraron que era una idea bastante buena. Decidieron recoger las gotas de rocío en un capullo de magnolia y dejarlo en un lugar donde todos pudieran acercársele para manifestarle su deseo.

Una vez que tanto gusanitos de sol como lombrices de sombra pasaron y pasearon alrededor del capullo de magnolia, a la vez que deseaban con todo sus generosos corazones compartir algo de su alegría de vivir con su amigo el gusanito, delegaron a la gusanita enamorada para ser la portadora de la fórmula mágica.

Esta se dirigió hacia la casa del gusanito con su paso más solemne y delicado. Una vez que hubo llegado, se encontró con el dueño de casa aquejado de un fuerte estado de melancolía, ocasionado por un grave dolor de estómago que a su vez había sido causado por preocupaciones de diversos tipos.
– He venido hasta aquí para traerte este obsequio en nombre de todos tus amigos- dijo suavemente la gusanita- sabemos que no te has sentido bien últimamente y esperamos que lo bebas para que puedas recuperarte de las molestias que te aquejan.

Sorprendido y emocionado, el gusanito no dudó en aceptar el obsequio, y no tardó en beberlo hasta la última gota.

Contrariamente a lo que todos esperaban, toda la reacción del gusanito fue agradecer amablemente y entrar nuevamente a su casa. Pasó una semana y nadie había sabido ni oído nada del pequeño y desdichado gusanito , y ya a esas alturas crecía la incertidumbre y la preocupación. ¿ Qué podría haber pasado? ¿ y si la fórmula mágica no había funcionado? ¿ o le había causado algún efecto negativo? ¡que horror!.

Sin embargo, al séptima día, muy tarde en la noche, comenzaron a escucharse en el bosque unos extraños y eufóricos gritos:

– ¡Vivaaa! ¡Bravooo! Ja Ja Ja… ¡Que bella es la vida, que feliz me siento!, quiero celebrar mi felicidad ¡¡¡Ja Ja Ja!!! Escuchen amigos, he descubierto el significado de la vidaaaaaa!!! ¡Creo que me voy a reventaaaaar!

Todos los bichitos del bosque salieron de sus casas a ver que es lo que sucedía, y a la luz de la luna, vieron cómo un pequeño gusanito subía y bajaba de los árboles a una velocidad nunca vista en un animalito acostumbrado a reptar con lentitud, vieron cómo giraba en torno a sí mismo en un frenesí de risas y piruetas y oyeron cómo gritaba desenfrenadamente alabanzas a la vida y bienaventuranzas al mundo.

El espectáculo, lejos de terminar pronto, duró toda la noche. Nadie durmió y nadie podía creer lo que le había pasado al gusanito, producto sin duda de la fórmula mágica que sus amigos habían preparado para convertirlo en un gusanito feliz. Sin embargo, lo que ellos nunca pensaron, fue que juntar todos los buenos deseos de una sola vez causaría en el gusanito una verdadera explosión incontrolable de energía y alegría, tanto como para enloquecerlo de tanta felicidad.

Fue así como, desde aquel día, desde cualquier rincón del bosque y a cualquier hora del día o de la noche, se escuchaban sorpresivamente risas psicodélicas , poemas o arrebatadas declaraciones de amor a la vida, y se veía al otrora quejumbroso gusanito, desafiando la gravedad balanceándose desde las copas más altas de los árboles y disfrutando de la vida al máximo, sólo como pueden hacerlo aquellos que han descubierto, gracias a la magia, la verdadera alegría de vivir.

FIN

Cuento original por: Mariana Molina Arranz
Email: ealetelier@entelchile.ne

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por Guillermo Antonio Padilla Estrada

abía muchos globitos muy emocionados dentro de una bolsa, ¿la razón?, hoy serían inflados con gas para volar.

Ya otros días habían visto cómo llenaban a los globos de otras bolsas y comenzaban a volar, aunque los amarraban con unos cordones para que no escaparan hacia el cielo.

El globero acostumbraba acomodar las bolsas de tal forma que sólo inflaba la cantidad que podría vender, aunque a veces le faltaban, pero nunca le sobraban.

Para los globos, eso significaba que todos aquellos que se inflaran ese día, alcanzarían su libertad… era su oportunidad. Por eso estaban tan inquietos, ya les tocaba su turno después de varias semanas de estar almacenados.

En la bolsa había un globito que destacaba por su entusiasmo, y también por su romanticismo. Él creía que sería capaz de volar muy alto, tan alto como las nubes, y aún más, quizá hasta el Sol.

Todos se contagiaban de su entusiasmo, y a la vez se burlaban de él diciendo que ni los globos más grandes habían llegado hasta allá, pero él se defendía argumentando que era porque no sabían hasta dónde podían llegar, y que ellos no creían en sí mismos.

El globito había escuchado muchas historias de globos que habían alcanzado enormes alturas, y que existían corrientes de aire que jalaban a los globos y se los llevaban muy arriba, tanto que podían posarse sobre las nubes.

Todos ansiaban ser libres, así que cuando el globero abrió la bolsa y empezó a inflarlos, hubo gran alboroto, y todos se revolvían por salir.

Al estar todos henchidos de gas, se movían rítmicamente unos contra otros, en la danza de la libertad.

Ahora faltaba que se fueran al parque para que los niños los escogieran y se los llevaran a sendas casas.

En el camino fueron comprados algunos, y el globito soñador, ahora tan cachetón como sus compañeros, esperaba su turno. Ideó un plan; se zafaría de la mano del niño que lo comprara en cuanto sintiera un viento lo suficientemente fuerte como para alcanzar aquellas legendarias corrientes que lo llevarían a volar tan lejos como ninguno otro.

Cuando llegó el momento, un niño con cara triste y ropa obscura, se acercó y lo compró. El globo pensó que ya era hora de llevar a cabo su maniobra, sólo esperaría el instante idóneo y su plan se ejecutaría. Aunque todo se le facilitó notablemente; el niño lo quería para enviar una cartita.

El globito, al darse cuenta de lo que ocurría pensó que, total, si la carta llegaba a pesarle demasiado como para impedir que siguiera subiendo, procuraría soltarla en el camino. De cualquier forma, lo único que le interesaba era conseguir su meta a como diera lugar.

El niño amarró su carta lo mejor que pudo y soltó el globo, que de inmediato buscó las famosas corrientes, misma que encontró en poco tiempo. Comenzó el ascenso y subió, subió y subió. Pasó las nubes más altas y se sintió victorioso, poderoso; dominante porque nadie más había podido alcanzar esa altura antes que él.

La geografía se veía impresionante, y cada vez de menor tamaño. Las montañas parecían diminutas migajas de tierra, y los más caudalosos ríos, irregulares grietas que lastimaban la corteza terrestre.

En un rato más, aparecieron dos enormes extensiones de agua bordeando las costas del mapa.

El globito se dio cuenta de que mientras más subía, el gas que estaba dentro de él iba creciendo y, por tanto, más se le estiraba la piel de hule y se hacía más grande.

Mientras lo anterior acontecía, su ego se iba haciendo más vasto, lejos de pensar en las consecuencias que podría enfrentar.

Pensaba que, ahora que se alejaba del suelo y se hacía de mayor tamaño, sus compañeros de la bolsa de globos lo podrían ver, y mirarían lo lejos que había llegado; y cuando bajara todos los felicitarían, y hasta le podrían hacer un homenaje, y tal vez un monumento. Todos hablarían de él y sería una leyenda.

De pronto dejó de subir y juzgó que era hora de deshacerse del estorboso papel para retomar la subida, pues a pesar de haber llegado a tal altura, quería llegar aún más alto.

No pudo quitarse la carta del cordón, pero siguió creciendo hasta que su cuerpo no resistió más el volumen del gas y reventó. Su alma pasó a la antesala del cielo, y pensó que lo recibirían con una gran ovación y lo felicitarían por ese gran logro, por esa determinación de llegar más arriba que cualquiera sin importarle nada más.

Lo recibió un Ser rodeado de una luz tan blanca como la espuma del mar, y tan brillante como el oro. El globo se acercó orgullosamente al iluminado Ser esperando una felicitación, pero éste, en cambio, le dijo:

– Lograste lo que más anhelabas, tu deseo fue cumplido, pero tu orgullo te cegó y no viste que tu misión era más que llegar a una distancia tan grande. Fuiste concebido para cumplir una encomienda que no cumpliste. Debías entregarme la carta que ahora tengo en la mano, y no viste mi mano porque la venda de la vanidad te cubrió los ojos del alma y quisiste más para ti sin que te importara la verdadera esencia de la vida, ayudar a todo aquel al que le puedas dar algo de ti. Ahora, por haber esforzado tanto tu cuerpo, al grado de destruirlo, no podrás tener otro hasta que tu corazón sea limpio de nuevo y te sea permitido volver a nacer para ejecutar tu misión correctamente.

Y el globo replicó:
– ¿Pero cómo, qué fue lo que hice mal?, Al morir yo, recuperaste la carta y ahora la puedes entregar.

El Ser le contestó así:
– No tuviste la intención de entregarla, por el contrario, quisiste desecharla porque te estorbaba, pero esta carta está llena de amor de un hijo para su madre, y no importan las palabras que contenga sino su esencia porque es la vida que nutre al alma. Y por tu conducta ibas a ocasionar tristeza y mayor dolor, pues cuando la madre del pequeño reciba esta carta, en respuesta, ella le enviará paz y consuelo al corazón de su hijo. De manera que si tu cuerpo hubiera resistido, esta carta nunca habría llegado a su destino porque no quisiste ver la importancia de tu misión, y cuando reventaste pude rescatarla. En lo sucesivo deberás abrir tu corazón para que al llegar a tu meta, y estar en una posición elevada, procures ayudar y servir a todo Ser que se encuentre en una situación menos favorecida.

Después de estas palabras, el globo hizo silencio y esperó mucho tiempo para ser merecedor de un nuevo cuerpo y reintentar su lección.

FIN

Cuento original por: Guillermo Antonio Padilla Estrada – México, D.F.
Email: antonio_padilla_e@yahoo.com.mx

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por RAMAMAR

T odo un gran día de fiesta en la colmena. Era el momento en que Antea, (bisnieta de la célebre abeja Maya), y que era la abeja reina de aquella colmena, iba a designar su sucesora como reina.

Ya había concluido el período en que Antea había tenido fuerzas para poner tan gran cantidad de huevecillos; había tenido que esforzarse para traer al mundo mas de cincuenta mil abejas mientras había durado su reinado. Y es que eso de poner todos los días alrededor de mil quinientos huevos es una tarea que agota a cualquiera.

De toda aquella inmensidad de huevecillos, habían ido naciendo abejitas, las que en su mayor parte estaban destinadas a ser abejas obreras, y quienes, tras un corto periodo de pocos días en el nido y alimentándose de néctar y miel, se convertirían en abejas trabajadoras para su comunidad.

Los huevecillos no fecundados, habían dado lugar a otras abejas de otro tipo, llamadas zánganos, cuya misión sería defender la colmena de intrusos y, en su momento, alguno de ellos tendría la fortuna de fecundar a la nueva abeja reina.

Bueno, eso de la fortuna es un decir, pues, una vez fecundada la nueva reina, el zángano pierde parte de su cuerpo y se muere casi al momento.

Las abejas también hacen unos pocos nidos especiales, un poco mas grandes que los normales y en donde se crían algunas abejitas durante una temporada con un alimento especial llamado jalea real, con lo que se convertirán probablemente en nuevas abejas reinas.

De todas estas, solo una de ellas se quedará en la propia colmena y es esta nueva reina la que, en este día tan señalado, sería designada sucesora de Antea; las demás previsibles reinas, tendrían que marcharse de la colmena, acompañadas por una cierta cantidad de obreras y algún zángano, formando un enjambre que se convertirá en otra colmena, pero algo alejado de la colmena de origen.

Entre las candidatas a ser designadas como nueva reina, estaban en competencia cuatro de ellas, que eran las que sobresalían de entre todas las demás, por tener mas o menos las mejores cualidades para ser elegidas.

Una de ellas era Gracita, una abejita muy simpática y saltarina que era amiga de todo el mundo y siempre una alegría para todos.

Otra de ellas se llamaba Abila, menos alegre, pero también simpática y muy hábil para resolver problemas.

Otra era Forticia, una abeja muy robusta y poderosa, que hubiera sido muy buena para defender la colmena en caso de peligro.

La que nos queda se llamaba Kalia, que no destacaba por ninguna cualidad en particular, pero que tenía un poco de todo lo que tenían las otras: era alegre (aunque no tanto como Gracita); era también hábil (sin llegar a la destreza de Abila) y era también una abeja fuerte y saludable, aunque tampoco podría competir en este aspecto con Forticia.

Así las cosas, amaneció el día del nombramiento y todos estaban bastante nerviosos con la incertidumbre de conocer cual sería la decisión que tomaría Antea. Los preparativos de la fiesta corrieron a cargo de una comisión de festejos, quienes lo hicieron maravillosamente.

Hubo buena música: en primer lugar actuó una orquesta compuesta por seis mosquitos trompeteros (de esos que pican a Celia por las noches), acompañados por un escarabajo pelotero, quien hacía la percusión; a continuación, una pareja de cigarras que atronaron el ambiente con sus monótonos zumbidos, tan del gusto de las abejas que las escuchaban embelesadas y para finalizar la actuación de este concierto, se escucharon los melodiosos cri-cris de cuatro grillos que fueron la delicia de cuantos escucharon su concierto.

Para comer, pusieron una gran cantidad de manjares exquisitos: canapés de néctar de flores del campo; gran cantidad de bebida a base de agua azucarada con miel y para postre unos magníficos sorbetes preparados a base de jalea real, que fueron muy alabados por cuantos disfrutaron de su libación.

Como atracciones importantes, en primer lugar hubo un concurso de saltos, en el que, como siempre, ganaron los saltamontes. A continuación actuaron dos escuadrones compuestos por ocho zánganos cada uno, que volaron en perfecta formación por encima de todos los asistentes, haciendo unas impresionantes figuras aéreas y acrobacias de todo tipo. Sobre todo fueron muy aplaudidos cuando pasaron por encima de la reina Antea, simulando un ataque en picado y elevándose rápidamente hasta gran altura sin perder en ningún momento la formación.

Finalizada esta actuación, la reina Antea ordenó a todo el mundo que guardara silencio y pronunció entonces su veredicto: había decidido que su sucesora fuese la abeja Kalia, quien a su parecer sería la mejor reina para la colmena: era alegre, prudente, hábil, sana y fuerte y seguramente sería la mejor reina que podrían tener. No destacaba especialmente en nada en particular, pero tenía las mejores cualidades para ser una buena reina.

Todos acataron su decisión comprendiendo que era lo mejor para la colmena y en seguida comenzaron los festejos para el nombramiento de la nueva reina.

Kalia, eligió para ser su consorte a un zángano especialmente fuerte y sano, con el que tendría una descendencia de altísima calidad.

Mientras la reina Kalia y su consorte se retiraron a sus habitaciones, todos los demás siguieron celebrando la fiesta; para todos hubo música, baile y comida en abundancia y la juerga continuó hasta el atardecer, en que cada uno se retiró a su lugar preferido para descansar convenientemente y estar preparado para volver al trabajo al siguiente día.

Una etapa había concluido y se presentaba un nuevo y fructífero reinado, que prometía ser también de una gran paz y tranquilidad bajo el mandato de la reina Kalia, (la tataranieta de la abeja Maya).

FIN

Cuento original por: Rafael Masedo Martínez (Ramamar)
Email: ramamar1939@yahoo.es

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