El sitio del bebe, el niño y su familia

El niño paso a paso

En esta sección nos ocupamos de todo lo referido al niño y su entorno.

Desde las enfermedades más comunes, hasta conductas o comportamientos que puede desarrollar al interactuar con la sociedad en la que vive. También encontrarás artículos sobre la crianza y la seguridad del niño.

por Mariana Molina Arranz

H ubo una vez un gusanito que siempre tenía algo que le impedía ser feliz: algún dolor inexplicable, algún problema insolucionable, alguna pena incomprensible o cualquier desgracia imposible de ignorar.

Era un gusanito bueno y simpático, preocupado por el bien de sus hermanos gusanos y también por sus primas las tímidas lombrices de tierra. Por ello, todos sus amigos estaban muy preocupados por él, ya que consideraban que una criatura tan frágil y noble no merecía vivir en desgracia, privado de los placeres simples de la vida, esos de los cuales disfrutan los pequeños bichitos y animalitos que colorean el mundo.

Un día, mientras se encontraban reunidos tomando un baño de sol y una taza de té de flores silvestres, acordaron inventar una fórmula para hacer feliz al gusanito en cuestión.

– ¡Construyámosle una casa en la copa del árbol más alto del bosque, para que pueda regocijarse con la exquisita luz del sol desde el amanecer hasta el ocaso ! – propuso un gusanillo largo y delgado que se decía conocedor de soluciones para ser feliz.

– ¡Mejor busquemos una enorme enredadera y tendamos un puente a través del río para que pueda contemplar el correr de las aguas y maravillarse con su dulce murmullo ! – acotó una oscura lombriz de tierra, que había hecho el sacrificio de salir a la superficie sólo por el gran afecto que sentía por su primo.

– Disculpen, creo que tengo la solución más acertada para este problema– dijo una dulce y hermosa gusanita que se encontraba a la sombra de una gran hoja de castaño, y quien desde hacía mucho tiempo amaba en silencio al gusanito, sin decirle absolutamente nada por temor a que su declaración de amor pudiera ocasionarle otra complicación a su ya complicada vida. – Opino que recojamos unas gotas de rocío y que todos deseemos de corazón transmitir en ella un poco de nuestra propia alegría de vivir.

Todos escucharon con atención y consideraron que era una idea bastante buena. Decidieron recoger las gotas de rocío en un capullo de magnolia y dejarlo en un lugar donde todos pudieran acercársele para manifestarle su deseo.

Una vez que tanto gusanitos de sol como lombrices de sombra pasaron y pasearon alrededor del capullo de magnolia, a la vez que deseaban con todo sus generosos corazones compartir algo de su alegría de vivir con su amigo el gusanito, delegaron a la gusanita enamorada para ser la portadora de la fórmula mágica.

Esta se dirigió hacia la casa del gusanito con su paso más solemne y delicado. Una vez que hubo llegado, se encontró con el dueño de casa aquejado de un fuerte estado de melancolía, ocasionado por un grave dolor de estómago que a su vez había sido causado por preocupaciones de diversos tipos.
– He venido hasta aquí para traerte este obsequio en nombre de todos tus amigos- dijo suavemente la gusanita- sabemos que no te has sentido bien últimamente y esperamos que lo bebas para que puedas recuperarte de las molestias que te aquejan.

Sorprendido y emocionado, el gusanito no dudó en aceptar el obsequio, y no tardó en beberlo hasta la última gota.

Contrariamente a lo que todos esperaban, toda la reacción del gusanito fue agradecer amablemente y entrar nuevamente a su casa. Pasó una semana y nadie había sabido ni oído nada del pequeño y desdichado gusanito , y ya a esas alturas crecía la incertidumbre y la preocupación. ¿ Qué podría haber pasado? ¿ y si la fórmula mágica no había funcionado? ¿ o le había causado algún efecto negativo? ¡que horror!.

Sin embargo, al séptima día, muy tarde en la noche, comenzaron a escucharse en el bosque unos extraños y eufóricos gritos:

– ¡Vivaaa! ¡Bravooo! Ja Ja Ja… ¡Que bella es la vida, que feliz me siento!, quiero celebrar mi felicidad ¡¡¡Ja Ja Ja!!! Escuchen amigos, he descubierto el significado de la vidaaaaaa!!! ¡Creo que me voy a reventaaaaar!

Todos los bichitos del bosque salieron de sus casas a ver que es lo que sucedía, y a la luz de la luna, vieron cómo un pequeño gusanito subía y bajaba de los árboles a una velocidad nunca vista en un animalito acostumbrado a reptar con lentitud, vieron cómo giraba en torno a sí mismo en un frenesí de risas y piruetas y oyeron cómo gritaba desenfrenadamente alabanzas a la vida y bienaventuranzas al mundo.

El espectáculo, lejos de terminar pronto, duró toda la noche. Nadie durmió y nadie podía creer lo que le había pasado al gusanito, producto sin duda de la fórmula mágica que sus amigos habían preparado para convertirlo en un gusanito feliz. Sin embargo, lo que ellos nunca pensaron, fue que juntar todos los buenos deseos de una sola vez causaría en el gusanito una verdadera explosión incontrolable de energía y alegría, tanto como para enloquecerlo de tanta felicidad.

Fue así como, desde aquel día, desde cualquier rincón del bosque y a cualquier hora del día o de la noche, se escuchaban sorpresivamente risas psicodélicas , poemas o arrebatadas declaraciones de amor a la vida, y se veía al otrora quejumbroso gusanito, desafiando la gravedad balanceándose desde las copas más altas de los árboles y disfrutando de la vida al máximo, sólo como pueden hacerlo aquellos que han descubierto, gracias a la magia, la verdadera alegría de vivir.

FIN

Cuento original por: Mariana Molina Arranz
Email: ealetelier@entelchile.ne

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por Guillermo Antonio Padilla Estrada

abía muchos globitos muy emocionados dentro de una bolsa, ¿la razón?, hoy serían inflados con gas para volar.

Ya otros días habían visto cómo llenaban a los globos de otras bolsas y comenzaban a volar, aunque los amarraban con unos cordones para que no escaparan hacia el cielo.

El globero acostumbraba acomodar las bolsas de tal forma que sólo inflaba la cantidad que podría vender, aunque a veces le faltaban, pero nunca le sobraban.

Para los globos, eso significaba que todos aquellos que se inflaran ese día, alcanzarían su libertad… era su oportunidad. Por eso estaban tan inquietos, ya les tocaba su turno después de varias semanas de estar almacenados.

En la bolsa había un globito que destacaba por su entusiasmo, y también por su romanticismo. Él creía que sería capaz de volar muy alto, tan alto como las nubes, y aún más, quizá hasta el Sol.

Todos se contagiaban de su entusiasmo, y a la vez se burlaban de él diciendo que ni los globos más grandes habían llegado hasta allá, pero él se defendía argumentando que era porque no sabían hasta dónde podían llegar, y que ellos no creían en sí mismos.

El globito había escuchado muchas historias de globos que habían alcanzado enormes alturas, y que existían corrientes de aire que jalaban a los globos y se los llevaban muy arriba, tanto que podían posarse sobre las nubes.

Todos ansiaban ser libres, así que cuando el globero abrió la bolsa y empezó a inflarlos, hubo gran alboroto, y todos se revolvían por salir.

Al estar todos henchidos de gas, se movían rítmicamente unos contra otros, en la danza de la libertad.

Ahora faltaba que se fueran al parque para que los niños los escogieran y se los llevaran a sendas casas.

En el camino fueron comprados algunos, y el globito soñador, ahora tan cachetón como sus compañeros, esperaba su turno. Ideó un plan; se zafaría de la mano del niño que lo comprara en cuanto sintiera un viento lo suficientemente fuerte como para alcanzar aquellas legendarias corrientes que lo llevarían a volar tan lejos como ninguno otro.

Cuando llegó el momento, un niño con cara triste y ropa obscura, se acercó y lo compró. El globo pensó que ya era hora de llevar a cabo su maniobra, sólo esperaría el instante idóneo y su plan se ejecutaría. Aunque todo se le facilitó notablemente; el niño lo quería para enviar una cartita.

El globito, al darse cuenta de lo que ocurría pensó que, total, si la carta llegaba a pesarle demasiado como para impedir que siguiera subiendo, procuraría soltarla en el camino. De cualquier forma, lo único que le interesaba era conseguir su meta a como diera lugar.

El niño amarró su carta lo mejor que pudo y soltó el globo, que de inmediato buscó las famosas corrientes, misma que encontró en poco tiempo. Comenzó el ascenso y subió, subió y subió. Pasó las nubes más altas y se sintió victorioso, poderoso; dominante porque nadie más había podido alcanzar esa altura antes que él.

La geografía se veía impresionante, y cada vez de menor tamaño. Las montañas parecían diminutas migajas de tierra, y los más caudalosos ríos, irregulares grietas que lastimaban la corteza terrestre.

En un rato más, aparecieron dos enormes extensiones de agua bordeando las costas del mapa.

El globito se dio cuenta de que mientras más subía, el gas que estaba dentro de él iba creciendo y, por tanto, más se le estiraba la piel de hule y se hacía más grande.

Mientras lo anterior acontecía, su ego se iba haciendo más vasto, lejos de pensar en las consecuencias que podría enfrentar.

Pensaba que, ahora que se alejaba del suelo y se hacía de mayor tamaño, sus compañeros de la bolsa de globos lo podrían ver, y mirarían lo lejos que había llegado; y cuando bajara todos los felicitarían, y hasta le podrían hacer un homenaje, y tal vez un monumento. Todos hablarían de él y sería una leyenda.

De pronto dejó de subir y juzgó que era hora de deshacerse del estorboso papel para retomar la subida, pues a pesar de haber llegado a tal altura, quería llegar aún más alto.

No pudo quitarse la carta del cordón, pero siguió creciendo hasta que su cuerpo no resistió más el volumen del gas y reventó. Su alma pasó a la antesala del cielo, y pensó que lo recibirían con una gran ovación y lo felicitarían por ese gran logro, por esa determinación de llegar más arriba que cualquiera sin importarle nada más.

Lo recibió un Ser rodeado de una luz tan blanca como la espuma del mar, y tan brillante como el oro. El globo se acercó orgullosamente al iluminado Ser esperando una felicitación, pero éste, en cambio, le dijo:

– Lograste lo que más anhelabas, tu deseo fue cumplido, pero tu orgullo te cegó y no viste que tu misión era más que llegar a una distancia tan grande. Fuiste concebido para cumplir una encomienda que no cumpliste. Debías entregarme la carta que ahora tengo en la mano, y no viste mi mano porque la venda de la vanidad te cubrió los ojos del alma y quisiste más para ti sin que te importara la verdadera esencia de la vida, ayudar a todo aquel al que le puedas dar algo de ti. Ahora, por haber esforzado tanto tu cuerpo, al grado de destruirlo, no podrás tener otro hasta que tu corazón sea limpio de nuevo y te sea permitido volver a nacer para ejecutar tu misión correctamente.

Y el globo replicó:
– ¿Pero cómo, qué fue lo que hice mal?, Al morir yo, recuperaste la carta y ahora la puedes entregar.

El Ser le contestó así:
– No tuviste la intención de entregarla, por el contrario, quisiste desecharla porque te estorbaba, pero esta carta está llena de amor de un hijo para su madre, y no importan las palabras que contenga sino su esencia porque es la vida que nutre al alma. Y por tu conducta ibas a ocasionar tristeza y mayor dolor, pues cuando la madre del pequeño reciba esta carta, en respuesta, ella le enviará paz y consuelo al corazón de su hijo. De manera que si tu cuerpo hubiera resistido, esta carta nunca habría llegado a su destino porque no quisiste ver la importancia de tu misión, y cuando reventaste pude rescatarla. En lo sucesivo deberás abrir tu corazón para que al llegar a tu meta, y estar en una posición elevada, procures ayudar y servir a todo Ser que se encuentre en una situación menos favorecida.

Después de estas palabras, el globo hizo silencio y esperó mucho tiempo para ser merecedor de un nuevo cuerpo y reintentar su lección.

FIN

Cuento original por: Guillermo Antonio Padilla Estrada – México, D.F.
Email: antonio_padilla_e@yahoo.com.mx

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por RAMAMAR

T odo un gran día de fiesta en la colmena. Era el momento en que Antea, (bisnieta de la célebre abeja Maya), y que era la abeja reina de aquella colmena, iba a designar su sucesora como reina.

Ya había concluido el período en que Antea había tenido fuerzas para poner tan gran cantidad de huevecillos; había tenido que esforzarse para traer al mundo mas de cincuenta mil abejas mientras había durado su reinado. Y es que eso de poner todos los días alrededor de mil quinientos huevos es una tarea que agota a cualquiera.

De toda aquella inmensidad de huevecillos, habían ido naciendo abejitas, las que en su mayor parte estaban destinadas a ser abejas obreras, y quienes, tras un corto periodo de pocos días en el nido y alimentándose de néctar y miel, se convertirían en abejas trabajadoras para su comunidad.

Los huevecillos no fecundados, habían dado lugar a otras abejas de otro tipo, llamadas zánganos, cuya misión sería defender la colmena de intrusos y, en su momento, alguno de ellos tendría la fortuna de fecundar a la nueva abeja reina.

Bueno, eso de la fortuna es un decir, pues, una vez fecundada la nueva reina, el zángano pierde parte de su cuerpo y se muere casi al momento.

Las abejas también hacen unos pocos nidos especiales, un poco mas grandes que los normales y en donde se crían algunas abejitas durante una temporada con un alimento especial llamado jalea real, con lo que se convertirán probablemente en nuevas abejas reinas.

De todas estas, solo una de ellas se quedará en la propia colmena y es esta nueva reina la que, en este día tan señalado, sería designada sucesora de Antea; las demás previsibles reinas, tendrían que marcharse de la colmena, acompañadas por una cierta cantidad de obreras y algún zángano, formando un enjambre que se convertirá en otra colmena, pero algo alejado de la colmena de origen.

Entre las candidatas a ser designadas como nueva reina, estaban en competencia cuatro de ellas, que eran las que sobresalían de entre todas las demás, por tener mas o menos las mejores cualidades para ser elegidas.

Una de ellas era Gracita, una abejita muy simpática y saltarina que era amiga de todo el mundo y siempre una alegría para todos.

Otra de ellas se llamaba Abila, menos alegre, pero también simpática y muy hábil para resolver problemas.

Otra era Forticia, una abeja muy robusta y poderosa, que hubiera sido muy buena para defender la colmena en caso de peligro.

La que nos queda se llamaba Kalia, que no destacaba por ninguna cualidad en particular, pero que tenía un poco de todo lo que tenían las otras: era alegre (aunque no tanto como Gracita); era también hábil (sin llegar a la destreza de Abila) y era también una abeja fuerte y saludable, aunque tampoco podría competir en este aspecto con Forticia.

Así las cosas, amaneció el día del nombramiento y todos estaban bastante nerviosos con la incertidumbre de conocer cual sería la decisión que tomaría Antea. Los preparativos de la fiesta corrieron a cargo de una comisión de festejos, quienes lo hicieron maravillosamente.

Hubo buena música: en primer lugar actuó una orquesta compuesta por seis mosquitos trompeteros (de esos que pican a Celia por las noches), acompañados por un escarabajo pelotero, quien hacía la percusión; a continuación, una pareja de cigarras que atronaron el ambiente con sus monótonos zumbidos, tan del gusto de las abejas que las escuchaban embelesadas y para finalizar la actuación de este concierto, se escucharon los melodiosos cri-cris de cuatro grillos que fueron la delicia de cuantos escucharon su concierto.

Para comer, pusieron una gran cantidad de manjares exquisitos: canapés de néctar de flores del campo; gran cantidad de bebida a base de agua azucarada con miel y para postre unos magníficos sorbetes preparados a base de jalea real, que fueron muy alabados por cuantos disfrutaron de su libación.

Como atracciones importantes, en primer lugar hubo un concurso de saltos, en el que, como siempre, ganaron los saltamontes. A continuación actuaron dos escuadrones compuestos por ocho zánganos cada uno, que volaron en perfecta formación por encima de todos los asistentes, haciendo unas impresionantes figuras aéreas y acrobacias de todo tipo. Sobre todo fueron muy aplaudidos cuando pasaron por encima de la reina Antea, simulando un ataque en picado y elevándose rápidamente hasta gran altura sin perder en ningún momento la formación.

Finalizada esta actuación, la reina Antea ordenó a todo el mundo que guardara silencio y pronunció entonces su veredicto: había decidido que su sucesora fuese la abeja Kalia, quien a su parecer sería la mejor reina para la colmena: era alegre, prudente, hábil, sana y fuerte y seguramente sería la mejor reina que podrían tener. No destacaba especialmente en nada en particular, pero tenía las mejores cualidades para ser una buena reina.

Todos acataron su decisión comprendiendo que era lo mejor para la colmena y en seguida comenzaron los festejos para el nombramiento de la nueva reina.

Kalia, eligió para ser su consorte a un zángano especialmente fuerte y sano, con el que tendría una descendencia de altísima calidad.

Mientras la reina Kalia y su consorte se retiraron a sus habitaciones, todos los demás siguieron celebrando la fiesta; para todos hubo música, baile y comida en abundancia y la juerga continuó hasta el atardecer, en que cada uno se retiró a su lugar preferido para descansar convenientemente y estar preparado para volver al trabajo al siguiente día.

Una etapa había concluido y se presentaba un nuevo y fructífero reinado, que prometía ser también de una gran paz y tranquilidad bajo el mandato de la reina Kalia, (la tataranieta de la abeja Maya).

FIN

Cuento original por: Rafael Masedo Martínez (Ramamar)
Email: ramamar1939@yahoo.es

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por Nuria Perea Cañizares

H abía una vez una estrella llamada Sofía.
Sofía estaba triste porque no brillaba
como las demás estrellas.
Sofía: ¡Ay que pena, no brillo nada!
Mirar a las otras que brillo tan bonito tienen,
no como yo que estoy pálida.

Sofía como es tan curiosa va a preguntar a la luna Yuna:
Luna Yuna ¿Sabes hacerme brillar más?
Luna Yuna responde:
Déjame en paz, que estoy muy ocupada contando estrellas. Siete, ocho, nueve y diez. ¡Siguientes!.
(Mientras Yuna seguía contando Sofía se alejaba despacio).

Sofía se va muy triste. Y de repente se encuentra con el sol Ramón
Sofía le dice:
Seguro que si me quedo contigo brillaré un montón, como tú.
Ramón apurado responde:
¡No, no, no! Aléjate de mi lado porque te quemarás. Ves a ver a Tierra que seguro que ella te ayudará.

Sofía va muy ilusionada a hablar con Tierra:
¡Hola Tierra! Ya no sé que hacer, quiero brillar mucho como las demás estrellas, pero nadie me ayuda.
Tierra responde:
Si quieres brillar más y de un modo
especial asómate a mi interior y lo
descubrirás.

Sofía un poco asustada se asoma muy
despacio a ver el interior de Tierra, y
se pone muy contenta al ver los preciosos valles y montañas, y como no los animales que la pueblan.
Se da cuenta de las cosas maravillosas que la rodean.
Sofía: Jope que montañas más bonitas, y que animales, hummm, que bien huelen las flores.

Y de repente de lo contenta que estaba
comenzó a brillar, y a brillar cada vez más. Tanto brillaba que se convirtió en la estrella que más brillaba del firmamento.
Sofía: ¡Yujuu, por fin brillo más!

Todos lo celebraron con una gran
fiesta cósmica.
Y colorín colorado esta pequeña
historia ha acabado.

FIN

Cuento original por: Nuria Perea Cañizares
Email: nuria_perea@terra.es

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por Alejandro Giorgetti

H abía una vez, cuando todo el valle estaba creado, cada cosa en su lugar: el arroyo, dividiéndolo en dos, corría desde las altas montañas hasta desembocar en el mar; los árboles majestuosos protegiendo a los más débiles y a las flores, que se esparcían cubriéndolo todo. Por donde uno mirara, había vida, y vida recién nacida, despertando en la mañana del mundo.También estaban ellos, los habitantes del valle, todos seres alados, desde minúsculos mosquitos hasta el enorme cóndor; hasta ese momento, eran todos muy parecidos, sin colores que los distingan, solamente emitían una especie de graznido para comunicarse; entonces, el Creador, los llamó a su lado, los hizo formar en fila y les dijo:
– Hijos míos, a partir de hoy, cada uno va a tener algo especial que lo distinga frente al resto; ese es el regalo que les voy a hacer, para que recuerden este día, el día en que comenzó todo.

Y diciendo esto, comenzó a llamar uno por uno:

– Abeja, a ti te entrego la capacidad de fabricar la miel para que endulces la vida del valle;
– Hornero, te regalo el don de construir los nidos más hermosos del valle;
– A ti águila, te voy a dotar de grandes y poderosas alas para que seas el ave más veloz en vuelo;

Así fue avanzando en la fila, dando regalos a todas sus criaturas, las cuales, apenas agradecido su regalo, salían raudamente a demostrar sus nuevas habilidades a todo el que quisiera conocerlas. Pero la alegría no era para todos; en la fila, al final, estaba el zorzal; veía que todos los grandes regalos ya habían sido hechos, el notaba que la gran bolsa del creador se vaciaba de a poco; casi se larga a llorar, cuando un poco más adelante que él, le dio al cóndor, un magnífico par de alas y luego, todos los colores que le quedaban, a la cacatúa. Pero todavía quedaba una esperanza: un gran pico lleno de colores, y por otro lado unas hermosas plumas verdes;

– Toma tucán, este pico hermoso es para ti, debes lucirlo con orgullo.
– Y estas plumas verdes brillantes son para usted doña cotorra, vaya y coméntele a todo el valle que sus plumas son las más llamativas – y se fue, la cotorra orgullosa, mostrándole las plumas a todo el mundo.

Para el zorzalito, esto fue lo peor que le había pasado desde que lo habían creado; en la bolsa solo quedaba un regalito muy chico –¡ que injusticia! – pensaba. Cuando el Creador llegó hasta él, lo vio tan desanimado que le dijo:

– Zorzalito, ¿creías que me había olvidado de ti?, ¿cómo piensas semejante cosa?
– Para ti dejé el último regalo que, para mí es el más importante: te entrego el don de cantar como ningún otro ave, y de alegrar el valle cuando todo esté triste; pero tienes que practicar mucho.-

Como el zorzalito esperaba algo más grande, se desilusionó mucho: el quería volar muy alto, o por lo menos lucir un gran pico, pero no, justo él tenía el regalo más chiquito, y que encima no podía mostrar al resto.
– Seguramente el Creador se había olvidado de mi, y dijo todo eso para convencerme – pensaba
– Soy el más desdichado de todos los pájaros, y encima se burlaran de mí.

Obviamente, ni siquiera intentó cantar, solamente se dedicó a deambular por todo el valle, rumiando su pena, sintiéndose el ser más infeliz de todos.
Unos días después, estaba tan preocupado en su tristeza, que no se enteró que el Creador estaba muy enfermo.

– Tal vez sea por cansancio – afirmaba el búho, el más sabio del valle.
– O por aburrimiento – dijo la gaviota.
– Quizás sea por melancolía – refutaba el hornero.
– No, nosotros creemos que necesita un baño refrescante –dijeron garzas y flamencos al unísono.

Y así cada uno daba su opinión, por supuesto todos querían ayudar; pero al no saber cual era el problema, no podían encontrar la solución.
Entonces, decidieron que lo único que quedaba, era que cada uno hiciera lo que pudiera.

De tal forma que: la abeja hizo su mejor miel, y se la dio, recomendándole que la comiera toda; el cóndor lo llevó a dar una vuelta por las alturas, para que pudiera ver toda su creación; las garzas y los flamencos lo acompañaron al arroyo para que se diera un buen chapuzón; la gaviota le contó muchas historias que había escuchado del otro lado del mar; el búho le enumeró las leyes del valle y le recordó toda la historia; el colibrí le acercó el néctar de las flores más perfumadas; la cotorra le habló sin parar por horas y horas y horas………..

Pero a pesar del esfuerzo de cada uno, el Creador no mejoraba, es más, se lo notaba cada vez peor.

A todo esto, estaba el zorzalito a la sombra de un gran árbol, triste, sin hacer nada, cuando de pronto, el hornero llegó agitado y le dijo:
– Zorzalito, el Creador está enfermo y no sabemos que hacer, tu eres el último que queda para intentar algo, todos ya hemos tratado de ayudarlo pero sin buenos resultados.
– Y que puedo intentar yo? Si no se hacer nada.
– No lo sé, ve y prueba cantar, o algo. Pero por favor que sea rápido.

Y dicho esto salió volando, dejando solo al zorzalito con sus pensamientos,
-Y bue….., tendré que ir, aunque no se en que podré ayudar.

Estaban todos reunidos cuando llegó el zorzalito, – está allá, debajo del aquél nogal – le dijeron. Se acercó despacio, y lo vio, desde el día de los regalos no lo había visto porque trataba de esquivarlo. Lo encontró tan triste que daban ganas de llorar: la vista perdida en el suelo, respirando lento y dando grandes suspiros.

Con poca fe el zorzalito empezó a cantar, ese comienzo fue peor que el graznido de un cuervo; claro, el nunca había practicado, nunca había hecho crecer ese regalo. Se espantó el mismo de lo que había hecho, y le dio tanta vergüenza que comenzó a alejarse lo más rápido posible; pero una voz profunda y llena de dolor le dijo:
– Por favor zorzalito, sigue intentando.

Entonces el zorzalito, intentó de nuevo: esta vez el graznido pareció una nota, y siguió: las notas se fueron transformando en acordes, y estos en un canto maravilloso. Era un sonido tan dulce que brotaba de su pecho, que todos los demás se acercaron y admiraron. Pero lo principal, es que en la cara del Creador se comenzó a dibujar una sonrisa; toda su expresión de tristeza se transformó en paz. Y toda la pena del zorzalito se convirtió en felicidad, por fin descubría el inmenso regalo que le habían hecho. De esa forma (y cada vez mejor), siguió cantando y cantando hasta que el Creador recuperó su alegría y toda su fuerza. Algunos búhos memoriosos cuentan que fue una semana entera de canto ininterrumpido…….

En realidad no importa cuanto tiempo cantó, sino lo bien que lo hizo, tanto así que el Creador se recuperó enseguida y pudo continuar con su tarea.

El zorzalito, ahora convencido del gran regalo que había recibido, siguió cantando cada vez mejor, alegrando de esa forma a todos los que viven en el valle.
Esta costumbre del primer zorzalito se fue trasmitiendo de generación en generación; y asi llegó hasta nuestros días, de tal forma que los zorzales siguen alegrando la vida en el valle, sobre todo, a la mañana, cuando reciben al sol y le dan gracias al Creador.

FIN

Cuento original por: Alejandro Giorgetti
(Trieste) – Italia
Email: giorget@sissa.it

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El concursopor Kike

A la primavera se le comenzaba a dar aires de su pronta llegada, tras un fuerte invierno el que como años anteriores nos dejaba un tremendo saldo de damnificados en las zonas que desde siempre han tenido que lidiar con las inclemencias del mal tiempo, como es costumbre al sur de nuestro país. Nuestro barrio no era la excepción, se encontraba emplazado en los márgenes del gran río, que cada año se alejaba más y más del límite que habíamos inventado, con el único fin de quitarle terreno para seguir creciendo. Tres calles nuevas con tres cuadras de casas, una nueva autopista y una gran defensa fluvial es el rostro que hoy día vemos con nostalgia.

Qué lejos estamos de cuando el río llegaba al patio de mi casa. Esa casa de tres pisos, de color verde desteñido donde las maderas dejaban ver en algunas partes su color natural ya ennegrecido con el peso de muchos años de cobijar a una que otra familia, que como caravana de gitanos fue dejando sus huellas. Mi familia ocupaba el primer piso cuando llegaron los Navarrete a vivir al barrio, era una familia numerosa que ocupó el segundo piso que tenía dos piezas más que el de abajo. El tercer piso era mas bien un ático que servía de mirador y de lugar predilecto para nuestros juegos.

Y así nos fuimos mezclando los unos y los otros en el diario vivir, compartiendo el mismo techo y de paso convertirnos en los últimos arrendatarios de esta vieja y cansada casa. Pero los Navarrete no eran los únicos en el barrio con una gran prole; estaban los Opazo, los Riquelme, los Cuevas, los Mondaca, los Leales y los Riquelme de la esquina, los que formaban verdaderos clanes de siete a diez hijos por familias. La mía era de cuatro y así el número se reducía hasta llegara a dos hijos, como los de la señora Rosita; el Manuel o Loco Pepe y la Clara que era la mayor. Desde luego con tantas personas viviendo en una cuadra, que albergaba a lo más una cuarenta casas, la cantidad de niños no se podía ignorar, con edades entre quince y seis años, yo estaba con la mayoría en cuanto a la edad con ocho años, sólo cuatro estaban entre los quince y los trece, uno de ellos era Manuel.. Si la memoria no me falla seríamos unos treinta sin considerar los otros pasajes, pero nosotros éramos los chiquillos del barrio que asistían a la misma escuela, como a unas veinte cuadras de distancia; en una sola jornada por la mañana los hombres y las mujeres en la tarde. Y entre estudiar y jugar se nos pasó el tiempo y nos volvimos un grupo grande pero muy unido.

Estando un día domingo de una bonita mañana a fines de octubre, jugando como de costumbre, de repente divisamos en el cielo una avioneta de esas comerciales lanzando volantes al viento. Se escuchó la voz del Manuel diciendo:
– ¡¡Mira Carlos, mira los papelitos, van a caer en la cancha!!, ¡¡Agustín, Mario, miren los papeles!, ya chiquillos quien los agarra primero!!.

El viento fue jugando de manera muy caprichosa con el centenar de volantes, los que con el reflejo del sol brillaban dándoles valor especial y animando a todos a tenerlos en las manos. Ya habían pasado los minutos y la nube de papeles comenzaba a desaparecer como tragada por el cielo celeste que nos acompañaba. De toda esta nube de papel solo uno fue cayendo en dirección a la cancha del barrio, el que mantenía atentos no sólo a nosotros sino también a los adultos que gozaban con el espectáculo y que deseaban saber quien se quedaría con el valioso trofeo caído del cielo. El volante se encontraba más y más cerca.
– ¡¡Miren amigos va a caer a la casa del Toño, tengan cuidado con el perro que es mañoso!!

Como un tropel desbocado pasamos por la casa de los Leales y la de los Riquelme hasta llegar al solar de Ferrocarriles. Y de los veinte que veníamos tras el papelito nos habíamos multiplicado casi triplicado.
– ¡¡Agárralo Manuel, dale loco, Agustín es tuyo, suéltame, lo tengo…!!

Con un salto casi atlético como safándose de toda esa masa de muchachos emerge el loco Pepe, pescando el volante en su mano, al tiempo que era derribado y sobre él una montaña humana, que como jauría de lobos salvajes se pelean la presa, y tras una nube de polvo y del suelo todo empolvado sale Manuel corriendo con el puño apretado con su valioso trofeo rumbo a la casa y seguido por los veinte detrás. Al llegar a la casa nos salieron todos a recibir para mirar el caprichoso papelito que tanto dio que hacer y que por más de una hora fue el objeto más codiciado por cualquier chiquillo del barrio. Pero al abrir su mano todos vieron con asombro que solo había quedado un pedacito de color rosado con pintitas negras que todos vimos caer del cielo esa mañana de octubre. La hazaña de poseer aquel volante de propaganda fue el comentario obligado de todos ese día, claro que a la mamá del Manuel no le hizo mucha gracia, después de verlo lleno de polvo.

Al tiempo después, finalizando el año escolar de 1970 y con el verano dejándose caer con su caudal de ofertas y llamadas de participar en un centenar de concursos, nos dimos cuenta que Manuel andaba recogiendo palitos de helados, pero no era cualquier tipo de palitos, él juntaba de la marca Savory, pues se había decidido a participar en un concurso de esta compañía de helados, la que duraba todo el verano y parte del otoño. El participante debía enviar cinco palitos con la marca Savory en un sobre a un clasificador en Santiago. Las posibilidades de ganarse algún premio eran remotas, sobre todo para alguien que no ha tenido un apoyo económico lo era más aún.

La señora Rosita de edad avanzada vivía con sus dos hijos. Clara la mayor con diez años más que Manuel trabajaba de asesora de hogar en un barrio del Centro, por otro lado la señora Rosita preparaba viandas para algunos trabajadores de la maestranza de Ferrocarriles, y para ello se valía de Manuel. Pero no siempre se podía contar con los servicios del loco Pepe, varias veces me topaba con su mamá a medio camino y me preguntaba:
– Kike, ¿viste a Manuel?
– Sí, se fue con el Víctor, el Carlos, el Agustín y el Mario a mirar los animales del circo que llegó hoy día al Parque.
– ¡¡Otra vez se corrió!!, pero cuando llegue a la casa….. Siempre que se junta con los chiquillos se olvida que tiene que ir a dejarme las viandas a la maestranza. ¿Porqué no vas tú a dejarlas?, yo te llevo los cuadernos y le digo a la señora Carmen, por favor.

No era la primera vez que tenía que ir a dejar las viandas a la maestranza, en algunas oportunidades la señora Uve me pillaba a medio camino y nos cambiábamos los cuadernos por la vianda de su marido, que trabajaba de mecánico en la planta Ford. Yo me iba con la mano en el bolsillo contando las monedas de la propina, para ver qué me compraría.

Con la llegada del verano y las vacaciones escolares, nos pasábamos gran parte del día jugando a la pelota en la cancha del Club Deportivo, el que tenía un gran prestigio en la liga de los barrios y cuya cancha era el lugar de reunión, al que domingo a domingo acudíamos a mirar los encuentros que ahí se disputaban. Además de esto estaba el río, el parque o el cerro.

Pero sólo uno de nosotros además de jugar y reír tenía la idea fija en aquel concurso, y de hecho ocupaba gran parte del tiempo en idear la forma de juntar los palitos de helados. Además, él sabía muy dentro de sí que no importaba lo que los demás dijeran o rieran, su anhelo era tan grande como su fe en Dios. Para él que nunca esperó un gran regalo, porque la vida ya era difícil en su hogar, la ilusión y las ganas las tenía tan arraigadas, como la paciencia de recoger palito tras palito y pensaba que al final tan tremendo esfuerzo sería coronado con uno de los tantos premios que se ofrecían a los miles de concursantes a lo largo y ancho del país. Y así nos fuimos sin querer involucrando en esta maratónica tarea de ayudar a Manuel con los palitos de helados. El tiempo era el ideal y con nuestro ir y venir; el parque el centro con sus tantas galerías comerciales y la Plaza de Armas eran los mejores lugares para recoger palitos. También lo hacíamos cuando ocasionalmente íbamos al cine a ver una buena película; como eran las de guerra, pistoleros o de Tarzán, que después eran tema de comentario en el vecindario.

Para financiar los sobres y las estampillas, Manuel se las arreglaba ofreciéndose para los mandados y organizando las pichangas, donde cada jugador tenía que pagar por participar y el dinero recaudado se lo llevaba el equipo ganador, los que se iban a la Fuente de Soda de don Ceferino a disfrutar del botín, con unas ricas bebidas heladas y al final se escuchaba al loco Pepe decir:
– Ya chiquillos, sobraron seiscientos diez pesos, y como yo hice el partido lo que sobra es mío.

Pero no todos estaban de acuerdo con las cuentas del Loco, no faltaban los que alegaban:
– ¡¡Claro siempre te quedai con lo que sobra!!, ¿si o no Agustín?
– ¡¡Bueno, encárgate tu del partido entonces poh!!

De cualquier forma se valía el Loco para ganar algo de plata, aunque las peleas duraban lo que dura el humo en el aire.
Ya con el verano guardado en los recuerdos entramos al colegio, y con esto se acortaba el plazo para el sorteo final, el que sería a fines del mes de abril. Los días pasaron entre estudiar y jugar, hasta que una tarde en la calle, con el tiempo nublado y un poco de frío, apareció un tremendo camión de esos de mudanza, por lo menos eso es lo que parecía desde lejos. El chofer paró la máquina y fue a preguntar al boliche del Baldo, por no sé quién, y por curiosidad los tres o cuatro que estábamos ahí nos acercamos a mirar, pues no era muy común ver un tremendo camión por el barrio. El señor del camión buscaba a don Manuel López, al oír ese nombre se nos subió el corazón de un golpe y el pelo se nos erizó por un segundo y salimos disparado a la casa del loco Pepe. Con el griterío los vecinos salieron a mirar lo que pasaba, al tiempo que salía a abrir la puerta la señora Rosita.
– ¡¡Señora Rosita, señora Rosita, chillábamos todos al unísono; buscan al Manuel!!.

Al tiempo que aparece el loco en la puerta. El chofer al ver que estábamos en esa casa, emprendió la marcha en esa dirección, estacionándose frente a ella, a un costado del camión se podía leer “CIC”. Manuel estaba paralizado con el semblante blanco, color que fue desapareciendo mediante pasaban los segundos y el chofer le decía:
– Don Manuel López, por encargo de la empresa de helados Savory, ha sido usted el ganador del premio mayor de su concurso de los cinco palitos de helados y se le hace entrega de esta bicicleta “Cic”, por favor firme aquí.

Era la primera bicicleta que aparecía en el barrio, así que el griterío y los aplausos fueron al unísono, las lágrimas de la señora Rosita no se pudieron contener por la alegría de su hijo. Lo abrazó y lo besó contagiando a los otros vecinos y por unos minutos Manuel desapareció entre las caricias y abrazos de la gente que compartía junto a él su tremenda alegría, al momento en que el chofer abría la puerta del camión. Por unos segundos todos los que estábamos ahí quedamos paralizados con la boca abierta al ver salir una hermosa bicicleta de color verde, con los guardafangos y guardacadena cromados, con parrilla, en el manubrio una campanilla y bajo del asiento pendía un bolsito de color negro con herramientas. Era la cosa más linda que todos los del barrio habíamos visto y desde aquel día muchos de nosotros aprendimos a andar en ella.

FIN

Cuento original por: Pedro Salazar Herrera
Email: lalyf@latinmail.com

Ilustrado por: Gabriela Fiamingo
especialmente para Bebés en la Web
Email: gabriela@aldeasdelsol.com.ar

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El aro perdidopor El Profesor Serapio

H abia una vez en que Franca vio unos pajaritos que revoloteaban por el patio, y le preguntó a la mamá: ¿qué están haciendo esos pajaritos?
– Están buscando comida – respondió la mamá.
– ¿y qué comen?
– Semillas, migas de pan, bichitos, esas cosas.
– Ah. ¿y galletitas?
– También, si las cortas bien chiquitas.

Entonces la mamá le mostró como poner un plato con migas para los pajaritos. Al principio les daba miedo la gente, pero después de unos días se fueron acostumbrando a venir todas las mañanas a comer.

Un día, a Lara se le salió un aro, y todos lo buscaron por la casa y no lo encontraron. Hasta que una mañana, Franca vio donde estaba el aro:
– ¡Ahí está! En el plato de los pajaritos.
– Anda a buscarlo – dijo la mamá.
– No puedo mamá – dijo Franca.
– ¿Porqué?
– Porque en el plato hay un pajarito, y tiene el aro en el pico.

La mamá trató de recuperar el aro, pero el pajarito, que era una urraca, se lo llevó a una rama bien alta. Se armó un lío bárbaro, porque los aros eran un regalo de la abuela, y les había costado trabajo que Lara se acostumbrara a usarlos.
Para variar, el Tío Chiflete tuvo una idea:
– Ya sé lo que voy a hacer. Me voy a disfrazar de pajarita, con un aro en una oreja.

Entonces el pajarito va a decir: “¡A esa linda pajarita le falta un aro!”. Y me va a regalar el aro que falta.

Se puso ropa toda negra, y desplumó un plumero viejo que había en la casa. Después se pegó las plumas con engrudo en toda la ropa, se puso un embudo en la boca, a manera de pico, y al final, el aro.

Con su disfraz de pajarito, el Tío dio unas vueltas por el patio diciendo: “Pío pío pío pío”

La mamá se rió al ver al disfrazado y dijo:
– Eres un pajarito un poco gordo. Más bien pareces un pavo.
– Vos no entendés nada de pajaritos.
– Además, acá no te ve nadie. Mejor anda a la vereda. El Tío salió a la vereda, y se puso a caminar dando saltitos con los dos pies juntos, y a decir “Pío pío”.

Los vecinos lo miraban y no entendían nada. Algunos se reían, y una señora un poco corta de vista le tiró a los pies como un kilo de pan duro.

El Vecino Inventor se asomó por la ventana y le preguntó qué pasaba. El Tío le explicó, y el Inventor dijo:
– Yo tengo una idea mejor. Hay que fabricar una oreja gigante, que se vea desde bien lejos, y ponerla en la puerta de calle. Cuando el pajarito la vea, va a pensar: “Qué linda oreja. Lástima que no tiene aro”, y entonces va a colocar el aro en ella.

El Inventor se puso a trabajar, y a la tarde tuvo lista la enorme oreja de plástico color piel, y la colgó con una cadena de un clavo en la puerta de calle.

Los demás vecinos seguían sin entender nada. Una vecina muy chismosa, cada vez que pasaba por la puerta de la casa le decía algo en secreto a la oreja gigante. Un abuelo aburrido había puesto una silla al lado de la oreja, y le daba charla. Para la mañana siguiente, en la oreja se había juntado un poco de tierra, pero no había aparecido ningún aro.

Entonces la mamá tuvo una idea:
– Vamos a poner unos botones en un platito, para ver adónde se los lleva la urraca. De ese modo vamos a descubrir su nido. Mientras tanto, el Tío se va a sacar ese disfraz de pajarón y el Inventor va a descolgar esa orejota de mi puerta.

Hicieron como ella dijo, y… ¡así fue!. El pajarito empezó a llevarse los botones, que le gustaban porque eran brillantes y hacían ruidito.

Entonces el Inventor, con un telescopio que había fabricado, miró al pajarito a ver a donde iba. Pasó un buen rato mirándolo mientras volaba, se posaba en distintos lugares, o se alisaba las plumas. Hasta que al final, ¡descubrió el nido!. Estaba en un árbol en el patio del Sr. Enojoni.

El Sr. Enojoni no quiso saber nada con dejar pasar a su patio al Inventor. Fue la mamá con las nenas a pedirle por favor, pero tampoco. Por último se incorporó al grupo el Tío Chiflete, que iba terminándose de peinar y arreglar la ropa. Cuando lo vió, el Sr. Enojoni le preguntó:
– ¿Ud. es el que estaba hace un rato disfrazado de pajarito?
– Sí.
– Jua jua jua. – se rió el Sr. Enojoni. Y de tanto que se rió, se le fue el enojo. Y no tuvo más remedio que dejarlos poner la escalera para subir al árbol.

Arriba del árbol estaba el nido. Y en el nido, el aro y los botones. Todos se pusieron muy contentos.

Pero a Franca le preocupaba saber para qué el pajarito quería el aro y los botones. Entonces la mamá le explicó:
– Algunos pajaritos se llevan cosas para hacer un nido, que es su casita.
– ¿y el pajarito se quedó sin casita?
– No te preocupes – dijo la mamá. Vamos a poner un poco de algodón y unas maderitas, y vas a ver como el pajarito se los viene a llevar para hacer un nido más lindo y caliente.

Y así fue. Desde la terraza, con el telescopio del inventor, Franca podía ver el nido del pajarito, con el algodón y las maderitas dentro. Y en la primavera, aparecieron dos lindos pajaritos.

FIN

Cuento original por: El Profesor Serapio (Sergio Samoilovich)
Email: ss@netic.com.ar

más cuentos en…
Sitio Web: www.netic.com.ar/cuentinf

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Un cucú se casó con una estrellapor Gissou Borquez

H abía un cocu, respetado y muy bien educado, vivía cerca de un estanque,

Muchos bambúes y flores de jengibre eran su hogar,

su día empezaba al dormirse el sol.

Era allí cuando estiraba sus alitas llenas de rocío

Y levantaba su vuelo prendiendo su luz,

se dedicaba a alumbrarle el camino

a los que la noche agarraba fuera de sus casas,

el cien pies, era uno que por su lento andar.

Le pedía ayuda para caminar

pues muchas veces había tropezado

y caído en huecos difíciles de trepar.

El cocuy parecía ser un bichito feliz, pero no lo era.

Sus noches no terminaban hasta que se posaba en un bambú

a mirar a su más preciada ilusión, una estrella,

la buscaba nervioso entre las demás hasta ubicarla

para luego empezar a moverse de un lado a otro.

Saltar, hacer exagerados movimientos con sus alas y pies

hasta pararse de cabeza para llamar su atención,

pero nada daba resultado ella era indiferente a todos sus esfuerzos,

pero alguien si lo veía y se reía de tanta pirueta

La luna se divertía al ver a ese pequeño bichito hacer tantos malabares

y la curiosidad de saber el porque de ellos la hizo invitarlo a conversar

el cocuy no podía creer tanta suerte,

paso el día limpiando sus alas y pensando que decir.

Hasta que el momento llego,

una estrella fugaz lo arrebato de la tierra y sentó en la luna,

ella cariñosa le pregunta de sus piruetas

y el decidido le confeso de su amor por la estrella.

Tanta seguridad en sus palabras confundió a la luna,

quien no se esperaba jamás algo así,

pero ella sabia de amores,

millones de años viendo parejas ocultas bajo el manto de la noche.

Había visto de todo, desde la pasión de un gordo cangrejo,

hasta los sueños de los hombres mas fuertes,

el cocuy emocionado por su interés le señalo a su estrellita

la que tanto amaba.

La luna conmovida, le dio permiso de acercarse a ella.

La estrella era más hermosa de lo que él jamás imaginó.

Sin demora el se presento y le hablo rápidamente de su amor,

la estrella sorprendida se sintió halagada.

Para ese cocuy ella era especial, diferente

le pareció maravilloso y de buenos sentimientos

ese bichito que solo pedía un poco de su atención,

prometió verlo todas las noches.

Luego hablaron un largo rato

hasta que el sol anuncio que era hora de regresar,

el cocuy y la estrella esperaban ansiosos la oscuridad,

para tan solo mirarse.

La aventura del cocuy se extendió por todas partes

llamando la atención de todos lo que lo conocían

Pero al contrario de lo que esperaban

cada noche el cocuy se veía mas y más desmejorado.

La distancia entre el y su amada era inmensa

y sus vidas estaban por separado.

Cuenta la historia que el cocuy dejo de comer

ya no salía a brincar y hacer piruetas.

Su luz se estaba apagando de tanta soledad

sus ojos ya no buscaban con picardía ver la noche

ni siquiera su estrella lo podía animar

una mañana lo encontró una mariposa en el bambú mas alto.

Se había dormido con las alitas abiertas como si volara

la luna al ver tanto dolor de el y su estrella

decidió ofrecerle llevarlo al cielo para que brillaran juntos por siempre,

y así fue como el cocuy se caso con su estrella.

Si miran arriba en el cielo los verán

dos luces muy juntas que con su brillo

iluminan el camino para que nadie se pierda,

ni siquiera su amigo el ciempiés.

FIN

Cuento original por: Gissou Borquez
Email: gissouborquez@hotmail.com

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