El sitio del bebe, el niño y su familia

Cuentos infantiles

¿A quién no le gustaba que un mayor le contara cuentos cuando era chico?. Pues bien, aquí tienes las maravillosas historias de Peter Pan, el Mago Merlín, Simbad el Marino, una selección de algunos de los más difundidos de H. C. Andersen y los Hermanos Grimm. Además, si tienes facilidad e ingenio para escribir, te invitamos a participar con un cuento infantil original, que nosotros lo publicaremos en el sitio (ver concurso de cuentos). Anímate y comparte tu imaginación con otros padres. Tu cuento puede ser leído en todo el mundo.

Ahora también podrás regalar los mejores y más originales Libros Personalizados en donde tu hijo podrá ser protagonista de increíbles aventuras junto a sus héroes preferidos. Visítanos para informarte más desde aquí o adquirirlos en nuestro shopping.

por RAMAMAR

T odo un gran día de fiesta en la colmena. Era el momento en que Antea, (bisnieta de la célebre abeja Maya), y que era la abeja reina de aquella colmena, iba a designar su sucesora como reina.

Ya había concluido el período en que Antea había tenido fuerzas para poner tan gran cantidad de huevecillos; había tenido que esforzarse para traer al mundo mas de cincuenta mil abejas mientras había durado su reinado. Y es que eso de poner todos los días alrededor de mil quinientos huevos es una tarea que agota a cualquiera.

De toda aquella inmensidad de huevecillos, habían ido naciendo abejitas, las que en su mayor parte estaban destinadas a ser abejas obreras, y quienes, tras un corto periodo de pocos días en el nido y alimentándose de néctar y miel, se convertirían en abejas trabajadoras para su comunidad.

Los huevecillos no fecundados, habían dado lugar a otras abejas de otro tipo, llamadas zánganos, cuya misión sería defender la colmena de intrusos y, en su momento, alguno de ellos tendría la fortuna de fecundar a la nueva abeja reina.

Bueno, eso de la fortuna es un decir, pues, una vez fecundada la nueva reina, el zángano pierde parte de su cuerpo y se muere casi al momento.

Las abejas también hacen unos pocos nidos especiales, un poco mas grandes que los normales y en donde se crían algunas abejitas durante una temporada con un alimento especial llamado jalea real, con lo que se convertirán probablemente en nuevas abejas reinas.

De todas estas, solo una de ellas se quedará en la propia colmena y es esta nueva reina la que, en este día tan señalado, sería designada sucesora de Antea; las demás previsibles reinas, tendrían que marcharse de la colmena, acompañadas por una cierta cantidad de obreras y algún zángano, formando un enjambre que se convertirá en otra colmena, pero algo alejado de la colmena de origen.

Entre las candidatas a ser designadas como nueva reina, estaban en competencia cuatro de ellas, que eran las que sobresalían de entre todas las demás, por tener mas o menos las mejores cualidades para ser elegidas.

Una de ellas era Gracita, una abejita muy simpática y saltarina que era amiga de todo el mundo y siempre una alegría para todos.

Otra de ellas se llamaba Abila, menos alegre, pero también simpática y muy hábil para resolver problemas.

Otra era Forticia, una abeja muy robusta y poderosa, que hubiera sido muy buena para defender la colmena en caso de peligro.

La que nos queda se llamaba Kalia, que no destacaba por ninguna cualidad en particular, pero que tenía un poco de todo lo que tenían las otras: era alegre (aunque no tanto como Gracita); era también hábil (sin llegar a la destreza de Abila) y era también una abeja fuerte y saludable, aunque tampoco podría competir en este aspecto con Forticia.

Así las cosas, amaneció el día del nombramiento y todos estaban bastante nerviosos con la incertidumbre de conocer cual sería la decisión que tomaría Antea. Los preparativos de la fiesta corrieron a cargo de una comisión de festejos, quienes lo hicieron maravillosamente.

Hubo buena música: en primer lugar actuó una orquesta compuesta por seis mosquitos trompeteros (de esos que pican a Celia por las noches), acompañados por un escarabajo pelotero, quien hacía la percusión; a continuación, una pareja de cigarras que atronaron el ambiente con sus monótonos zumbidos, tan del gusto de las abejas que las escuchaban embelesadas y para finalizar la actuación de este concierto, se escucharon los melodiosos cri-cris de cuatro grillos que fueron la delicia de cuantos escucharon su concierto.

Para comer, pusieron una gran cantidad de manjares exquisitos: canapés de néctar de flores del campo; gran cantidad de bebida a base de agua azucarada con miel y para postre unos magníficos sorbetes preparados a base de jalea real, que fueron muy alabados por cuantos disfrutaron de su libación.

Como atracciones importantes, en primer lugar hubo un concurso de saltos, en el que, como siempre, ganaron los saltamontes. A continuación actuaron dos escuadrones compuestos por ocho zánganos cada uno, que volaron en perfecta formación por encima de todos los asistentes, haciendo unas impresionantes figuras aéreas y acrobacias de todo tipo. Sobre todo fueron muy aplaudidos cuando pasaron por encima de la reina Antea, simulando un ataque en picado y elevándose rápidamente hasta gran altura sin perder en ningún momento la formación.

Finalizada esta actuación, la reina Antea ordenó a todo el mundo que guardara silencio y pronunció entonces su veredicto: había decidido que su sucesora fuese la abeja Kalia, quien a su parecer sería la mejor reina para la colmena: era alegre, prudente, hábil, sana y fuerte y seguramente sería la mejor reina que podrían tener. No destacaba especialmente en nada en particular, pero tenía las mejores cualidades para ser una buena reina.

Todos acataron su decisión comprendiendo que era lo mejor para la colmena y en seguida comenzaron los festejos para el nombramiento de la nueva reina.

Kalia, eligió para ser su consorte a un zángano especialmente fuerte y sano, con el que tendría una descendencia de altísima calidad.

Mientras la reina Kalia y su consorte se retiraron a sus habitaciones, todos los demás siguieron celebrando la fiesta; para todos hubo música, baile y comida en abundancia y la juerga continuó hasta el atardecer, en que cada uno se retiró a su lugar preferido para descansar convenientemente y estar preparado para volver al trabajo al siguiente día.

Una etapa había concluido y se presentaba un nuevo y fructífero reinado, que prometía ser también de una gran paz y tranquilidad bajo el mandato de la reina Kalia, (la tataranieta de la abeja Maya).

FIN

Cuento original por: Rafael Masedo Martínez (Ramamar)
Email: ramamar1939@yahoo.es

0

por Nuria Perea Cañizares

H abía una vez una estrella llamada Sofía.
Sofía estaba triste porque no brillaba
como las demás estrellas.
Sofía: ¡Ay que pena, no brillo nada!
Mirar a las otras que brillo tan bonito tienen,
no como yo que estoy pálida.

Sofía como es tan curiosa va a preguntar a la luna Yuna:
Luna Yuna ¿Sabes hacerme brillar más?
Luna Yuna responde:
Déjame en paz, que estoy muy ocupada contando estrellas. Siete, ocho, nueve y diez. ¡Siguientes!.
(Mientras Yuna seguía contando Sofía se alejaba despacio).

Sofía se va muy triste. Y de repente se encuentra con el sol Ramón
Sofía le dice:
Seguro que si me quedo contigo brillaré un montón, como tú.
Ramón apurado responde:
¡No, no, no! Aléjate de mi lado porque te quemarás. Ves a ver a Tierra que seguro que ella te ayudará.

Sofía va muy ilusionada a hablar con Tierra:
¡Hola Tierra! Ya no sé que hacer, quiero brillar mucho como las demás estrellas, pero nadie me ayuda.
Tierra responde:
Si quieres brillar más y de un modo
especial asómate a mi interior y lo
descubrirás.

Sofía un poco asustada se asoma muy
despacio a ver el interior de Tierra, y
se pone muy contenta al ver los preciosos valles y montañas, y como no los animales que la pueblan.
Se da cuenta de las cosas maravillosas que la rodean.
Sofía: Jope que montañas más bonitas, y que animales, hummm, que bien huelen las flores.

Y de repente de lo contenta que estaba
comenzó a brillar, y a brillar cada vez más. Tanto brillaba que se convirtió en la estrella que más brillaba del firmamento.
Sofía: ¡Yujuu, por fin brillo más!

Todos lo celebraron con una gran
fiesta cósmica.
Y colorín colorado esta pequeña
historia ha acabado.

FIN

Cuento original por: Nuria Perea Cañizares
Email: nuria_perea@terra.es

0

por Alejandro Giorgetti

H abía una vez, cuando todo el valle estaba creado, cada cosa en su lugar: el arroyo, dividiéndolo en dos, corría desde las altas montañas hasta desembocar en el mar; los árboles majestuosos protegiendo a los más débiles y a las flores, que se esparcían cubriéndolo todo. Por donde uno mirara, había vida, y vida recién nacida, despertando en la mañana del mundo.También estaban ellos, los habitantes del valle, todos seres alados, desde minúsculos mosquitos hasta el enorme cóndor; hasta ese momento, eran todos muy parecidos, sin colores que los distingan, solamente emitían una especie de graznido para comunicarse; entonces, el Creador, los llamó a su lado, los hizo formar en fila y les dijo:
– Hijos míos, a partir de hoy, cada uno va a tener algo especial que lo distinga frente al resto; ese es el regalo que les voy a hacer, para que recuerden este día, el día en que comenzó todo.

Y diciendo esto, comenzó a llamar uno por uno:

– Abeja, a ti te entrego la capacidad de fabricar la miel para que endulces la vida del valle;
– Hornero, te regalo el don de construir los nidos más hermosos del valle;
– A ti águila, te voy a dotar de grandes y poderosas alas para que seas el ave más veloz en vuelo;

Así fue avanzando en la fila, dando regalos a todas sus criaturas, las cuales, apenas agradecido su regalo, salían raudamente a demostrar sus nuevas habilidades a todo el que quisiera conocerlas. Pero la alegría no era para todos; en la fila, al final, estaba el zorzal; veía que todos los grandes regalos ya habían sido hechos, el notaba que la gran bolsa del creador se vaciaba de a poco; casi se larga a llorar, cuando un poco más adelante que él, le dio al cóndor, un magnífico par de alas y luego, todos los colores que le quedaban, a la cacatúa. Pero todavía quedaba una esperanza: un gran pico lleno de colores, y por otro lado unas hermosas plumas verdes;

– Toma tucán, este pico hermoso es para ti, debes lucirlo con orgullo.
– Y estas plumas verdes brillantes son para usted doña cotorra, vaya y coméntele a todo el valle que sus plumas son las más llamativas – y se fue, la cotorra orgullosa, mostrándole las plumas a todo el mundo.

Para el zorzalito, esto fue lo peor que le había pasado desde que lo habían creado; en la bolsa solo quedaba un regalito muy chico –¡ que injusticia! – pensaba. Cuando el Creador llegó hasta él, lo vio tan desanimado que le dijo:

– Zorzalito, ¿creías que me había olvidado de ti?, ¿cómo piensas semejante cosa?
– Para ti dejé el último regalo que, para mí es el más importante: te entrego el don de cantar como ningún otro ave, y de alegrar el valle cuando todo esté triste; pero tienes que practicar mucho.-

Como el zorzalito esperaba algo más grande, se desilusionó mucho: el quería volar muy alto, o por lo menos lucir un gran pico, pero no, justo él tenía el regalo más chiquito, y que encima no podía mostrar al resto.
– Seguramente el Creador se había olvidado de mi, y dijo todo eso para convencerme – pensaba
– Soy el más desdichado de todos los pájaros, y encima se burlaran de mí.

Obviamente, ni siquiera intentó cantar, solamente se dedicó a deambular por todo el valle, rumiando su pena, sintiéndose el ser más infeliz de todos.
Unos días después, estaba tan preocupado en su tristeza, que no se enteró que el Creador estaba muy enfermo.

– Tal vez sea por cansancio – afirmaba el búho, el más sabio del valle.
– O por aburrimiento – dijo la gaviota.
– Quizás sea por melancolía – refutaba el hornero.
– No, nosotros creemos que necesita un baño refrescante –dijeron garzas y flamencos al unísono.

Y así cada uno daba su opinión, por supuesto todos querían ayudar; pero al no saber cual era el problema, no podían encontrar la solución.
Entonces, decidieron que lo único que quedaba, era que cada uno hiciera lo que pudiera.

De tal forma que: la abeja hizo su mejor miel, y se la dio, recomendándole que la comiera toda; el cóndor lo llevó a dar una vuelta por las alturas, para que pudiera ver toda su creación; las garzas y los flamencos lo acompañaron al arroyo para que se diera un buen chapuzón; la gaviota le contó muchas historias que había escuchado del otro lado del mar; el búho le enumeró las leyes del valle y le recordó toda la historia; el colibrí le acercó el néctar de las flores más perfumadas; la cotorra le habló sin parar por horas y horas y horas………..

Pero a pesar del esfuerzo de cada uno, el Creador no mejoraba, es más, se lo notaba cada vez peor.

A todo esto, estaba el zorzalito a la sombra de un gran árbol, triste, sin hacer nada, cuando de pronto, el hornero llegó agitado y le dijo:
– Zorzalito, el Creador está enfermo y no sabemos que hacer, tu eres el último que queda para intentar algo, todos ya hemos tratado de ayudarlo pero sin buenos resultados.
– Y que puedo intentar yo? Si no se hacer nada.
– No lo sé, ve y prueba cantar, o algo. Pero por favor que sea rápido.

Y dicho esto salió volando, dejando solo al zorzalito con sus pensamientos,
-Y bue….., tendré que ir, aunque no se en que podré ayudar.

Estaban todos reunidos cuando llegó el zorzalito, – está allá, debajo del aquél nogal – le dijeron. Se acercó despacio, y lo vio, desde el día de los regalos no lo había visto porque trataba de esquivarlo. Lo encontró tan triste que daban ganas de llorar: la vista perdida en el suelo, respirando lento y dando grandes suspiros.

Con poca fe el zorzalito empezó a cantar, ese comienzo fue peor que el graznido de un cuervo; claro, el nunca había practicado, nunca había hecho crecer ese regalo. Se espantó el mismo de lo que había hecho, y le dio tanta vergüenza que comenzó a alejarse lo más rápido posible; pero una voz profunda y llena de dolor le dijo:
– Por favor zorzalito, sigue intentando.

Entonces el zorzalito, intentó de nuevo: esta vez el graznido pareció una nota, y siguió: las notas se fueron transformando en acordes, y estos en un canto maravilloso. Era un sonido tan dulce que brotaba de su pecho, que todos los demás se acercaron y admiraron. Pero lo principal, es que en la cara del Creador se comenzó a dibujar una sonrisa; toda su expresión de tristeza se transformó en paz. Y toda la pena del zorzalito se convirtió en felicidad, por fin descubría el inmenso regalo que le habían hecho. De esa forma (y cada vez mejor), siguió cantando y cantando hasta que el Creador recuperó su alegría y toda su fuerza. Algunos búhos memoriosos cuentan que fue una semana entera de canto ininterrumpido…….

En realidad no importa cuanto tiempo cantó, sino lo bien que lo hizo, tanto así que el Creador se recuperó enseguida y pudo continuar con su tarea.

El zorzalito, ahora convencido del gran regalo que había recibido, siguió cantando cada vez mejor, alegrando de esa forma a todos los que viven en el valle.
Esta costumbre del primer zorzalito se fue trasmitiendo de generación en generación; y asi llegó hasta nuestros días, de tal forma que los zorzales siguen alegrando la vida en el valle, sobre todo, a la mañana, cuando reciben al sol y le dan gracias al Creador.

FIN

Cuento original por: Alejandro Giorgetti
(Trieste) – Italia
Email: giorget@sissa.it

0

El concursopor Kike

A la primavera se le comenzaba a dar aires de su pronta llegada, tras un fuerte invierno el que como años anteriores nos dejaba un tremendo saldo de damnificados en las zonas que desde siempre han tenido que lidiar con las inclemencias del mal tiempo, como es costumbre al sur de nuestro país. Nuestro barrio no era la excepción, se encontraba emplazado en los márgenes del gran río, que cada año se alejaba más y más del límite que habíamos inventado, con el único fin de quitarle terreno para seguir creciendo. Tres calles nuevas con tres cuadras de casas, una nueva autopista y una gran defensa fluvial es el rostro que hoy día vemos con nostalgia.

Qué lejos estamos de cuando el río llegaba al patio de mi casa. Esa casa de tres pisos, de color verde desteñido donde las maderas dejaban ver en algunas partes su color natural ya ennegrecido con el peso de muchos años de cobijar a una que otra familia, que como caravana de gitanos fue dejando sus huellas. Mi familia ocupaba el primer piso cuando llegaron los Navarrete a vivir al barrio, era una familia numerosa que ocupó el segundo piso que tenía dos piezas más que el de abajo. El tercer piso era mas bien un ático que servía de mirador y de lugar predilecto para nuestros juegos.

Y así nos fuimos mezclando los unos y los otros en el diario vivir, compartiendo el mismo techo y de paso convertirnos en los últimos arrendatarios de esta vieja y cansada casa. Pero los Navarrete no eran los únicos en el barrio con una gran prole; estaban los Opazo, los Riquelme, los Cuevas, los Mondaca, los Leales y los Riquelme de la esquina, los que formaban verdaderos clanes de siete a diez hijos por familias. La mía era de cuatro y así el número se reducía hasta llegara a dos hijos, como los de la señora Rosita; el Manuel o Loco Pepe y la Clara que era la mayor. Desde luego con tantas personas viviendo en una cuadra, que albergaba a lo más una cuarenta casas, la cantidad de niños no se podía ignorar, con edades entre quince y seis años, yo estaba con la mayoría en cuanto a la edad con ocho años, sólo cuatro estaban entre los quince y los trece, uno de ellos era Manuel.. Si la memoria no me falla seríamos unos treinta sin considerar los otros pasajes, pero nosotros éramos los chiquillos del barrio que asistían a la misma escuela, como a unas veinte cuadras de distancia; en una sola jornada por la mañana los hombres y las mujeres en la tarde. Y entre estudiar y jugar se nos pasó el tiempo y nos volvimos un grupo grande pero muy unido.

Estando un día domingo de una bonita mañana a fines de octubre, jugando como de costumbre, de repente divisamos en el cielo una avioneta de esas comerciales lanzando volantes al viento. Se escuchó la voz del Manuel diciendo:
– ¡¡Mira Carlos, mira los papelitos, van a caer en la cancha!!, ¡¡Agustín, Mario, miren los papeles!, ya chiquillos quien los agarra primero!!.

El viento fue jugando de manera muy caprichosa con el centenar de volantes, los que con el reflejo del sol brillaban dándoles valor especial y animando a todos a tenerlos en las manos. Ya habían pasado los minutos y la nube de papeles comenzaba a desaparecer como tragada por el cielo celeste que nos acompañaba. De toda esta nube de papel solo uno fue cayendo en dirección a la cancha del barrio, el que mantenía atentos no sólo a nosotros sino también a los adultos que gozaban con el espectáculo y que deseaban saber quien se quedaría con el valioso trofeo caído del cielo. El volante se encontraba más y más cerca.
– ¡¡Miren amigos va a caer a la casa del Toño, tengan cuidado con el perro que es mañoso!!

Como un tropel desbocado pasamos por la casa de los Leales y la de los Riquelme hasta llegar al solar de Ferrocarriles. Y de los veinte que veníamos tras el papelito nos habíamos multiplicado casi triplicado.
– ¡¡Agárralo Manuel, dale loco, Agustín es tuyo, suéltame, lo tengo…!!

Con un salto casi atlético como safándose de toda esa masa de muchachos emerge el loco Pepe, pescando el volante en su mano, al tiempo que era derribado y sobre él una montaña humana, que como jauría de lobos salvajes se pelean la presa, y tras una nube de polvo y del suelo todo empolvado sale Manuel corriendo con el puño apretado con su valioso trofeo rumbo a la casa y seguido por los veinte detrás. Al llegar a la casa nos salieron todos a recibir para mirar el caprichoso papelito que tanto dio que hacer y que por más de una hora fue el objeto más codiciado por cualquier chiquillo del barrio. Pero al abrir su mano todos vieron con asombro que solo había quedado un pedacito de color rosado con pintitas negras que todos vimos caer del cielo esa mañana de octubre. La hazaña de poseer aquel volante de propaganda fue el comentario obligado de todos ese día, claro que a la mamá del Manuel no le hizo mucha gracia, después de verlo lleno de polvo.

Al tiempo después, finalizando el año escolar de 1970 y con el verano dejándose caer con su caudal de ofertas y llamadas de participar en un centenar de concursos, nos dimos cuenta que Manuel andaba recogiendo palitos de helados, pero no era cualquier tipo de palitos, él juntaba de la marca Savory, pues se había decidido a participar en un concurso de esta compañía de helados, la que duraba todo el verano y parte del otoño. El participante debía enviar cinco palitos con la marca Savory en un sobre a un clasificador en Santiago. Las posibilidades de ganarse algún premio eran remotas, sobre todo para alguien que no ha tenido un apoyo económico lo era más aún.

La señora Rosita de edad avanzada vivía con sus dos hijos. Clara la mayor con diez años más que Manuel trabajaba de asesora de hogar en un barrio del Centro, por otro lado la señora Rosita preparaba viandas para algunos trabajadores de la maestranza de Ferrocarriles, y para ello se valía de Manuel. Pero no siempre se podía contar con los servicios del loco Pepe, varias veces me topaba con su mamá a medio camino y me preguntaba:
– Kike, ¿viste a Manuel?
– Sí, se fue con el Víctor, el Carlos, el Agustín y el Mario a mirar los animales del circo que llegó hoy día al Parque.
– ¡¡Otra vez se corrió!!, pero cuando llegue a la casa….. Siempre que se junta con los chiquillos se olvida que tiene que ir a dejarme las viandas a la maestranza. ¿Porqué no vas tú a dejarlas?, yo te llevo los cuadernos y le digo a la señora Carmen, por favor.

No era la primera vez que tenía que ir a dejar las viandas a la maestranza, en algunas oportunidades la señora Uve me pillaba a medio camino y nos cambiábamos los cuadernos por la vianda de su marido, que trabajaba de mecánico en la planta Ford. Yo me iba con la mano en el bolsillo contando las monedas de la propina, para ver qué me compraría.

Con la llegada del verano y las vacaciones escolares, nos pasábamos gran parte del día jugando a la pelota en la cancha del Club Deportivo, el que tenía un gran prestigio en la liga de los barrios y cuya cancha era el lugar de reunión, al que domingo a domingo acudíamos a mirar los encuentros que ahí se disputaban. Además de esto estaba el río, el parque o el cerro.

Pero sólo uno de nosotros además de jugar y reír tenía la idea fija en aquel concurso, y de hecho ocupaba gran parte del tiempo en idear la forma de juntar los palitos de helados. Además, él sabía muy dentro de sí que no importaba lo que los demás dijeran o rieran, su anhelo era tan grande como su fe en Dios. Para él que nunca esperó un gran regalo, porque la vida ya era difícil en su hogar, la ilusión y las ganas las tenía tan arraigadas, como la paciencia de recoger palito tras palito y pensaba que al final tan tremendo esfuerzo sería coronado con uno de los tantos premios que se ofrecían a los miles de concursantes a lo largo y ancho del país. Y así nos fuimos sin querer involucrando en esta maratónica tarea de ayudar a Manuel con los palitos de helados. El tiempo era el ideal y con nuestro ir y venir; el parque el centro con sus tantas galerías comerciales y la Plaza de Armas eran los mejores lugares para recoger palitos. También lo hacíamos cuando ocasionalmente íbamos al cine a ver una buena película; como eran las de guerra, pistoleros o de Tarzán, que después eran tema de comentario en el vecindario.

Para financiar los sobres y las estampillas, Manuel se las arreglaba ofreciéndose para los mandados y organizando las pichangas, donde cada jugador tenía que pagar por participar y el dinero recaudado se lo llevaba el equipo ganador, los que se iban a la Fuente de Soda de don Ceferino a disfrutar del botín, con unas ricas bebidas heladas y al final se escuchaba al loco Pepe decir:
– Ya chiquillos, sobraron seiscientos diez pesos, y como yo hice el partido lo que sobra es mío.

Pero no todos estaban de acuerdo con las cuentas del Loco, no faltaban los que alegaban:
– ¡¡Claro siempre te quedai con lo que sobra!!, ¿si o no Agustín?
– ¡¡Bueno, encárgate tu del partido entonces poh!!

De cualquier forma se valía el Loco para ganar algo de plata, aunque las peleas duraban lo que dura el humo en el aire.
Ya con el verano guardado en los recuerdos entramos al colegio, y con esto se acortaba el plazo para el sorteo final, el que sería a fines del mes de abril. Los días pasaron entre estudiar y jugar, hasta que una tarde en la calle, con el tiempo nublado y un poco de frío, apareció un tremendo camión de esos de mudanza, por lo menos eso es lo que parecía desde lejos. El chofer paró la máquina y fue a preguntar al boliche del Baldo, por no sé quién, y por curiosidad los tres o cuatro que estábamos ahí nos acercamos a mirar, pues no era muy común ver un tremendo camión por el barrio. El señor del camión buscaba a don Manuel López, al oír ese nombre se nos subió el corazón de un golpe y el pelo se nos erizó por un segundo y salimos disparado a la casa del loco Pepe. Con el griterío los vecinos salieron a mirar lo que pasaba, al tiempo que salía a abrir la puerta la señora Rosita.
– ¡¡Señora Rosita, señora Rosita, chillábamos todos al unísono; buscan al Manuel!!.

Al tiempo que aparece el loco en la puerta. El chofer al ver que estábamos en esa casa, emprendió la marcha en esa dirección, estacionándose frente a ella, a un costado del camión se podía leer “CIC”. Manuel estaba paralizado con el semblante blanco, color que fue desapareciendo mediante pasaban los segundos y el chofer le decía:
– Don Manuel López, por encargo de la empresa de helados Savory, ha sido usted el ganador del premio mayor de su concurso de los cinco palitos de helados y se le hace entrega de esta bicicleta “Cic”, por favor firme aquí.

Era la primera bicicleta que aparecía en el barrio, así que el griterío y los aplausos fueron al unísono, las lágrimas de la señora Rosita no se pudieron contener por la alegría de su hijo. Lo abrazó y lo besó contagiando a los otros vecinos y por unos minutos Manuel desapareció entre las caricias y abrazos de la gente que compartía junto a él su tremenda alegría, al momento en que el chofer abría la puerta del camión. Por unos segundos todos los que estábamos ahí quedamos paralizados con la boca abierta al ver salir una hermosa bicicleta de color verde, con los guardafangos y guardacadena cromados, con parrilla, en el manubrio una campanilla y bajo del asiento pendía un bolsito de color negro con herramientas. Era la cosa más linda que todos los del barrio habíamos visto y desde aquel día muchos de nosotros aprendimos a andar en ella.

FIN

Cuento original por: Pedro Salazar Herrera
Email: lalyf@latinmail.com

Ilustrado por: Gabriela Fiamingo
especialmente para Bebés en la Web
Email: gabriela@aldeasdelsol.com.ar

0

El aro perdidopor El Profesor Serapio

H abia una vez en que Franca vio unos pajaritos que revoloteaban por el patio, y le preguntó a la mamá: ¿qué están haciendo esos pajaritos?
– Están buscando comida – respondió la mamá.
– ¿y qué comen?
– Semillas, migas de pan, bichitos, esas cosas.
– Ah. ¿y galletitas?
– También, si las cortas bien chiquitas.

Entonces la mamá le mostró como poner un plato con migas para los pajaritos. Al principio les daba miedo la gente, pero después de unos días se fueron acostumbrando a venir todas las mañanas a comer.

Un día, a Lara se le salió un aro, y todos lo buscaron por la casa y no lo encontraron. Hasta que una mañana, Franca vio donde estaba el aro:
– ¡Ahí está! En el plato de los pajaritos.
– Anda a buscarlo – dijo la mamá.
– No puedo mamá – dijo Franca.
– ¿Porqué?
– Porque en el plato hay un pajarito, y tiene el aro en el pico.

La mamá trató de recuperar el aro, pero el pajarito, que era una urraca, se lo llevó a una rama bien alta. Se armó un lío bárbaro, porque los aros eran un regalo de la abuela, y les había costado trabajo que Lara se acostumbrara a usarlos.
Para variar, el Tío Chiflete tuvo una idea:
– Ya sé lo que voy a hacer. Me voy a disfrazar de pajarita, con un aro en una oreja.

Entonces el pajarito va a decir: “¡A esa linda pajarita le falta un aro!”. Y me va a regalar el aro que falta.

Se puso ropa toda negra, y desplumó un plumero viejo que había en la casa. Después se pegó las plumas con engrudo en toda la ropa, se puso un embudo en la boca, a manera de pico, y al final, el aro.

Con su disfraz de pajarito, el Tío dio unas vueltas por el patio diciendo: “Pío pío pío pío”

La mamá se rió al ver al disfrazado y dijo:
– Eres un pajarito un poco gordo. Más bien pareces un pavo.
– Vos no entendés nada de pajaritos.
– Además, acá no te ve nadie. Mejor anda a la vereda. El Tío salió a la vereda, y se puso a caminar dando saltitos con los dos pies juntos, y a decir “Pío pío”.

Los vecinos lo miraban y no entendían nada. Algunos se reían, y una señora un poco corta de vista le tiró a los pies como un kilo de pan duro.

El Vecino Inventor se asomó por la ventana y le preguntó qué pasaba. El Tío le explicó, y el Inventor dijo:
– Yo tengo una idea mejor. Hay que fabricar una oreja gigante, que se vea desde bien lejos, y ponerla en la puerta de calle. Cuando el pajarito la vea, va a pensar: “Qué linda oreja. Lástima que no tiene aro”, y entonces va a colocar el aro en ella.

El Inventor se puso a trabajar, y a la tarde tuvo lista la enorme oreja de plástico color piel, y la colgó con una cadena de un clavo en la puerta de calle.

Los demás vecinos seguían sin entender nada. Una vecina muy chismosa, cada vez que pasaba por la puerta de la casa le decía algo en secreto a la oreja gigante. Un abuelo aburrido había puesto una silla al lado de la oreja, y le daba charla. Para la mañana siguiente, en la oreja se había juntado un poco de tierra, pero no había aparecido ningún aro.

Entonces la mamá tuvo una idea:
– Vamos a poner unos botones en un platito, para ver adónde se los lleva la urraca. De ese modo vamos a descubrir su nido. Mientras tanto, el Tío se va a sacar ese disfraz de pajarón y el Inventor va a descolgar esa orejota de mi puerta.

Hicieron como ella dijo, y… ¡así fue!. El pajarito empezó a llevarse los botones, que le gustaban porque eran brillantes y hacían ruidito.

Entonces el Inventor, con un telescopio que había fabricado, miró al pajarito a ver a donde iba. Pasó un buen rato mirándolo mientras volaba, se posaba en distintos lugares, o se alisaba las plumas. Hasta que al final, ¡descubrió el nido!. Estaba en un árbol en el patio del Sr. Enojoni.

El Sr. Enojoni no quiso saber nada con dejar pasar a su patio al Inventor. Fue la mamá con las nenas a pedirle por favor, pero tampoco. Por último se incorporó al grupo el Tío Chiflete, que iba terminándose de peinar y arreglar la ropa. Cuando lo vió, el Sr. Enojoni le preguntó:
– ¿Ud. es el que estaba hace un rato disfrazado de pajarito?
– Sí.
– Jua jua jua. – se rió el Sr. Enojoni. Y de tanto que se rió, se le fue el enojo. Y no tuvo más remedio que dejarlos poner la escalera para subir al árbol.

Arriba del árbol estaba el nido. Y en el nido, el aro y los botones. Todos se pusieron muy contentos.

Pero a Franca le preocupaba saber para qué el pajarito quería el aro y los botones. Entonces la mamá le explicó:
– Algunos pajaritos se llevan cosas para hacer un nido, que es su casita.
– ¿y el pajarito se quedó sin casita?
– No te preocupes – dijo la mamá. Vamos a poner un poco de algodón y unas maderitas, y vas a ver como el pajarito se los viene a llevar para hacer un nido más lindo y caliente.

Y así fue. Desde la terraza, con el telescopio del inventor, Franca podía ver el nido del pajarito, con el algodón y las maderitas dentro. Y en la primavera, aparecieron dos lindos pajaritos.

FIN

Cuento original por: El Profesor Serapio (Sergio Samoilovich)
Email: ss@netic.com.ar

más cuentos en…
Sitio Web: www.netic.com.ar/cuentinf

0

Un cucú se casó con una estrellapor Gissou Borquez

H abía un cocu, respetado y muy bien educado, vivía cerca de un estanque,

Muchos bambúes y flores de jengibre eran su hogar,

su día empezaba al dormirse el sol.

Era allí cuando estiraba sus alitas llenas de rocío

Y levantaba su vuelo prendiendo su luz,

se dedicaba a alumbrarle el camino

a los que la noche agarraba fuera de sus casas,

el cien pies, era uno que por su lento andar.

Le pedía ayuda para caminar

pues muchas veces había tropezado

y caído en huecos difíciles de trepar.

El cocuy parecía ser un bichito feliz, pero no lo era.

Sus noches no terminaban hasta que se posaba en un bambú

a mirar a su más preciada ilusión, una estrella,

la buscaba nervioso entre las demás hasta ubicarla

para luego empezar a moverse de un lado a otro.

Saltar, hacer exagerados movimientos con sus alas y pies

hasta pararse de cabeza para llamar su atención,

pero nada daba resultado ella era indiferente a todos sus esfuerzos,

pero alguien si lo veía y se reía de tanta pirueta

La luna se divertía al ver a ese pequeño bichito hacer tantos malabares

y la curiosidad de saber el porque de ellos la hizo invitarlo a conversar

el cocuy no podía creer tanta suerte,

paso el día limpiando sus alas y pensando que decir.

Hasta que el momento llego,

una estrella fugaz lo arrebato de la tierra y sentó en la luna,

ella cariñosa le pregunta de sus piruetas

y el decidido le confeso de su amor por la estrella.

Tanta seguridad en sus palabras confundió a la luna,

quien no se esperaba jamás algo así,

pero ella sabia de amores,

millones de años viendo parejas ocultas bajo el manto de la noche.

Había visto de todo, desde la pasión de un gordo cangrejo,

hasta los sueños de los hombres mas fuertes,

el cocuy emocionado por su interés le señalo a su estrellita

la que tanto amaba.

La luna conmovida, le dio permiso de acercarse a ella.

La estrella era más hermosa de lo que él jamás imaginó.

Sin demora el se presento y le hablo rápidamente de su amor,

la estrella sorprendida se sintió halagada.

Para ese cocuy ella era especial, diferente

le pareció maravilloso y de buenos sentimientos

ese bichito que solo pedía un poco de su atención,

prometió verlo todas las noches.

Luego hablaron un largo rato

hasta que el sol anuncio que era hora de regresar,

el cocuy y la estrella esperaban ansiosos la oscuridad,

para tan solo mirarse.

La aventura del cocuy se extendió por todas partes

llamando la atención de todos lo que lo conocían

Pero al contrario de lo que esperaban

cada noche el cocuy se veía mas y más desmejorado.

La distancia entre el y su amada era inmensa

y sus vidas estaban por separado.

Cuenta la historia que el cocuy dejo de comer

ya no salía a brincar y hacer piruetas.

Su luz se estaba apagando de tanta soledad

sus ojos ya no buscaban con picardía ver la noche

ni siquiera su estrella lo podía animar

una mañana lo encontró una mariposa en el bambú mas alto.

Se había dormido con las alitas abiertas como si volara

la luna al ver tanto dolor de el y su estrella

decidió ofrecerle llevarlo al cielo para que brillaran juntos por siempre,

y así fue como el cocuy se caso con su estrella.

Si miran arriba en el cielo los verán

dos luces muy juntas que con su brillo

iluminan el camino para que nadie se pierda,

ni siquiera su amigo el ciempiés.

FIN

Cuento original por: Gissou Borquez
Email: gissouborquez@hotmail.com

0

El búho que estaba tristepor Silvia Montoya

A ntes de irse a su cunita, Pablito quiso mirar por la ventana para ver
quien aún no dormía en el jardín de ensueños.
Ya la noche cubría el cielo, la luna descansaba.
Todo dormía afuera.
La casita en el naranjal tenía las luces apagadas.
Hasta las luciérnagas no estaban alumbrando.

Pero de pronto, en el alto del tejado al lado del manzanero Pablito miró algo que jamás sus ojitos habían visto. Pegando su carita contra el vidrio para poder mirar que era aquello unos ojos grandes, grandes alumbrando como dos luceros mientras el jardín de ensueños descansaba en su nocturno sueño.

Pablito estaba asustado, asombrado. Quería preguntarle – ¿tú quien eres?
Pero temía hablar alto y despertar a sus padres. Y a Lolita, la hormiguita del manzanero. Cansado de mirar y de admirar tales ojos de destello, Pablito se fue a su cuna. Quería que amaneciera para salir a conocer al dueño de esos grandes ojazos.
– ¿Cómo se llamaría, y de donde vendría?
Y porque no dormía mientras todos lo hacían. Mañana, mañana preguntaría.

Cansadito de pensar, se cerraron sus ojitos, hasta que por su ventana el sol le trajo el día. Se levanto muy de prisa a mirar por la ventana.
Y allí, allí estaba el visitante del jardincito de ensueños. Cuantas plumas lo cubrían, pero era diferente a Chanty la pajarita. La pajarita era linda, frágil, cubiertita de plumas. Entre el montón del plumaje había una cara fea.
Y los ojos no alumbraban al abrir la luz del día.
El dormía.
Muy quedito Pablito abrió la puerta y camino despacito, muy cerquita, solo que estaba muy alto en el techo de ese ranchito.
– Él no podía escucharme – pensó
– Entonces llamaré a Lolita la hormiguita que vive en el manzanero.
– Lolita ¿has visto quien está cerca de tu hormiguero?
– Si miras a ese lleno de plumas.
– Sí Pablito, es el Búho – dijo Lolita
– El búho Pichilin que viene de vez en cuando a disfrutar de este ensueño.
– Pichilin ¿qué nombre extraño, y que hace de donde viene?
– Pobrecito Pichilin, solo mira en la noche, porque la luz del sol encandelilla sus ojos
– No me digas hormiguita – dijo Pablito
– ¿O sea que no puede ver las flores de colores, los lirios, el limonero, los cerezos?
– Así es Pablito
– Vamos a despertarlo, créeme es un buen amigo
– Pichilin, Pichilin soy yo tu vecinita Lolita, no tienes que abrir tus ojos. Solo quiero que me escuches, Pablito ha venido a verte, anoche estaba asombrado de ver tus ojos brillantes. Él quería conocerte, quiere hablarte,
– Pichilin, soy yo Pablito; vivo aquí en la casita del frente
– Que lindos son tus ojos en la noche cuando todo se duerme
– Sí Pablito, solo miro en la noche, y eso me pone triste. Quiero ver los colores, que adornan este jardín de ensueños.
– Pichilin cuanto lo siento – le responde Pablito
– ¿Y porque no te pones unos lentes?
– Los que Papi se pone cuando el sol le molesta.
– ¿Piensas que yo podría usarlos al menos un momento?
– Sí, sí Pichilin iré a buscar los lentes.

Y Pablito se aleja.
– ya vengo, ya vengo Búho triste.
Y sin que mami se dé cuenta, Pablito tomó los lentes de su papacito Jaime.
Los escondió en la camisa de su piyamita roja y corrió hacia afuera a prestarle al búho triste unos lentes que permitieran ver la belleza de un día, así fuera un momento.

Pablito trepó al árbol con la ayuda de Lolita
– WOW – desde arriba podía mirar todo el jardín de ensueños.
– Pichilin no te muevas vas a ver, vas a ver, algo muy lindo, no te asustes.
Y Pablito, y la hormiguita ayudaron Pichilin a acomodarse los lentes.
– Uno, dos, tres ya puedes abrir los ojos, Pichilin.
– WOW, que cosas que tiene el día, que lindos son los colores.
– Te enseñare los colores, aquella rosa está vestida de roja, y la grande es amarilla.
– Y los lirios son azules, y tú Pablito que hermoso eres, y tu casita que linda con esas ventanas verdes.
– Si amigo Pichilin, mira a tu izquierda allá en ese naranjal vive Chanty, la pajarita más linda que jamás hayas visto.
– Y en el frente de la casa vive Ratoncito Pérez, ¿lo ves? allá junto a los guadales con su escobita barriendo?
– Allá en aquel almendro vive ardillita Serafina, y en un rato veras a la ranita Rene paseándose su barriga.
– Wow y que lindo que es el cielo, tantas flores, que hermoso que es ver de día.

Y así pasaron las horas hasta que el búho triste fue cerrando sus ojitos aún con sus grandes lentes. Ya el cansancio lo rendía y sin darse mucha cuenta sus lentes fueron al suelo. La hormiguita y Pablito muy despacito se fueron dejándole una notita.

Hasta pronto Pichilin. Ven muy pronto si te gusta tanto a visitar este jardín de ensueños. Si tu quieres algún día te regalamos los lentes para que de vez en cuando puedas abrir tus ojitos en este jardín de ensueños.

FIN

Cuento original por: Silvia Montoya – California – USA
Email: silviaemontoya@yahoo.com

0

El bosque encantadopor Dayany Medina Fuentes

H abia un pequeño castillo en le más bello lugar que podamos imaginar, donde vivía una pequeña princesita que aunque su padre el rey le complacía todos sus caprichos, no tenía lo que ella más deseaba, permiso para ir a jugar con sus amigos al bosque…

Desde su habitación se pasaba las horas contemplando las casas, los animales, los niños que tan alegremente jugaban, la gente de su reino que tan felices parecían y aquel hermoso bosque prohibido para todos.

Papá, preguntó un día la princesita ¿por qué esta prohibido ir al bosque?
Ven aquí, dijo el Rey y la sentó en sus piernas, escucha con atención la historia que voy a contarte:

Hace mucho, mucho tiempo, mucho antes incluso de que yo naciera, vivía en este reino una malvada hechicera, que odiaba la alegría, las flores, todo aquello que fuera bonito y alegre pero sobre todo odiaba la risa de los niños.

Entonces un día decidió utilizar sus poderes para transformar la risa de la gente en lágrimas, la alegría en tristeza, las flores en punzantes espinas y a los niños en horribles gnomos, en poco tiempo todo en el reino era oscuro y tenebroso, nadie se atrevía a salir de sus casas, tenían miedo hasta de sus propias sombras.

La princesita escuchaba con atención a su padre y con una voz temblorosa por el miedo que le producía aquella misteriosa historia, pregunto:
Entonces, ¿qué pasó con la malvada hechicera?
Pues que una noche se reunieron los soldados más valientes del reino y decidieron enfrentarse a la hechicera.

Los soldados lograron atrapar a la malvada hechicera y el rey la desterró del reino y la condenó a vivir sola en el bosque para siempre, lejos de los niños para que nunca más les pudiera hacer daño y como símbolo de la victoria del bien contra el mal plantaron alrededor de todo el reino las flores más bellas que encontraron…. ¿las ves? Señaló el rey desde la ventana hacia la frontera del reino con el bosque donde efectivamente estaba lleno de flores de diferentes especies y de todos los colores.
Ahora entiendo por que la gente cuida con tanto cariño esas flores, pensó la princesita.

Lo de las flores está bien, pero ¿cómo hicieron para lograr que la hechicera no volviera al reino? Preguntó intrigada la princesita.

El rey sonrió satisfecho y dijo: veo que eres más lista de lo que yo pensaba pero la respuesta a eso es muy fácil, el reino estaba lleno de todo aquello que ella odiaba: risas, alegría, niños y sobre todo mucho amor, todo ello junto se convirtió en el mejor amuleto para combatir sus poderes.

Pero papá, dijo la princesita, eso fue hace mucho tiempo ¿por qué no podemos ir ahora los niños a jugar al bosque?

Espera, cariño mío, dijo el Rey, aún no he terminado de contarte toda la historia:
La malvada hechicera furiosa porque la habían condenado a vivir en el bosque, lanzó contra todos los habitantes de este reino una horrible maldición:

¡A todo aquél que se atreva a entrar en este bosque, dijo la hechicera, le MALDIGO a que nunca encuentre el camino de regreso a casa y conocerá mi furia y toda mi maldad!

JA, JA, JA se reía la hechicera con una carcajada tan macabra que hasta el más valiente de los caballeros sintió miedo.
¿Qué pasó, papá? Sigue por favor, dijo la princesita.
Tranquila, no tengas prisa insistió el Rey

Entonces se desató la más grande tormenta que nadie recordaba, los truenos eran tan fuertes que no solo temblaba el cielo sino también la tierra, el viento soplaba con tanta intensidad que casi arrancaba a los árboles de raíz y como por arte de magia la malvada hechicera desapareció y nunca más volvimos a verla.

Desterrada la malvada hechicera del reino, todo había vuelto a la normalidad, la gente era feliz, los niños jugaban y reían con tranquilidad, todo era alegría, así estuvieron durante mucho tiempo hasta que un día el pequeño Samuel y su perro Pope jugaban cerca del bosque… sigue, sigue, dijo emocionada la princesita.

Pope se adentro en el bosque y aunque Samuel le llamó desesperadamente este había desaparecido entre los árboles, entonces, Samuel sin pensarlo dos veces fue en busca de su adorado perro, sin saber nada de la maldición de la hechicera.
La princesita con una tímida voz , preguntó ¿que le pasó a Samuel y a Pope?

Que los dos desaparecieron sin dejar rastro… entonces el Rey, que era el abuelo de mi abuelo o algo así creo recordar, bueno da igual, el caso es que mandó convocar a los soldados valientes del reino y les encomendó la difícil misión de ir al bosque a buscar a Samuel y a Pope, los soldados aunque eran muy valientes estaban llenos de miedo porque sabían de la maldición de la hechicera pero armados de coraje se pusieron sus armaduras, cogieron sus espadas, montaron en sus caballos y se adentraron en el temido BOSQUE ENCANTADO….

¿Qué fue de todos ellos? Volvió a preguntar la princesita.
Que nunca más se volvió a saber ni de los soldados, ni de Samuel, ni de Pope, desde entonces, durante generaciones y hasta el día de hoy vivimos con la esperanza que algún día logren encontrar el camino de regreso a casa.

Hijita mía, dijo el Rey con una voz muy dulce, si te he contado esta historia es para que comprendas por qué es tan peligroso adentrarse en el bosque…
Así que, recalcó el rey muy serio a la princesita: nunca se te ocurra, escúchalo bien, nunca se te ocurra poner un pie en ese bosque.
Pero papá, dijo la princesita
Ni siquiera usted, señorita, dijo el rey muy contundente, la maldición de la hechicera existe y nadie debe desafiar su maldad.
¿Queda claro, jovencita? insistió el rey.
Sí papá, queda claro, contestó resignada la princesita.

Los días pasaron pero a la princesita no se le quitaba de la cabeza ese pensamiento que la acompañaba día y noche: comprobar por sí misma si esa historia de la hechicera era cierta pero sabía que si iba al bosque su padre se pondría muy pero que muy enfadado así que durante un tiempo desistió de la idea.

Un buen día les contó a sus amigos: Isabel y Daniel, todo lo que sabía acerca del bosque, cuando terminó se quedaron los tres muy pensativos durante bastante rato, hasta que al final fraguaron un plan: Dejarían pasar el tiempo hasta convertirse en mayores, la princesita para ese entonces sería la Reina y pondría como real decreto que las mujeres pudieran ser soldados, entonces ella, Isabel y Daniel serían soldados, se pondrían sus armaduras, cogerían sus espadas y a lomo de sus caballos irían al bosque encantado atraparían a la malvada hechicera y traerían de regreso a casa aquellos valientes soldados, a Samuel y a Pope.

Los años pasaron, Isabel se había convertido en una bella muchacha, Daniel en un soldado real y la Princesita en una hermosa Princesa. Hartos de esperar decidieron omitir algunos detalles de su plan y adelantar la tan esperada aventura, así que cogieron unas espadas y escoltadas por el soldado Daniel se adentraron en el bosque encantado.

Llenos de valentía recorrieron los primeros metros, el corazón les latía muy rápido, caminaron y caminaron durante horas por aquel bosque hasta que al final llegaron a la conclusión que esa historia del bosque encantado era solo eso, una historia, desilusionados regresaron al castillo y le contaron todo lo sucedido al rey, este no paraba de reírse y los tres estaban desconcertados.
Os voy a contar la verdadera historia, dijo el rey.

Un día el pequeño Samuel jugaba en el bosque con su perro Pope estaban tan entretenidos con sus juegos que no se dieron cuenta que se alejaban cada vez mas del reino, desgraciadamente se perdieron en ese inmenso bosque, los soldados del reino los buscaron durante días, dicen que fueron unos días de mucha angustia para toda la gente del reino y sobre todo para sus padres pero afortunadamente aparecieron sanos y salvos, se empezó a contar esta historia de muy diferentes maneras hasta llegar a la versión que te conté cuando eras pequeña, que a su vez me contó mi padre, a mi padre se la contó mi abuelo y así de generación en generación.

Pero, entonces ¿la malvada hechicera nunca existió? Preguntó la princesa.
Claro que no, dijo el rey, sorprendido por la ingenuidad de su hija y de sus amigos, era solo una vieja refunfuñona pero nada de hechicera, ni de maldiciones, ni nada de eso. Así que más vale que cada uno de vosotros vuelva a sus ocupaciones y os olvidéis de todo esto, concluyo el rey con una sonrisa burlona.

Con el paso del tiempo cada uno hizo su vida, la princesa se casó, tuvo dos niños y ahora es ella la que cuenta a sus hijos aquella fantástica historia de EL BOSQUE ENCANTADO.

FIN

Cuento original por: Dayany Medina Fuentes
Email: dayanymedina@hotmail.com

0
Secciones
Suscribimos al código de ética sobre sitios de salud. Ver más detalles