El sitio del bebe, el niño y su familia

Cuentos infantiles

¿A quién no le gustaba que un mayor le contara cuentos cuando era chico?. Pues bien, aquí tienes las maravillosas historias de Peter Pan, el Mago Merlín, Simbad el Marino, una selección de algunos de los más difundidos de H. C. Andersen y los Hermanos Grimm. Además, si tienes facilidad e ingenio para escribir, te invitamos a participar con un cuento infantil original, que nosotros lo publicaremos en el sitio (ver concurso de cuentos). Anímate y comparte tu imaginación con otros padres. Tu cuento puede ser leído en todo el mundo.

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El bosque mágicopor Andrés Martín Soriano

H abía una vez dos hermanas a las que les gustaba mucho disfrutar de la naturaleza y en particular de la montaña. Marta y Paula, eran sus nombres. Vivían con sus padres en la ciudad, aunque tenían una casa en un pequeño pueblo de montaña rodeado por dos inmensos valles llenos de bosques y dónde solían pasar los fines de semana y las vacaciones. Los valles estaban separados por un gran lago al que solían acudir a pasear en una pequeña barca de remos que su papa había construido en sus ratos libres.

Al otro lado de la orilla del Lago vivía un viejo leñador en compañía de un bonito perro pastor y rodeado de los animales del bosque que frecuentemente le visitaban.
El viejo leñador, era un hombre muy alto, con una gran barba blanca y, pese a que su rostro delataba el paso del tiempo, todavía se notaba que había sido un hombre fuerte y vigoroso. Tenía fama de ser una persona solitaria y huraña y con muy mal genio. Muy pocas veces se dejaba ver por el pueblo. Sólo cuando necesitaba comprar comida o materiales para reparar su vieja cabaña. No se relacionaba con nadie.

En alguna ocasión, Marta y Paula habían coincidido con él en la tienda de comestibles y a pesar de su semblante serio y distante, la verdad es que a ellas no les parecía una persona tan rara, más bien les parecía que tenía una mirada entrañable y les recordaba a su abuelito. Pero lo que más fascinaba a Marta y a Paula del viejo leñador era la leyenda que sobre él se había extendido entre los habitantes del pueblo.

Según esta leyenda, el viejo leñador tenía un poder mágico y especial que le permitía hablar con los animales que habitaban el bosque.
Marta y Paula decidieron comprobar con sus propios ojos el poder mágico del viejo leñador y para ello, una mañana mientras sus padres estaban en el pueblo, se subieron a la barca de remos y llegaron al otro lado del lago donde vivía el viejo leñador.

Sin hacer ruido se acercaron hasta la vieja cabaña y detrás de un arbusto decidieron esperar a que los animales se acercaran a la vieja cabaña. Después de esperar un rato, observaron como se acercaban los animales del bosque. Allí estaban las ardillas, los osos, el búho, los ciervos, las cabras. Todos ellos se aproximaban sin ningún temor hasta la vieja cabaña, donde se encontraba sentado en el porche el viejo leñador, que les llamaba para que se acercaran y comieran la comida que les había preparado. Los animales del bosque, mientras comían, saltaban de alegría alrededor del viejo leñador.

Después de comer, el viejo leñador aprovechó para curar la pata herida de un pequeño cervatillo ante la atenta mirada de papá y mamá ciervo. Después, los animales comenzaron a marchar hacia el bosque, no sin antes, agradecer al viejo leñador el estupendo festín que les había preparado, mediante el gruñir característico de cada uno de ellos.

Marta y Paula presenciaron con asombro lo ocurrido, pero quedaron un poco decepcionadas porque comprobaron que los animales no hablaban. Aun así, decidieron acercarse hasta la vieja cabaña. El viejo leñador a verlas, les invitó a sentarse a su lado, ofreciéndoles un poco de naranjada y un pastel de ricas frutas del bosque que el mismo había preparado.

Marta y Paula no pudieron resistir la tentación de comentar al viejo leñador lo que se decía en el pueblo sobre la famosa leyenda. En ese momento, el viejo leñador comenzó a reír y a reír sin parar y sus risas resonaron en todo el bosque. Marta y Paula no entendían nada.

A continuación, el viejo leñador, aún sonriente, le explicó que para comunicarse con los animales no hace falta hablar con ellos, simplemente se trata de respetar sus costumbres, los sitios donde viven, de quererlos y de ayudarlos cuando lo necesitan, porque los animales son más inteligentes de lo que creemos y ellos también entienden a las personas que les tratan con cariño, y transmitir ese cariño y respeto es la mejor forma de comunicarse con ellos, y además eso también ocurre con las personas.

Fue una tarde llena de emociones. Marta y Paula, agradecieron al viejo leñador su hospitalidad y el haber aprendido una buena lección de convivencia y respeto, por lo que prometieron volver todas las tardes para ayudar al viejo leñador a dar de comer a los animales y lo que es más importante a comunicarse con ellos.
Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

FIN

Cuento original por: Andrés Martín Soriano
Email: amartinso@gasnatural.com

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La baldosa de los deseospor RAMAMAR

A puesto que algunos de vosotros no sabréis que es eso de la “baldosa de los deseos”, así es que si tenéis un poquitín de paciencia, os lo voy a aclarar lo mejor que pueda.

Primero os voy a explicar quienes son los pequeños enanitos invisibles que hay en todas las casas, pues estos son precisamente los responsables de mantener el secreto de la baldosa de los deseos que hay en casi todas las casas.

Digo en casi todas, pues estas baldosas se encuentran solamente en las casas de las personas que tienen ilusiones por conseguir cosas con algún esfuerzo, por lo tanto no os molestéis en buscar la baldosa de los deseos en las casas de las personas muy ricas, pues estas consiguen sus deseos sin ningún esfuerzo y por lo tanto no las necesitan.

Bueno, vayamos al grano, os estaba hablando de los pequeños enanitos invisibles que hay en todas las casas. Estos viven también en las casas de los ricos, así que en esto no hay distinción entre ninguna clase social y lo mismo están viviendo en las casas de la gente mas pobre y humilde, que en los palacios de los reyes.

Aunque vosotros no los hayáis visto nunca, están por todas partes y son bastante revoltosos y enredadores.

Se divierten a su manera escondiendo nuestras cosas y por supuesto son los responsables de que muchas veces no encontremos las cosas que acabamos de dejar en un sitio y luego no están donde nosotros creíamos haberlas colocado.

Por ejemplo, si la abuela no encuentra las gafas por ninguna parte, es porque los enanitos invisibles se las han cogido y cambiado del lugar en que ella las dejó, así es que la abuela busca las gafas por todo el salón y resulta que al cabo de muchas vueltas luego aparecen junto al teléfono del pasillo.

Si veis que el abuelo se vuelve loco buscando el teléfono móvil que había dejado (según dice él), encima de un entrepaño del mueble-librería del salón, veréis que al cabo de mucho rato de buscar, al final lo va a encontrar en la mesilla del dormitorio o en cualquier otro lugar, que será a donde lo habrán trasladado los enanitos invisibles.

Otras veces os habrá ocurrido que estáis buscando las zapatillas que os habéis quitado junto a la alfombra y resulta que aparecen en otra habitación por arte de magia. Bueno, pues todas estas desapariciones y traslados de lugar, los realizan los enanitos invisibles, que son unos juguetones y se lo pasan en grande viendo como las personas nos volvemos locos buscando las cosas perdidas. Son unos granujillas sin mala intención, pero que a veces nos gustaría que nos dejaran en paz y no se divirtieran a nuestra costa.

No os quepa la menor duda de que ellos son los responsables de que los chupetes de Raquel se escondan en los sitios mas inesperados y luego aparezcan al día siguiente, si es que aparecen, pues algunas veces ha ocurrido que se han perdido cosas y resulta que las hemos encontrado muchos meses mas tarde y cuando ya no las necesitábamos.

Bueno, pues estos enanitos revoltosos, también hacen cosas buenas para nosotros, pues son los encargados de recoger nuestros deseos y guardarlos para que se cumplan mas adelante.

Si por ejemplo en algún momento de vuestra vida expresáis un deseo que os gustaría ver realizado, como por ejemplo conseguir alguna cosa que os guste mucho, los enanitos invisibles se encargan de recoger vuestro deseo y llevarlo a esconder a la baldosa de los deseos, para que se quede allí esperando a verse realizado mas adelante.

La baldosa de los deseos puede estar en cualquier lugar de vuestra casa, por supuesto siempre dentro de la casa y es un lugar secreto que solo conocen los enanitos invisibles. A veces resulta ser una baldosa de un pasillo; otras veces puede ser una baldosa del cuarto de baño o de la cocina, pero ya os digo que no os molestéis en buscarla pues es un secreto secretísimo que solo conocen los enanitos invisibles y no la vais a encontrar aunque estuvieseis buscando toda la vida.

Allí se van guardando todos los deseos de las personas que habitan en la casa y de vez en cuando, los enanitos invisibles se acuerdan de sacar algún deseo de los que están allí guardados y con su magia hacen que las ilusiones de las personas se conviertan en realidad.

Por eso es muy conveniente que, cuando tengamos la ilusión de tener alguna cosa que nos gustaría alcanzar, no solo lo tengamos en nuestro pensamiento, sino que lo expresemos en voz alta a los demás, para que así lo escuchen también los enanitos invisibles y lo guarden en la baldosa de los deseos.

Hacedlo así y veréis como, si hemos sido buenos, obedientes y trabajadores, en la mayoría de las ocasiones se cumplirán nuestros deseos.

FIN

Cuento original por: Rafael Masedo Martínez (Ramamar)
Email: ramamar1939@yahoo.es

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El amor del Solpor Clara María Álvarez Soto

H abía una montaña que se alzaba majestuosamente en un hermoso valle, lleno de árboles y flores, la montaña era inmensa, rodeada de vida, de pajaritos que cantaban alegremente, desde que el señor sol salía.
En la montaña vivía una rosa roja, bellísima, todos los días desde que el sol vio la flor cerca de un arroyo, apuraba a salir de su casita, y se quedaba admirando la dulce rosa desde lo alto, porque el señor sol, vivía detrás de esa gran montaña.

El sol se enamoró de la rosa, y todas las noches al acostarse, sentía celos de la montaña, porque ella tenía la rosa tan cerca y él tan lejos.
El sol deseaba ser la montaña, sentía deseos de tocar la rosa, pero no podía, solo admirarla.

-¡La montaña tiene la rosa siempre, la cuida, la alimenta! – decía el señor sol.

Cada día el sol sentía más celos de esa montaña, hasta que una mañana no aguantó más. Tenía tanta rabia que calentó más y más fuerte hasta que la montaña se prendió. Él no entendía que si dejaba que la montaña ardiera en llamas su rosa moriría con ella.

El sol estaba furioso, no se dio cuenta cómo las llamas consumían la montaña y a su rosa. Cuando se calmó un poco buscó entre las cenizas a su amor, pero no la halló. Desesperado miró al pie de la montaña, solo encontró ramas quemadas y cenizas. Siguió buscando más arriba cerca al arroyo. Aún había fuego, pero su rosa no estaba.

El sol, no comprendía, -¿qué sucede?, ¿donde está la rosa, la flor más bella de todo el bosque? – decía.

Una nube que estaba a su lado y veía lo que pasaba le dijo – ¿no te diste cuenta?, tus celos y tu enojo mataron tu amor, quisiste acabar con la montaña y en ella estaba ella.

El sol se puso triste, comprendió lo que había hecho, las lagrimas salieron de sus ojos, una a una cayendo sobre la montaña desierta y humeante, las nubes vieron la tristeza del sol y lloraron con él.

Cuando las lágrimas del sol y de las nubes tocaron la montaña, ella revivió y con ella la rosa, pero más bella que nunca.

El sol abrió los ojos cuando escuchó los pajaritos cantar en la montaña y sonrió feliz de ver a su rosa brillar cerca del arrollo.

FIN

Cuento original por: Clara María Álvarez Soto
Email: cmas1968@hotmail.com

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por Mary Contreras

La historia de un topo E sta es la historia de un topo
Hay un topo muy chiquito que se llama  Tito.

Tito tiene muchos amigos y le gusta viajar llevando su casita para todos lados.
Su casa es un honguito anaranjado y casi siempre hay olor a perejil.

Tito le rasca la panza a la Tierra cuando le pica;
y la tierra muy contenta le regala comida.

Tito es curioso, alegre y revoltoso…
Come zanahorias con forma de galletita
y mira tres veces a la luna antes de irse a dormir.

Le gusta que le cuenten historias que nadie conoce,
que le canten canciones de lluvia
y que lo inviten a jugar cuando está despierto.

FIN

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por Mary Contreras

Ositos de algodón E rase una vez hace mucho tiempo existió un pueblo entre montañas dónde siempre nevaba mucho y casi todos los días. Por este motivo la mayoría de las veces los niños se tenían que quedar en casa, después de salir del colegio para no coger un resfriado. Hasta que un día los niños del pueblo cansados de estar aburridos en casa viendo la televisión convencieron a sus padres de que saldrían bien abrigados a la calle, con la cazadora, un gorro de lana, una bufanda y unos guantes para no pasar frío.

Una vez en la plaza del pueblo los niños jugaron a tirarse bolas de nieve una y otra vez, corriendo y saltando de un lado para otro. Por primera vez en mucho tiempo se podía ver a los niños jugando, disfrutando y felices mientras hacían cosas propias de niños.

Cuando ya se habían cansado de tirarse bolas de nieve pensaron que podían hacer algo todos juntos. Y pensando, pensando… decidieron que iban a hacer un muñeco de nieve. Así poco a poco con una bola por aquí y otra para allá hicieron un gran muñeco de nieve que al igual que ellos también le vistieron con una chaqueta, un gorro y una bufanda, para los ojos le colocaron dos enormes botones y para la nariz una enorme zanahoria.

Después de un rato se dieron cuenta de qué el muñeco de nieve cada vez se iba haciendo más pequeñito ¿Por qué?- se preguntaron ¿Qué estaría pasando? Con la incógnita de no saber que pasaba llamaron a los papás. Y los papás les explicaron que la nieve es agua y que ésta era la razón por la que el muñeco de nievo poco a poco se iba derritiendo y haciéndose cada más pequeño.

Cómo los papás vieron algo tristes a los niños ante la situación propusieron reunirse y hacer todos juntos: papás y niños muñecos, pero está vez de algodón, de esta forma los niños guardaron un bonito recuerdo de aquella tarde.

FIN

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por Alexandra Deluca

Vasitos de 7 colores... o los 7 vasitos de colores T odas o muchas veces mi papá empezaba este cuento y muchas veces no lo terminaba.

Creo que era porque lo contaba a la hora de la siesta y su cansancio podía más que las ganas de contarlo.

Con el correr de los años, le he preguntado a mi padre cómo era el cuento de los vasitos de los 7 colores… ¿¿¿o eran 7 vasitos de colores???… pero tampoco se acordaba, y con una sonrisa me relataba siempre historias distintas inventándolos en el momento para que me fuera feliz y contenta.

Tengo un vago recuerdo que en algún momento se rompían, pero no puedo recordar con exactitud qué pasaba con los vasitos ,sólo se que me gustaba y se lo pedía una y otra vez. Le pregunté a mis hermanos cuando decidí escribir este cuento ,si alguno de ellos se acordaba…

Todos coincidíamos con lo mismo, era hermoso pero nadie sabía porqué…

Por eso, pienso que sólo una vez lo terminó realmente de contar, y debe haber quedado en la memoria de todos nosotros. Esta es una versión, que intenta parecerse al cuento original. Espero con esto, poder remontarlos a la hora de la siesta pero con un final. Y no dormirme en el intento…..

7 era el número y 7 los colores del arco iris…

Celeste, rojo, amarillo, violeta, naranja, verde y azul.

7 eran los vasitos que llevaba todos los días en su vieja bolsa de arpillera, el duende leñador del bosque encantado. Calzaba sus antiguas botas de nieve, su saco de piel, juntaba los 7 vasitos, los llenaba de semillas de todos los colores, y partía como todos los días, donde los pinos, abedules y eucaliptos le abrían paso mostrándole el camino. Así trabajaba día y noche dale que te dale sin parar. Cuando el viejo castor golpeaba fuertemente con su cola y hacía TACATACA con sus dientes, era hora de volver, era tiempo del regreso.

Una mañana, el hombrecito apuntó con su nariz puntiaguda hacia el cielo. Si una brisa le hacía cosquillitas haciéndolo estornudar, era el momento justo y lugar exacto para sembrar. Tomó de su vieja bolsa con mucho cuidado, uno de los 7 vasitos, el azul. Miró con cautela a su alrededor, y como un experto pintor, regó con su pincel las aguas transparentes. Al mismo tiempo de un parpadeo, los ríos se vistieron de un azul profundo muy intenso.

Satisfecho y contento con su bolsa a cuestas y mirando por encima de su hombro, contempló las cascadas que cambiaban de color, y silbando melodías de chicharras con la música de cientos y cientos de grillitos, siguió su largo camino.

– ¡¡¡¡¡AAAACCHÚÚÚÚ!!!!!

– ¡¡¡UUUyyyyyy………..!!!¡¡¡¡qué tristes están las margaritas, sus pétalos parecen dormidos y las hortensias de almidón….!!!!

Nuevamente abrió con cuidado su bolsa, tomó el segundo vasito, el amarillo, y láminas de oro se desprendieron de las semillas. Las hadas bailarinas, saltando y brincando ,pintaron cada pétalo y cada flor. Miles y miles de gotitas de miel invadieron el cielo, y a cada margarita y a cada hortensia le llegó un dulce baño de color.

– AAAACCCHHHÚÚÚÚ

– UUYYY……¿Qué pasó con las naranjas?… lloran gotas de harina…¿Y con los duraznos?… llenos de pimienta y sal…

Ni lerdo ni perezoso, tomó el tercer vasito y comenzaron a salir muchas llamitas de calor… El sol, pomelo melocotón, se reflejaba en los frutales y en su espejo de frutas sabrosas…

– Misión cumplida -pensó

– ¡¡¡CHCHCHCH… CHCHCHCH…!!!

Un chistido lo asustó, se dio vuelta y no vio nada

– ¿Qué habrá sido eso? -pensó

– Tal vez, mi imaginación…

– ¡¡¡CHCHCH… CHCHCHCH…!!!

Se paró bruscamente, un poco miedoso y otro poco también miedoso. Debajo de sus pies, un alelí descolorido lo miraba de reojo desde la punta de su bota hasta la punta de su roja nariz.

Rápidamente lo levantó y lo llevó al campo de alelíes. Parecía perdido pero no

– ¡¡¡….AAACCCHHHÚÚÚÚ´….!!! no estaba perdido.

Tomó su cuarto vasito y una nube muy espesa de un celeste brillante , cubrió todo el lugar hasta llegar al monte de los jacarandá. Ya el viejo castor, hacía sonar con sus paletas los tacataca de la vuelta. Mañana será otro día.

Una mariposa se posó en su hombro, dándole pequeños aleteos para despertarlo de su largo sueño. Se encontró con los antifaces de los mapaches que le gritaban todos juntos, entre coletazos y castañas…

– ¡¡AL CAMPO DE FRUTILLAS!!… y el hombrecito apuró sus pies como pudo.

Su gorra se movía tanto, que no lo dejaba mirar el sendero. En una mano llevaba con toda sus fuerzas la vieja bolsa, mientras que con la otra, se acomodaba la camisa y ajustaba el cinturón fuertemente.

Un campo rosa lleno de frutillas y frambuesas lo estaban esperando. Le dio a cada uno de los mapaches un puñado de semillas bien rojas y jugosas, y otro montón tan verdes como la esmeralda menta para las hojas. Así entre conejitos y ardillas, dibujaron los frutales al compás de las campanitas de un hermoso color bermellón.

Se recostó por un segundo al pié del árbol mayor. Posó su mano pequeñita sobre la bolsa y se quedó dormido. De pronto, no supo porqué, movió la mano que estaba sobre la bolsa.

Tocó una y otra vez. Había 6 vasitos.

Volvió a tocar, por todos los costados, arriba y abajo, de izquierda a derecha, de este a oeste y de norte a sur. Seguía contando 6 vasitos.

Se despertó bruscamente. Abrió su bolsa y ahí estaba el séptimo vasito, el violeta, hecho trizas. Su corazón se encogió y una lágrima de aguamarina rodó por sus mejillas. Desconsolado, tomó los pedacitos como pudo. Quiso de alguna manera armar el vasito, pero ya era imposible…

– ¿Qué será de las violetas, de las luciérnagas, de los claveles?

Su llanto era cada vez más fuerte y su corazoncito se hacía cada vez más pequeño y arrugado de tanto llorar.

Pobre duende del bosque…y ahora qué pasará?… Las magnolias secaban sus lágrimas y las subían a una gran carretilla. Las llevaban hasta el río y las volvían a cargar. Fueron tantas sus lágrimas, que los ríos desbordaron y el cielo se cubrió de burbujas.

– Bueno, bueno, bueno… ¿qué está pasando aquí?… preguntó una voz que venía del fondo de la tierra.

– Porqué tanta agua… ¿se puede saber?…- dijo un topo malhumorado mientras salía de su cueva sacudiéndose el polvo de su traje marrón.

Nadie contestó, solo se escuchaba …snif, snif, snif… ni una palabra de un mísero ratón, conejo o lagartija… snif, snif, snif…

Y al unísono gritaron:

– El vasito… – decían por ahí

– El… el… el… violeta… – se escuchaba por allá…

– Se rompió el séptimo color… – más atrás…

– ¿Qué vamos a hacer?… – por acá…

– Un momento, un momento… con calma… no entiendo nada… ¿qué vasito y qué color?… ¿que violeta ni ocho cuartos?… ¿o son siete?… ¿como mis 7 dientes blancos…?

– Mmmm… ya sé

– A ver…

– los ciervos y las mariposas por el sendero donde se pone el sol,

– los conejos y mapaches, por donde sale el sol,

– las ardillas y frambuesas por donde no hay sol

– y todos los demás SÍGANME ¡¡A TRABAJAR!!.

– ¡¡Acá hay una!! – dijo la rana

– ¡¡Y acá hay tres!! – dijo el gorrión

Y de esta manera, fueron juntando cientos y cientos de semillitas que estaban perdidas por todo el bosque. Empezó a apilarlas a los costados, y se hicieron grandes montañas de semillas violetas, hasta que quedó completamente tapado y no podía respirar.

Quiso sacudirse de un manotazo, tantas y tantas semillas. Y entre manotazo va y manotazo viene, vio como la cola de un gran ciervo lo despertaba de su siesta.

– ¿Eh?… ¿qué pasó?… ¿me quedé dormido?… creo que tuve un sueño… – pensó

Miró a los costados y no había nada. Miró para atrás, para adelante, sacudió su gorra, sus botas, y nada. Tomó rápidamente la bolsa, y ahí estaban los 7 vasitos intactos sin un rasguño.

– ¡¡¡UUUUUfff!!!… ¡¡¡Qué sueño increíble!!!…

Al llegar a las violetas y nomeolvides, todos los animalitos del bosque lo esperaban con un ramito de flores color púrpura. Todos cantaban y jugaban. Las abejas zumbaban y la miel sonreía. Los conejos bailaban merengue con las viejas tortugas…

El pequeño leñador, no podía creer lo que sus ojos veían. Su alegría era tanta que su barriga se movía como un subibaja.

Un viejo topo se cruzó en su camino, tropezó y calló de trompa a sus pies. Se levantó enojado y refunfuñando miró al pequeño duende leñador.

– ¿Es qué no ve por donde camina?… ¡caramba!

– Disculpe señor topo, ¿está bien?… ¿se lastimó?

-Qué disculpe ni ocho cuartos… ¿o eran siete?…

En ese mismo instante una gran brisa de hadas y duendes elevó al hombrecito por las nubes para ir a jugar al bosque encantado. Ya muy arriba por los aires violetas, el leñador miró por última vez al viejo topo que sacudía violentamente su traje marrón lleno de tierra y le pareció, tan solo por un momento, que le sonreía… con una hermosa… fila de 7 dientes blancos…

¿Sueño o realidad?… ¿Fantasía o ilusión?

“Solo los pinos y los abetos
las calandrias y el gorrión
guardaban un gran secreto
en un viejo traje marrón”

FIN

 

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por Laura Gómez

Para vivir en la luna se necesita H abía una vez una familia que planeaba irse a vivir a la luna. ¿A la luna?. Sí, a la luna.
Eligieron ir allá porque querían ir a vivir a un lugar donde no hubiera nadie, nadie. A uno no le gustaba la nieve, al otro no le gustaba el sol, al otro no le gustaba el frío y a otro no le gustaba el calor, por eso la luna era el mejor lugar para ir.La familia estaba compuesta por el papá, la mamá y sus cuatro hijos: Agustina, Tomás, Martina y Juan Pablo.

– ¡¡Qué suerte que iremos a la luna!!. – dijo el papá – Será un viaje maravilloso. No tendremos que escuchar bocinas, ni nos tendremos que levantar temprano; no tendrán que hacer deberes. ¡¡Qué lindo!!.
– ¿Cuándo viajamos, papi? – preguntó ansioso Tomás.
– ¡¡Uh!!, ¡falta bastante!. Todavía faltan ocho meses.

Martina y Juan Pablo estaban armando un rompecabezas sobre el piso y quisieron participar de la conversación.
– ¿Cuáles son los meses que faltan? – dijo Martina.
– Y, estamos en Mayo. Falta Junio, Julio, Agosto, Septiembre, Octubre, Noviembre, Diciembre y en Enero vamos!!.

La mamá, que recién llegaba del supermercado con Agustina, preguntó:
– ¿Dónde vamos?
– ¡¡Decidimos ir a la luna!! – dijo el papá – ¿Qué te parece?. Sólo hay que decidir qué llevará cada uno en su valija. Eso si, sólo se podrá llevar una sola cosa por persona.
– ¿Una sola cosa? – dijo Juan Pablo.
– Sí, una sola cosa. Así que piensen bien qué elegirán. Puede ser la computadora, o alguna muñeca, o un libro o una cartera. No se. Ustedes tendrán que elegir lo que quieran llevar cuando viajemos. Pero recuerden. Solo podrán llevar una sola cosa.

Todos fueron a pensar y, mientras cenaban, cada uno explicó lo que llevaría.
– Yo voy a llevar mi caña de pescar – dijo el papá – Voy a tener un montón de tiempo libre y además nadie me molestará.
– Pero, en la luna no hay hay peces – dijo la mamá – No podrás usar tu caña.
– Yo voy a llevar mis baldecitos y mi palita para hacer castillitos. Como cuando vamos a la plaza. ¡¡Qué divertido!!. – dijo entusiasmado Tomás.
– Es que en la luna no hay arena y no se pueden hacer castillos – le dijo triste su mamá.
– Yo elegí llevar los números de teléfono de mis amigas. Voy a contarles todas las cosas lindas que veremos. Ellas no conocen la luna – dijo Martina.
– ¿Y cómo vas a llamarlas?. No hay teléfono en la luna – le dijo su mamá.
– ¿No voy a poder llamar a la abuela y a los tíos tampoco? – le preguntó Juan Pablo preocupado.
– No, bonito – respondió su papá – En la luna no existen los teléfonos.

Todos estaban desanimados porque ya no era el viaje de sus sueños. En la luna no encontrarían todas las cosas que más le gustaba hacer a cada uno.

Entonces la mamá, después de ver la carita de tristeza de cada uno de sus hijos, dijo:
– Me parece que no es una buena idea ir a la luna a vivir para siempre. ¿Y si vamos de vacaciones solamente?.
– ¡Siiiiiiiiiiiiiiiiiii! – Respondieron todos saltando de alegría.

Agustina, que todavía no había hablado, tuvo una idea genial.
– ¿Saben que voy a llevar yo?. Un álbum de fotos. Allí tenemos todos nuestros recuerdos. Allí vemos a papá pescando el verano pasado; a vos Tomi jugando en la plaza y haciendo castillos de arena; a Martina con sus amigas y esa foto tan divertida con la abuela cocinando. ¿Se acuerdan?.
– ¡¡Te felicito Agus!! – dijo su mamá abrazándola. – Es una buena elección el hecho de llevar nuestros recuerdos a todas partes. Son muy valiosos y nos emocionan y nos llenan de alegría.

Cuando llegó Enero, todos se pusieron el traje de astronautas y viajaron a la luna en un cohete espacial. Se divirtieron mucho y cuando volvieron se alegraron porque aquí tenían todo lo que a ellos les gustaba.
Aprendieron a valorar lo que Dios les regaló: el sol, los peces, la plaza, los amigos y los recuerdos. ¡¡Bravo por ellos!!. ¿Y a dónde irán el año que viene?. Creo, que están planeando irse a la selva. ¡¡Qué peligroso!!.
Y colorín colorado, este cuento ha terminado.

FIN

 

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por RAMAMAR

Dos cobardes amigos H istoria de dos buenos amigos que, vistos cada uno de ellos por separado, eran un verdadero desastre.

Resulta que uno de estos amigos era un leoncito joven que, sin saber por que causa, era de lo mas cobarde que os podáis imaginar. Se asustaba por todo y era la vergüenza de sus papás y hermanos.

Fijaros si sería cobardica que tenía miedo hasta de los ratones y cuando veía acercarse uno por su cercanía, sin poderlo remediar, salía corriendo a subirse a un árbol próximo o a refugiarse entre las hembras de su manada, con lo que conseguía que todos los demás leones se riesen de él y no le tuvieran el menor respeto.

El otro animalito, que era su único amigo, era un águila que tenía mucho vértigo, o sea miedo a las alturas y que debido a ese miedo, todavía no había conseguido aprender a volar.

Fijaros que vergüenza, el uno era el rey de la selva y la otra era la reina de las aves y ninguno de los dos era capaz de ganarse el respeto de sus congéneres, pues a ver quien va a tener respeto a un rey tan cobarde.

En fin, que se conocieron un día y al contarse sus respectivos temores, se tomaron tal confianza y amistad, que se hicieron inseparables y se les veía siempre juntos.

Los demás animales seguían riéndose de esta pareja, pues a nadie le parecía bien que tuviesen tanto miedo y los llamaban con los motes de Cagalete y Vuelicorta respectivamente, al uno por ser un león cagueta y a la otra por no atreverse a volar.

Fueron haciéndose mayores con solo estos defectos, pues en todo lo demás eran unos excelentes animales, siempre dispuestos a echar una mano a quien tuviese necesidad de ayuda y compartiendo su comida con cualquiera que tuviese hambre. Además eran muy observadores de la naturaleza y aprendieron rápidamente a adaptarse a ella.

Así estaban las cosas cuando un día conocieron a una urraca muy lista, a quien todos llamaban Sabihonda, que fue el único animal que no se reía de ellos por sus respectivos defectos y quien, al darse cuenta del problema que tenían sus nuevos amigos, estuvo pensando en la manera de ayudarles a superarlo.

Tal como lo pensó lo realizó, así es que un día se metió aposta dentro de una cueva que estaba llena de ratones y empezó a pedir auxilio llamando al león Cagalete para que la ayudase. Allí acudió este en su ayuda y al principio le daba mucho miedo entrar a la cueva de los ratones, pero, al ver a la urraca en peligro, se decidió a entrar para ayudarla y sacarla afuera, como así lo hizo.

La urraca le dio las gracias y le hizo observar que ahora ya no era un león cobarde, pues se había atrevido a entrar en una cueva llena de ratones, que era lo que mas miedo le daba hasta entonces.

Un poco mas tarde, la urraca hizo como que se estaba cayendo por un precipicio muy grande y empezó a pedir auxilio al águila Vuelicorta; esta vez el águila no se lo pensó un momento y se echó a volar por el precipicio abajo para ayudar a la urraca, a quien rescató en su caída hacia el abismo.

También la urraca la dio las gracias y la hizo observar que el tener vértigo es una tontería para un águila que tiene unas alas tan maravillosas para volar.

Tanto nuestra águila como nuestro león, se dieron cuenta de que habían perdido el miedo a sus respectivas fobias y a partir de entonces ya no hicieron nunca más el ridículo ante los demás animales. Poco a poco se fueron ganando el respeto de todos y dejaron de llamarles por sus despectivos motes.

Hoy todo el mundo les conoce como Leoncio y Majestuosa, que son sus verdaderos nombres.

Además, siguieron siendo muy buenos amigos, pero ahora ya no eran solo dos, sino que también iban acompañados por la urraca Sabihonda, que no les abandonaba nunca y siempre les daba muy buenos consejos.

FIN

 

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